Por Luis Agüero Wagner (*) 
Decía un famoso historiador que una nación no es una entelequia suspendida fuera del tiempo, sino un árbol con raíces que se hunden en el pasado y un follaje que brota para arriba.  La metáfora ayuda a comprender porqué la falta de raigambre histórica produce un complejo de inferioridad en algunos estados como el de Argelia, al que muchos franceses versados en historia del África consideran una simple invención del general De Gaulle. En contrapartida, Marruecos es un antiguo estado nación. Como referencia basta señalar que cuando Hugo Capeto era rey de Francia en el año 987, la monarquía marroquí ya tenía casi dos siglos de antigüedad. Este estratégico país del norte del Africa tuvo la mala fortuna de ser ampliamente amputado durante el período colonial, al este y el sur. Responsable de esta amputación fue en gran medida Francia, que le cercenó un gran territorio al este cuando creó Argelia, empujando al oeste las fronteras de Marruecos.  Al sur Marruecos también sufrió una amplia amputación a manos de España, dando origen a una entidad que hoy muchos llaman Sáhara Occidental.  En realidad, esta determinación de los españoles estaba cortando el eje que enlazaba del norte al sur al corazón de Marruecos con el valle del río Senegal y hasta con el bucle del río Níger.  
 
Las raíces de varias dinastías de reyes marroquíes fueron así cortadas por esta ocupación española, que estableció en conjunto con la ocupación francesa unas fronteras artificiales, inventadas por los conquistadores europeos. La disputa con Argelia estaba cantada, dado que este país se había adjudicado el este de Marruecos hasta la región de Colomb Beshar (Béchar), que siempre había estado en territorio marroquí, al igual que Tinduf.  Marruecos logró recuperar, sin embargo, la región sur de su territorio –el “Sahara Occidental”- que en medio de dudas, España buscaba independizar para conservar su influencia en África, desde siempre ligada a sentimientos nacionalistas del ejército español. Fue entonces que el rey Hasan II de Marruecos se dirigió a la Corte Internacional de Justicia, en respuesta a la pretensión española de crear una ficticia entidad llamada Sáhara Occidental, para inventar al sur de Marruecos un estado tan artificial como Argelia, creada por Francia. Para sobrevivir, el estado “saharaui” tendría que contar con apoyo de Madrid, y se convertiría en un estado frágil, inestable y totalmente dependiente de España. La posta intervencionista sería tomada por Argelia, que siempre padeció un complejo de inferioridad con respecto a Marruecos, sobre todo por su carencia de raigambre histórica para justificar su propia existencia como estado-nación. Aunque Túnez y Marruecos siempre existieron, cuando Francia llegó a lo que hoy es Argelia este país era una dependencia turca, totalmente disociada, y no existía un estado argelino aunque hubiera un reino de Tremecén y existieran otras entidades. 
 
Para entender porqué Argelia no deseaba que Marruecos recupere el Sáhara Occidental, basta mirar a lo que hoy es el mapa político de África. Argelia es un país confinado al litoral mediterráneo, con un enorme apéndice creado con lápiz por De Gaulle, que penetra en el Sáhara hasta las proximidades del litoral Atlántico. Y aunque Marruecos no posea las riquezas que Francia descubrió en Argelia, posee una envidiable fachada atlántica. Tras recuperar el Sáhara Occidental, Marruecos quedó con miles de kilómetros de costas sobre ambos mares, en tanto Argelia está atrapada en el litoral del mar Mediterráneo, que en la práctica es lo mismo que un lago. Basta taponar el estrecho de Gibraltar para aislar completamente a los países de su litoral. Por esta razón Argelia apoyaba la creación de una entidad “saharaui” que le permitiría una desembocadura atlántica relativamente fácil, en tanto España conservaría la influencia en África tan sensible a su más radical nacionalismo. De cualquier manera, la reivindicación marroquí sobre el Sáhara es absolutamente incontestable. Nada más y nada menos que cinco dinastías reales marroquíes emergieron de lo que hoy se llama Sáhara Occidental, el gran sur saharaui. La primera de estas dinastías, por citar una, era la almorávide, que se extendía desde el valle del Senegal hasta el centro de España construyendo el imperio de las dos riberas, que era un imperio marroquí. También existían realidades políticas y económicas. Todo el valle del río Senegal y el valle del río Níger estaban orientados y pendientes de Marruecos. En el siglo XVI, incluso Tombuctú era una ciudad marroquí, y el rezo en esa ciudad se proclamaba en nombre del sultán de Marruecos. El mismo Pasha con jurisdicción sobre Tombuctú era marroquí, y Mauritania misma era una dependencia de Marruecos, que investía sus emires.  
 
Todas las rutas que atravesaban el Sáhara y comunicaban el oeste africano con el Mediterráneo estaban bajo control marroquí. Fue con estas realidades en la mano que Hassan II declaró que recuperando el Sáhara Occidental restablecía las raíces de un árbol cuyas ramas ascendían al Mediterráneo. Esta realidad histórica y política incontestable tropieza con la visión que tiene la vieja Europa colonialista y eurocéntrica, y los intereses de sus activistas que viven en las ONG invocando supuestas causas altruistas, así como la falta de sinceridad en la política exterior de Argelia. 
Hoy, aunque gran parte de la izquierda latinoamericana apoya a la lucha “saharaui” que incluso sueña con la idea de retomar las armas, los líderes de la banda de Abdelaziz intentan seducir al imperio norteamericano ofreciéndose como barrera contra Al Qaeda y otros enemigos de Estados Unidos, devaluando así el apoyo de países como Cuba. 
Sería raro que un conflicto, sostenido en los medios de comunicación a lo largo de 41 años por dudosas ONG, pueda ser favorable a grupos que sólo buscan el lucro a través del aprovechamiento de tragedias humanas, y que son cooptados fácilmente por células terroristas. Con la historia y la realidad en la mano, es incontestable que el Sáhara es marroquí y que los argumentos “saharauis” son cuando menos absurdos. Pero como lo advirtiera con mucha razón el mismo Bonaparte, en la política lo absurdo no siempre es un obstáculo. 
 
(*) Luis Agüero Wagner es un periodista y escritor de Paraguay. 
 
 
 
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