Pedro Canales

La reunión del G6 en Lyon este mes es de una importancia capital para el porvenir político del continente europeo y del entorno mediterráneo. Los dos puntos en el orden del día, inmigración y terrorismo, eran en realidad sólo uno: ¿cómo hacer frente a los desafíos que amenazan la cohesión y la unidad europea?. 

En primer lugar, surge la pregunta de por qué el G6 y no la Comisión Europea, el Parlamento de Estrasburgo o cualquier organismo supranacional que englobe al conjunto del continente. La respuesta salta a la vista: el organismo que representa a todos los europeos no es capaz de ponerse de acuerdo, y sus debates son tan interminables como estériles. Además, la presencia o no de Londres supone un problema, cuando se sigue insistiendo en el Brexit.

El G6 ha reunido un núcleo reducido de países con capacidad para explorar soluciones y llevarlas a la práctica. España, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Polonia e Italia, un arco geográfico que engloba el corazón de Europa. Al que han sido invitados EE.UU. y Marruecos. 

Es absurdo y algo simplista el pensar o decir que Rabat ha sido invitada a Lyon “para darle una reprimenda”. Porque tanta reprimenda podía merecer Polonia e Italia, a quienes algunos tachan superficialmente de xenófobos o insolidarios; como España, que alimenta el efecto llamada con su política solidaria de corto alcance; o Alemania, firme partidaria de abrir las fronteras europeas a los cientos de miles de inmigrantes que huyen de las guerras y de la pobreza, o de la falta de futuro; o a Francia y Gran Bretaña, partidarias de reforzar las fronteras y apoyar la creación de campos de refugiados extraeuropeos; o a los Estados Unidos, cuya política de contención de la inmigración raya el escándalo humanitario.  

No. La reunión de Lyon, busca explicaciones, acuerdos y soluciones. La presencia de los invitados se debe a dos razones principalmente: forman parte de la solución, que debe ser global y consensuada; y son países serios, que aceptan y cumplen sus compromisos. Se puede o no estar de acuerdo con la política migratoria de Marruecos, de Polonia o de EE.UU., pero si se llega a acuerdos y compromisos, son países que cumplen. 

Es cierto que en estos momentos, Marruecos es quizás la puerta de entrada principal de la inmigración africana en Europa; pero hasta hace muy poco, lo han sido Libia, Grecia y Turquía, y ninguno de estos tres países han sido invitados a Lyon. 

La cuestión de la inmigración masiva y del terrorismo asesino está vinculada a la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza existente en el mundo. La injusticia, la miseria y la falta de perspectivas son el caldo de cultivo ideal para los predicadores del odio, las mafias y los vendedores de sueños. La solución está en los países de origen, no en los países de destino.