Antonio Alonso Marcos. Profesor de la Universidad San Pablo CEU/The Diplomat

El pasado 9 de junio Kazajistán celebró elecciones presidenciales adelantadas. Una serie de elementos demuestran que la sociedad kazaja ha elevado su nivel de exigencia democrática, lo que los anglosajones llaman la “accountability”. Desde las 7:00 de la mañana y hasta las 20:00 de la tarde, 11.814.019 ciudadanos estaban llamados a acercarse a los 9.968 centros de votación repartidos por todo el país e incluso en las legaciones diplomáticas presentes en más de medio mundo. ¿Por qué han sido históricas?

Para empezar, por primera vez en casi 30 años de independencia Nursultán Nazarbáyev no participaba en ellos. Además, han competido siete oponentes distintos de gran relevancia social y política, entre ellos quien finalmente ha sido el vencedor: el diplomático de carrera Kassym-Zhomart Tokáyev.

Nazarbáyev siempre había revalidado su mandato con un altísimo porcentaje de respaldo popular (superior al 90%). Por eso mismo se esperaba la victoria holgada de Tokáyev, quien, como presidente del Senado, había sucedido a Nazarbáyev de manera interina y había prometido continuar la obra iniciada por su predecesor. El domingo, la mayoría de los ciudadanos de Kazajistán (alrededor del 70%) votaron a favor de la estabilidad política, algo que ha permitido que este sea uno de los países más exitosos de Asia Central y de todo el espacio postsoviético.

Ciertamente, el resultado era altamente predecible, pero no se puede decir que no haya habido competencia entre los siete adversarios políticos. Esto se puede ver, principalmente, en tres aspectos: el alto número de candidatos; el hecho de que por primera vez una mujer haya participado en la carrera presidencial (algo que, sin lugar a dudas, ha atraído el voto de cierto sector reformista); y, por primera vez, los debates electorales han sido parte esencial de la campaña electoral.

Entre los candidatos hay gran pluralidad ideológica (izquierdistas, nacionalistas, liberales y centristas), lo que aumentó la “intriga” en la carrera electoral y dio a los votantes la oportunidad de elegir entre una amplia gama de movimientos políticos y sus representantes.

Los observadores internacionales examinaron con ojo crítico las elecciones, como suele suceder, entre ellos el prestigioso profesor Richard Weitz, quien en una rueda de prensa en Almaty aseguró que “La elección es transparente. Para mí, esto es una buena señal”.

En general, sus informes han sido positivos, con el sentir prácticamente unánime de que las elecciones en Kazajistán se realizaron en condiciones competitivas, sin violaciones significativas y con alto compromiso cívico. Las largas filas en algunos colegios electorales se tradujeron en alta la participación (una media del 77% en todo el país, llegando al 89% en la región de Almaty), dato que es bastante llamativo por la tendencia general en las democracias consolidadas de Occidente a la abstención. En Kazajistán, por el contrario, se mantiene el interés de la población por participar en la política, los ciudadanos de la república entienden ahora más que nunca que su voz es importante y se dan cuenta de que son ellos quienes determinan el futuro del país.

Las manifestaciones que tuvieron lugar en Nur-Sultán y Almaty el mismo día de la votación también son muestra de ese interés por la participación política, aunque según parece estos manifestantes no presentaron las preceptivas solicitudes en tiempo y forma y, por lo tanto, las autoridades tuvieron que utilizar a la policía para garantizar la seguridad de otros ciudadanos.

Tokáyev respondió a estos sucesos declarando que el gobierno estaba dispuesto a entablar un diálogo con quienes lo apoyan y con quienes se oponen. Además, el presidente electo de Kazajistán propuso la creación de un comité especial sobre la confianza pública en el país.

Las manifestaciones son algo habitual en cualquier país democrático, aunque en Kazajistán todavía no se ha formado el hábito de combinar con eficacia ambos derechos, el de manifestación y el de garantizar la seguridad de los demás ciudadanos que no se manifiestan. Hay que reconocer que las manifestaciones, sean del tipo que sean y sea en el país que sea, son también un foco de atracción para todo tipo de provocadores. Pero en general, la idea misma de hablar en público refleja el nivel de desarrollo de la sociedad civil en Kazajistán y el crecimiento de la responsabilidad de los ciudadanos por el destino de su país. Y esto es, sin duda, un signo positivo. De hecho, estas elecciones son ya en sí mismas un símbolo de la evolución de los procesos democráticos en Kazajistán, lo que tendrá ciertamente un impacto positivo en las próximas elecciones parlamentarias en Kazajistán en 2021, pues habrá una mayor pluralidad y diversidad de partidos.

Con la llegada de Tokáyev se consumará el proceso de relevo pacífico de líderes, cosa que no tiene precedentes en el entorno post-soviético.