Gabriel Cortina. Analista internacional/The Diplomat

La versión moderna de la desinformación se denomina fake news y se caracteriza por una metodología que tiene como objetivo la difusión de noticias falsas. La diferencia es que, en la Guerra Fría, por ejemplo, no había redes sociales y éstas se configuran hoy como una alternativa real en la carrera por la influencia, frente a los grandes medios de comunicación. La decisión de qué aparece y cómo en las portadas de los periódicos depende de la fuerza de las olas que forman los contenidos de las redes sociales, que en ocasiones supera en fuerza e impacto a los teletipos de las agencias.

Vivimos en un espacio abierto y la actividad diplomática se ve afectada también por la realidad de las noticias falsas. Embajadas y consulados, al ser sedes diplomáticas de los Estados, no son ajenas al juego geopolítico, del que la influencia en la configuración de percepciones forma parte. Desde el ámbito de la inteligencia y la seguridad, se define “desinformación” como conjunto de prácticas cuyo objetivo es promover la manipulación de las élites políticas y de la opinión pública, mediante la difusión de noticias falsas, con la finalidad de alterar la percepción del destinatario, para favorecer los intereses de quien lo pone en práctica. En el ejercicio de actividades proactivas, los servicios se han empleado profusamente con la intención de influir sobre actores y procesos políticos, condicionando así el curso de los acontecimientos.

Campañas electorales recientes se han visto afectadas por esta realidad. No creo que el debate se deba centrar en criticar lo que hacen ciertas naciones, con más o menos acierto, o defenderse atendiendo a una contra-narrativa de “rusofobia”, etiquetando de forma simple todo tipo de sospechas. Como los gobiernos y la sociedad civil son protagonistas de la democracia, es necesario ofrecer una serie de medidas. El problema va a crecer y afectará de forma directa a la libertad de expresión. Elegir entre seguridad o libertad implica un simplismo imposible; es necesario establecer unas dinámicas que puedan ir creando un equilibrio en la influencia, a favor de la transparencia y la responsabilidad de los medios de comunicación.

Por su parte, las grandes compañías multinacionales IT, en la carrera por el liderazgo y la innovación, han entrado en esta dinámica como un actor más. Las posibilidades de algoritmos diseñados desde el “comprender para hacer” ofrecen un panorama complejo lleno de incertidumbres. Además, como el público busca entretenimiento y los medios aumentar audiencia, la desinformación se encuentra con un terreno abonado. Al primar lo emocional y lo novedoso en un entorno cultural relativista, la difusión de dudas, de lo extravagante, la ciencia ficción y las teorías conspiratorias llega hasta unos niveles insospechados.

Abordar el fenómeno fake news implica proteger una serie de valores. Medidas de transparencia, especialmente en el sector público, una regulación limpia y limitada, y una sociedad civil activa son tres vías de contención. Sanciones y una aplicación rigurosa de la ley ayudan a prevenir el contagio de malas prácticas. Sin embargo, para hacer frente a amenazas mayores, hace falta dar el salto y transformarlo en un concepto operacional.

La tensión geopolítica manifiesta una dinámica por el dominio del relato. De contarse con voluntad política suficiente, el surgimiento de una plataforma transatlántica, una forma de coalición contra la desinformación será una posibilidad. Estamos en un conflicto de naturaleza asimétrica y nos vamos a mover en tres ejes: propaganda (método clásico de influencia), social media (plataformas al límite de lo legal) y acciones below the line (desinformación, infiltraciones, ciberataques ilegales). Desde esta perspectiva, los programas de public diplomacy tendrán un mayor protagonismo.