Carlos Miranda. Embajador/merca2.es

Los británicos son extraordinarios, aunque solo sea por su afición a ir a contrapelo. El Brexit es un ejemplo paradigmático. Cuando se sabe que “la unión hace la fuerza”, como reza el lema de Bélgica ignorado por los separatistas flamencos, el Reino Unido decidió abandonar el mejor invento para mantener la paz en el Viejo Continente y fomentar la prosperidad.

Sin embargo, el Reino Unido no es parte de Europa. La mayoría de los británicos que cruzan el Canal de la Mancha, en avión, en los ferrys que les trasladan desde la costa inglesa a la francesa o pretenden pasar a Calais por el túnel que le une a Dover, están convencidos de que viajan “a Europa”.

Los británicos, como buenos isleños, tienen el complejo del baluarte que hay que defender del enemigo exterior. Siempre han intentado moldear la parte continental europea para impedir volver a ser invadidos como lo fueron, en 1066, por los normandos.

Buscan equilibrios en la Europa continental para que nadie sobresalga y les pueda amenazar. Siempre se han opuesto a los imperios que, desde Roma, Aquisgrán, Madrid, Paris, Berlín o Bruselas han intentado que Europa fuese una sola, porque la Unión Europea es la interpretación moderna de esa noción imperial unificadora.

Brexit frente a prosperidad 

Como no era posible oponerse por la fuerza al Nuevo Imperio, emplearon la astucia, penetrando Troya con su caballo para controlar la UE. Sin embargo, esta sutileza les ha restado libertad, esa de poder hacer siempre lo que ellos quieren, algo posible desde los parapetos de sus islas con el dominio de mares y océanos, algo ya no tan claro hoy en día. Ese sentimiento ha prevalecido frente a la realidad de que el Reino Unido se ha enriquecido y prosperado durante el casi medio siglo que llevan en la UE. No son los únicos que, hoy en día, priorizan en política los sentimientos frente a la racionalidad.

El Brexit les ha dividido profundamente hasta el punto de no saber qué hacer. “¡Aclárense!” les exige con razón Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea que, harto, como todos, piensa que su reconocida inteligencia está afectada por esa niebla que tradicionalmente invade el Canal de la Mancha aislando al continente, como dicen en Dover.

La mera mención de un debate interno en la Administración Trump acerca de una posible retirada de los EEUU de la OTAN, como informaba...

Theresa May juega ahora al póker de medianoche de Cenicienta, a ver quién pestañea antes del 29 de marzo, fecha tope actual del Brexit, si los brexiters que rechazan su plan o la UE, Irlanda incluida, para que ceda más. Primero una “remainer” y luego una campeona del Brexit, no puede pedir por ello May un segundo referéndum, pero si Westminster vota esa senda por la que el laborista Jeremy Corbyn parece ahora más dispuesto, tendría que acatar. Puede ser eso o unas elecciones que muchos no quieren. Un nuevo referéndum revelaría si una mayoría, como se atisba, rechaza verdaderamente tirarse sin paracaídas.

Una primera dificultad para May con este hipotético segundo referéndum sería qué postura adoptar sin que quede en evidencia su profundo oportunismo. Otra dificultad sería la pregunta: dos o tres opciones, o segmentada con una segunda pregunta en función de una primera contestación.

Por otra parte, si bien unas elecciones generales se convocarían rápidamente, un referéndum necesitaría más tiempo para organizarse, teniendo que retrasarse la salida británica de la UE con la consiguiente complicación para las elecciones europeas de mayo en las que, por ahora, no van a participar. Claro que, ello le daría a May más permanencia en su cargo, que es, como con casi todos los jefes de Gobierno del mundo, de lo que se trata, también.