Pedro Canales

Ante el fenómeno imparable de la inmigración de masas, podemos evocar claramente la figura del dios Jano de la mitología romana. Para los inmigrantes que se lanzan a la aventura, venidos de países de África y de Asia en conflicto, abandonados a su suerte o víctimas de dictaduras religiosas, étnicas o militares, es el Jano que simboliza el comienzo, la transición, el paso a algo mejor que lo que dejan atrás. Ven ante ellos el Jano Patulsio que les invita a franquear la entrada de lo que creen es el paraíso. Para otros en cambio, que se encuentran de este lado de la puerta, hay que invocar el Jano Clusivio que les cierra el camino de acceso. Este fenómeno, viejo como la propia Humanidad, sigue siendo dramático y desesperante.

Las Autoridades políticas españolas, las del gobierno central y las de los gobiernos autonómicos, observan ante este drama su Jano particular, el de las dos caras, la benigna y la malévola, que en este caso representan las visiones humanitaria y política del problema.

Cualquiera que haya conocido alguno de los países de donde proceden los inmigrantes, africanos o asiáticos, no puede por menos de aplaudir el que se salven vidas, que se rescaten niños, que se abran las puertas a que mujeres, jóvenes y familias enteras, accedan por fin a una nueva vida. Los que ha hecho el señor Sánchez o la señora Colau, en lo humanitario, merece un diez. Así de claro.  Sin embargo, en lo político, merece un suspenso. También así de claro.

Salvar una sola vida, es un acto de generosidad. Poner en peligro el futuro de miles más, es una insensatez; y en política, una aberración. En contra de la opinión de todos los profesionales que trabajan en el tema, el Gobierno español y la Alcaldía de Barcelona pisándole los talones, han decidido acoger los barcos fletados por asociaciones quiméricas y ambiguas cargados de inmigrantes. Repito, como gesto solidario, muy bien; como acto político, fatal. Es lo que esperaban las mafias que organizan la marea migratoria: bandas de delincuentes armados, que traen los candidatos desde África, los amasan en campos carcelarios y los conducen a las lanchas abarrotadas que los transportarán justo hasta la zona en la que “patrullan” los barcos fantasma del espejismo paradisíaco.  Si la generosidad malentendida de Sánchez y Colau, salvan a mil, hay otras decenas de miles esperando a realizar el mismo recorrido. 

¿Hay solución política para esta crisis migratoria? Sólo una: impedir la estampida en los países de origen. La inmigración no se podrá impedir, pero sí disminuir las avalanchas. Si las condiciones económicas, sociales y políticas en los países de los que proceden los emigrantes, no cambian, nada ni nadie podrá impedir que mañana sean millones. Algunas gentes, intelectuales en su mayoría y políticos cuando están en la oposición, han hablado de la necesidad de un Plan Marshall para África. ¿Hay medios para hacerlo? Sí. ¿Hay voluntad política? No. Los gobiernos piensan en su sobrevivencia, en las próximas elecciones, incluso cuando firman decretos solidarios; pero no están dispuestos a organizar ese Plan. Y sin embargo, es la única solución. Si el gobierno de Pedro Sánchez no rectifica su “hoja de ruta”, vamos directos a chocar contra el muro. No puede haber solución española a la crisis migratoria; es, si la hay, solución europea. En caso contrario, los pronósticos son muy pesimistas.