Javier Fernández Arribas

Pie de foto: El 2 de diciembre de 2014, como una iniciativa histórica, el papa Francisco y quince líderes religiosos firmaron en el Vaticano una declaración conjunta.

Más de una vez hemos destacado que uno de los objetivos principales de los terroristas del Daesh y de Al Qaeda es provocar un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. Los atentados en Europa, el último en el louvre de París, en Estados Unidos o en Canadá, que curiosamente no está teniendo trascendencia mediática cuando puede ser un precedente peligroso, tienen la mala intención de desestabilizar al gobierno del país atacado, crear miedo entre sus habitantes, afianzar la disciplina interna y el mando de los actuales dirigentes en la propia organización terrorista que sufre duras derrotas en Irak y Siria y, sobre todo, crear el caos con un soñado enfrentamiento armado entre cristianos y musulmanes.

Los terroristas necesitan del caos para sobrevivir y poder incrementar su capacidad de captación de simpatizantes y futuros terroristas entre los jóvenes delincuentes de países europeos, entre otros. Muchos de los que fueron engañados a luchar por su ‘guerra santa’ han huido e intentan volver a casa, aunque entre estos hay demasiados que su verdadera intención es continuar con la actividad terrorista. Nada es negro o blanco en este tórrido mundo del terrorismo donde multitud de intereses se entrecruzan y engarzan situaciones que exceden de una lógica básica.

Cuando el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, firma la orden de impedir el movimiento de musulmanes de 7 países para evitar que algunos terroristas puedan entrar en Estados Unidos, está haciendo justo lo que más les interesa a los terroristas: crear un ambiente de resquemor, de malestar, de indignación profunda por considerar a millones de seres humanos como lo peor que pueda haber sobre la faz de la Tierra, por usar términos apocalípticos que tanto gustan al multimillonario instalado en la Casa Blanca. Es tan torpe la medida que lo único que sirve es a los intereses de los terroristas que estarán frotándose las manos viendo como el propio presidente norteamericano les hace el trabajo sucio. Es tan injusto condenar así a millones de personas, que lo único que se consigue por ese camino es fomentar el odio.

Es tan absurdo que parece increíble que en estos tiempos no esté clara la necesidad de preservar la convivencia entre religiones y analizar con rigor que las principales víctimas de los ataques terroristas son los propios musulmanes porque el verdadero objetivo es hacerse con el poder en sus países. La reacción entre los propios norteamericanos es elocuente y esperanzadora de que se impondrá la razón.