Roberto Mateos

No parece que la educación en igualdad, las reformas legislativas, la concienciación social, las medidas de seguridad, los protocolos de actuación, la intervención judicial...Las órdenes de alejamiento, las denuncias,  los dispositivos electrónicos, los simposios y conferencias, el rechazo social, las asociaciones, los partidos políticos, los estudios, los observatorios, las casas de acogida, las unidades específicas policiales, la base de datos Viogen, el instituto de violencia contra la mujer, las campañas publicitarias, y tantas otras iniciativas y medidas adoptadas, hayan podido evitar que en esta semana Laura, al igual que otras 12 mujeres más en lo que va de año, hayan muerto asesinadas a mano de aquellos, asesinos encubiertos, que un día les prometieron amor eterno.

Es difícil pensar que en pleno siglo XXI, en un país civilizado, rodeados de avances tecnológicos de todo tipo y en plena evolución social, del conocimiento y la comunicación existan entre nosotros alimañas despreciables propias de otros tiempos, que bajo una apariencia normal y de pertenencia a cualquier clase o estatus social, sean capaces de vejar, humillar, destrozar y asesinar a las personas con las que durante un tiempo (antes de que aflorara  su verdadera naturaleza) compartieran juntos, parte de sus vidas.

No es momento de hablar de cuando los asesinados son hombres, que los hay, ni tampoco de quienes realizan falsas denuncias para beneficiarse de la situación legislativa que ampara a las víctimas de la violencia de género, haciendo un flaco favor a quien verdaderamente sufre esta lacra, que también las hay.

Es momento de reflexionar y pensar en cómo hemos podido llegar a esta situación, en como una sociedad moderna y civilizada, en la que prima la reeducación y la reinserción frente al castigo, es incapaz de erradicar esta deficiencia social, en como este modelo estadísticamente falla, medida tras medida, año tras año, víctima tras víctima.

Y entonces, quizás tras la reflexión, tras tomar conciencia de que hoy muchas personas viven la cara oculta y oscura de San Valentín, podríamos llegar a pensar que la solución pasa por aplicar frente a conductas de otros tiempos, medidas de otros tiempos.