José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Pie de foto: El juez Federal del Estado de Washington, James Robart

Después de mucho tiempo sondeando a la opinión pública, el Council of Foreign Relations de Chicago llegó a la conclusión, en los años 90, de que los americanos, al hablar de política exterior, pertenecían a una de las cuatro categorías siguientes: los hard liners, que defendían la implicación internacional, política y militar, pero despreciaban la llamada cooperación multilateral; los internacionalistas, partidarios de ambas; los acomodacionistas, que no creían en las militancia internacional unilateral y activa, pero sí en una participación cooperativa con el resto de socios; y los aislacionistas que no querían saber nada del mundo, ni solos, ni acompañados. A la vista de las primeras decisiones del nuevo Presidente americano, parece necesario revisar las investigaciones y plantear como hipótesis la existencia de una nueva categoría: la de los trumpistas. Es decir, la de quienes son partidarios de cerrar los Estados Unidos al mundo y al mismo tiempo, pretenden transformar a los aliados en rivales y la cooperación internacional en un caos.

Si las sucesivas decisiones presidenciales de estos primeros 15 días, sobre retirar al país del acuerdo Transpacífico, firmado con los aliados asiáticos; dar la orden de iniciar la construcción del mítico muro anti inmigración en una de las dos fronteras estratégicas de Norteamérica; prohibir la entrada a visitantes de siete países por el hecho de viajar desde países musulmanes; sembrar la incertidumbre entre los aliados europeos y abrir un conflicto diplomático con un aliado inquebrantable como Australia, no son suficiente motivo, podemos seguir pensando que el fenómeno Trump es un reality show.

Pero al Juez Federal del Estado de Washington, James Robart, calificado como pseudo juez por el presidente de los Estados Unidos, no le ha parecido tal cosa el hecho de que Trump esté tomando decisiones ejecutivas al margen de la Constitución y de los principios de un estado de derecho garante de los valores y libertades democráticas durante los últimos 240 años. Y, por consiguiente, ha reaccionado con un auto de gran contenido pedagógico que tiene a los funcionarios de la Casa Blanca pendientes de llamar por teléfono a las compañías aéreas para decir a sus controladores que no, que sí, que bueno. Que vuelvan a aterrizar los aviones en los aeropuertos americanos.

Puestos a buscar interpretaciones para racionalizar lo que, a todas luces, es una alarmante disrupción política internacional, entre la prensa, los analistas y los ciudadanos se escuchan algunas teorías variopintas, nada científicas, pero muy sugerentes. La de los money liners quienes piensan de Donald Trump que es un conservador un poco subido de tono, que está harto de que los europeos no se gasten dinero en su defensa y de que los chinos no respeten las normas comerciales. No hay que darle mayor importancia según ellos porque, al final Trump es un triunfador y, claro, los triunfadores son un poco peculiares. Tal vez un tanto excéntrico. Pero sin más, porque los mercados están dando mensajes claros de que la línea estratégica del Presidente es correcta.

Temerosos y en distinto sentido se manifiestan los catastrofistas. Dando por seguro un conflicto a gran escala motivado por el caos galopante que se está generando, pero también por culpa de la debilidad de los políticos y democracias tradicionales, que son los últimos responsables de que un populista haya ganado las elecciones y de que los ciudadanos tengamos ahora lo que nos merecemos. De manera contraria, los oportunistas observan el debilitamiento de la primera democracia del mundo como un escenario óptimo para promover o bien el asalto al poder si se está fuera de él, o bien el autoritarismo como medida preventiva frente al caos, si ya se gobierna desde el prisma del despotismo.

Y finalmente estamos los llamados internacionalistas ingenuos, convencidos de que, con la simple intervención de algunos congresistas, la prensa libre, el activismo ciudadano y el juez James Robart, los frenéticos días de adaptación del millonario a la Presidencia terminarán pronto. Cualquiera día en el que Donald Trump asimile que es Presidente de Estados Unidos, deje de hablar escondido detrás de twitter, y empiece a gobernar dando la cara a las instituciones americanas y junto a los aliados del mundo libre.