José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

La guerra no es ninguna otra cosa distinta que la guerra. Aunque Von Clausewitz escribió en su tratado de ocho volúmenes titulado De la guerra, una de las obras más influyentes de la edad contemporánea, que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, los cientos de miles de víctimas del conflicto en Siria, que algunas fuentes sitúan en 470.000, no tienen ya la oportunidad de entenderla como el estratega prusiano. Ni tampoco los 5 millones de sitiados en las ciudades sirias, según datos de Cruz Roja, los 6,3 millones de desplazados y los 4,8 millones de refugiados tienen tiempo para pensar en tratados, ni en Clausewitz. Más de 11.000 niños muertos, 27 en el ataque con bombas químicas ordenado por el gobierno de Bachar El Asad, han vivido los pocos años de su vida convencidos de que la guerra era la única forma de vivir. Al recordarles, muertos e inmóviles, volvemos a darnos cuenta de que la guerra no es nada más que la muerte. Un recurso terrible, si se quiere, para defender al débil de la agresión criminal. El último recurso para combatir la barbarie, si acaso. Legitimado, tan sólo, por la ley y la moral.

Al confirmarse el despiadado e irracional ataque con armas no convencionales contra la población civil de Jan Sheijun, Donald Trump ha utilizado 59 misiles Tomahawk para tomar la decisión política de intervenir de manera directa y contundente contra el régimen sirio. Ha ordenado lanzar los misiles crucero de largo alcance desde los destructores Porter y Ross, para que el fuego y el humo de su propulsión se expandieran por las televisiones y por las conciencias de los promotores del caos. Ha elegido de entre las tres opciones presentadas por su estado mayor, la que causaba menos víctimas. Siete. Ha continuado con la estrategia del presidente Obama de marcar líneas rojas, en éste y en cualquier conflicto, pero al contrario que su predecesor ha sabido encontrar el momento para decirle al mundo y a los asesinos que la guerra sólo está legitimada si se concibe como la antesala de la paz, y se desarrolla con medios proporcionales y no asesinos. Con el respaldo unánime del Congreso de Estados Unidos ha tomado una decisión política correcta: situar a Estados Unidos en el centro del proceso de negociación para terminar de una vez con el conflicto más sangriento y deshumanizado de este siglo.

El presidente Trump ha decidido hacer política con 59 misiles Tomahawk. A partir de ahora el papel de las potencias en Siria, de Rusia y Estados Unidos, crece aún más. Mientras el futuro del régimen de El Asad se oscurece y se debilita. La continuación del diálogo y la negociación política entre las partes sigue siendo la única vía de solución. Pero en ese diálogo el gobierno americano es hoy una pieza más determinante, el ruso una pieza menos determinante y el gobierno sirio un actor definitivamente ausente y sentenciado.