José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid

En un documento oficial para reorientar la estrategia europea hacia China, la Comisión Europea califica a la nueva potencia asiática como un rival sistémico. Lo hace para endurecer las posiciones diplomáticas frente a Pekín y para criticar las prácticas desleales que realizan los chinos en las relaciones comerciales, y sus empresas en mercados abiertos compitiendo con productos subvencionados por el poder central. Y entrando, además, en algunos mercados considerados estratégicos, lo cual ha vuelto a advertir a los dirigentes comunitarios sobre las intenciones geopolíticas de los asiáticos en Europa. Al mismo tiempo China está presentado en sociedad su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, apoyado por sus aliados comerciales de Extremo Oriente y visto con buenos ojos por los rusos. Pero en Europa se desatan las dudas sobre cómo caminar por esa ruta, cómo financiarla con capital europeo y cómo aclararle a los chinos que, entre por donde entre, la seda tiene que ser respetuosa con los derechos humanos, democrática y de libre competencia.

Pero la rivalidad sistémica a la que se refiere la Comisión va más allá de las cuestiones comerciales globales. China aspira a abrirse camino por la ruta de la seda hacia el Atlántico para extender su influencia en la gran masa territorial euroasiática. Para ello cuenta con tres rivales que somos los europeos, los rusos y la energía. A los cuáles quiere convertir en socios, pero sin perder en ningún momento su absolutismo decisional ni su liderazgo. Porque no quiere permitir, en el tránsito de una ruta tan larga, la entrada de ideas democráticas, de intereses estratégicos rusos, o de ideas islamistas. Y ese nuevo espacio euroasiático sería una fórmula para fortalecer su poder mientras debilita el de Estados Unidos, lejos, a día de hoy, en esa isla americana que se construye Donald Trump, cerrada al paso de la inmigración, y que deberá de crecer y multiplicar sus alianzas sino quiere verse como un retiro para jubilados tomando el sol, dentro de 30 años.

China ha tenido siempre una visión muy peculiar y definida de las relaciones internacionales. En plena guerra fría se inventó la teoría de los Tres Mundos para hacer creer que su comunismo no era tan salvaje como el de Stalin y, fundamentalmente, para seguir tomando sus decisiones de forma autónoma, sin recibir indicaciones de Moscú ni amenazas de Washington. De aquella manera elaboraron un concepto del Tercer Mundo, cuya idea común era la de no estar alineado con ninguno de los bloques y la de haber padecido las inclementes consecuencias de la colonización occidental. Lo cual en plena ola descolonizadora fue un planteamiento al que sólo le faltó dinero para haberse hecho con el liderazgo global que ahora tiene, con cincuenta años de antelación. La mano derecha de Mao, Zhou Enlai, y la conferencia de Bandung 1955 pone el nombre y la fecha histórica a la reflexión.

Los tres mundos de entonces no son los de ahora. Pero China sigue sacando partido del enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos, proyectando una imagen pacífica y globalizadora frente a los armamentistas y supremacistas occidentales. Los rusos son en este momento un aliado más conveniente en Centro Asia. Pero los americanos también lo fueron antes cuando China decidió dejar de ser pobre en los años 70, para empezar a ser rica y fuerte. Los europeos, a lo nuestro, no hemos mantenido una política hacia China después de haberla dejado temblando en el siglo XIX. Pero ahora formamos parte de los tres mundos que perciben los chinos: somos aliados de la gran potencia rival, y por tanto cuanto más débil sea esa alianza, más débil es Estados Unidos; podemos ser socios y no rivales en el tablero euroasiático; y nuestra democracia es enemiga del centralismo comunista chino y, por tanto, cuanto menos perdure, menor es la amenaza de que prolifere en una futura sociedad china llena de ciudadanos de clase media con intereses diversos.