In itinere - Atalayar Nº 1

El 17 diciembre de 2010 un joven vendedor ambulante tunecino encendió la mecha de un movimiento de dimensiones entonces no mensurables. Esa mañana una agente de policía trató de confiscar la fruta que Mohamed Buazizi vendía. El joven se enfrentó a la agente y dos de sus compañeros lo golpearon, llevándose con ellos su medio de subsistencia. Buazizi fue al ayuntamiento y exigió que le devolvieran lo que era suyo, siendo nuevamente golpeado. Caminó hasta la oficina del gobernador, demandó una audiencia y se la negaron. A mediodía, frente a la reja de éste último, el joven se prendió fuego. Para cuando murió, el 4 de enero de 2011, las protestas iniciadas por el trato a Buazizi en Sidi Buzid se habían propagado a todo el país. Apenas diez días después el presidente Ben Alí era derrocado y el vendedor pasaba a la historia como mártir de la lucha por la dignidad humana, un modelo de determinación para tunecinos y árabes.
El acto fundador de Buazizi, ese gesto de desesperación, se propagó rápidamente a Egipto y al resto de naciones de la zona. Más de dos años han transcurrido desde el estallido de la denominada 'primavera árabe'. La esperanza inicial, alimentada por la euforia occidental, que veía como los pueblos del sur del Mediterráneo se deshacían de sus dictadores, dio paso a la cruda realidad, a saber, la dificultad de operar una transición democrática y mejorar las condiciones de vida de la gente. A día de hoy la situación de estos países sigue siendo una incógnita. En general, el mundo árabe se mantiene extremadamente inestable. Importantes divergencias han aflorado en el seno de los Estados, unas tensiones no exentas de violencia, con Siria, donde la situación es de guerra civil abierta, como ejemplo más trágico.


A la luz de esta situación, del clima de incertidumbre imperante en el mundo árabe, algunos podrían tender a pensar que el despertar de los pueblos árabes ha sido en vano. ¿Es esto cierto? ¿Cuál es el balance de dos años de movilizaciones y revueltas, de cambios y reformas? ¿Es la situación ahora mejor que cuando se iniciaron las protestas? Y, en general, ¿qué conclusión podemos extraer de la “primavera árabe”? Advirtiendo de antemano la complejidad de tales cuestiones y lo heterogéneo de las realidades en liza, siendo harto difícil aportar una respuesta unívoca y concreta, cualquier intento de esclarecer estas incógnitas pasaría por atender a cuatro vectores de análisis, a cuatro caras de la “primavera árabe”: democracia, economía, cohesión social y seguridad.
Es en materia de democratización donde más avances se han producido. A pesar de las dificultades y reveses, se han generado progresos democráticos en el conjunto de la región. Varios países han celebrado por vez primera elecciones bajo los criterios de libertad y transparencia. Las organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil juegan un rol mucho más importante que antaño, mientras que la libertad de expresión y el asociacionismo se han reforzado. Además, el control civil sobre los ejércitos se ha acrecentado y algunos mecanismos de equilibro de poderes se han instalado de forma gradual y progresiva. Sin desmerecer un ápice estos logros, no podemos obviar que las transiciones democráticas serán aún lentas y que la siguiente etapa, la de la consolidación, no será fácil. De gesto duro pero amable la cara de la democratización.


La consolidación democrática dependerá de la evolución económica de unos países cuyas condiciones no han dejado de degradarse, mostrándose incapaces los nuevos gobiernos en liza han de hacer frente a los acuciantes desafíos socioeconómicos. En Túnez el dinar no ha cesado de devaluarse, el PIB es nulo y la bancarrota amenaza. Los analistas aluden a la posibilidad de romper esta tendencia, pero a condición de que se estabilice la situación política. En Egipto, dos años después de la caída de Hosni Mubarak la agencia de notación Fitch ha bajado por cuarta vez la nota soberana del país, pasando de B+ a B, con tendencia negativa, previéndose que el déficit en 2013 alcance el 11,2% y que la deuda de la administración pública se sitúe en el 84% del PIB. Y en Libia la vuelta de las compañías petrolíferas internacionales elevará el ritmo de crecimiento hasta final de año al 9,5% del PIB, pero sin ello atenuar las desigualdades sociales y regionales. Un presente adverso y perspectivas inciertas en la cara de la economía.


En los países donde se han operado avances democráticos los partidos islamistas han visto incrementar su representación en las asambleas legislativas suponiendo, por ende, el control de los órganos ejecutivos. La subida al poder del islamismo político y la multiplicación de grupos identificados con el salafismo ha tenido como reacción la radicalización de los “modernistas”, derivando esta situación en una acusada polarización entre fuerzas islamistas y laicas. En paralelo han aparecido nuevas formas de polarización por la degradación de la situación económica, entre mujeres, jóvenes y miembros de minorías religiosas y étnicas. La cara de la víctima es la de la cohesión social.


La seguridad, cuarta cara de la “primavera árabe”, es otro de los grandes y acuciantes desafíos. Más allá del goteo incesante de muertes que provoca, la guerra civil en Siria ha ido más allá de sus fronteras, contabilizándose por cientos de miles los refugiados que han huido hacia Iraq, Jordania, Líbano y Turquía. Las amenazas a la seguridad interior de Libia, donde las milicias ponen en tela de juicio el monopolio de la violencia por parte de las autoridades del nuevo régimen, comprometen la propia construcción del Estado. Asimismo, la situación de inestabilidad en este país se ha extendido hacia la franja saheliana, donde el islamismo radical ha encontrado refugio, apropiándose de la franja norte de Malí y perpetrando ataques como el recientemente operado contra el complejo de gas de Tiguenturine, en In Amenas, en el sudeste argelino. La cara más terrorífica de la “primavera àrabe”.