Jorge Mestre/OKdiario.com

La publicación la pasada semana de que Noruega ha estado financiando organizaciones en Cataluña vinculadas a Ada Colau y al movimiento independentista ha causado sorpresa entre muchos al ver que un Estado aliado —Noruega y España son ambos miembros de la OTAN— podía estar sufragando a colectivos e individuos que atacan a España desde fuera y dentro de nuestras fronteras. La noticia parece chocar con la imagen idílica y estereotipada que se tiene de un país cuya principal fuente de riqueza es la venta de petróleo. De hecho, es el primer país productor europeo de petróleo. Y, por ende, se beneficia directamente de los conflictos geopolíticos —como la guerra de Irak o la guerra civil en Libia— que alientan la subida del precio del crudo. Resulta irónico ver que un país que es recordado frecuentemente por su labor mediadora en los conflictos internacionales, como ocurrió en Colombia, Sri Lanka, Afganistán, etc., saca tajada más que ninguno de todos los conflictos vinculados con la producción de hidrocarburos en cualquier punto del planeta.

El lobby del petróleo tiene un poder ingente en Noruega y maneja la política exterior del país, sobre todo a través de Statoil, la empresa estatal que controla la producción de petróleo. Porque allí el peso del Estado es abrumador. Son tan ricos por la existencia de tal fuente de riqueza que alrededor de un tercio de la población noruega en edad de trabajar es “nini” —ni estudia, ni trabaja—, pero se lo puede permitir porque vive del dinero del Estado. El petróleo y el gas en Noruega representan más de la mitad de las exportaciones, mientras que la venta de armas y de pescado ocupan la mayor parte restante. Sí, el país que presume de conceder el Nobel de la Paz junto con Suecia está entre los 20 primeros exportadores de armamento del mundo. España también lo está, es verdad, pero otros que presumen de pacifistas o neutralidad, como Suecia o Suiza, ocupan el decimotercero y decimocuarto puesto, respectivamente, vendiendo armamento a países que manifiestan poca simpatía hacia los derechos humanos, como son Arabia Saudí o China.

Otra realidad del país es que tiene el dudoso honor también de contar con el partido de extrema derecha más fuerte de todos los estados de la región. El llamado Partido del Progreso de Noruega es el mismo en el que militó Anders Breivick, el joven terrorista que protagonizó la matanza de julio de 2011. El Partido del Progreso es socio del Ejecutivo actual, pese a que a tenor de lo que uno puede leer o escuchar parece que la extrema derecha sólo gobierne en Italia. Sin embargo, la xenofobia y el discurso antiinmigración están muy presentes en los debates nacionales del vecino del norte. La mentalidad luterana instalada en el Gobierno noruego redunda en su actitud moralizante y si a eso le añadimos su gran capacidad económica procedente del petróleo, hace que los políticos del norte de Europa se crean la brújula moral del mundo y que otros estados que son vistos como de una división inferior necesitan de su ayuda económica y vocación aleccionadora para transformarlos a su medida.

Todo ello explica, que no justifica, el envío de cientos de miles de euros a entidades y activistas cuya vocación ha sido romper la convivencia entre españoles y proyectar la imagen más negativa de España en el exterior. Una vez visto el descontrol de los fondos procedentes del exterior, habría que crear un nuevo marco regulatorio que incremente la transparencia de donaciones para ONGs desde el exterior y que nos habría ahorrado muchos de los problemas actuales. Varios países ya lo hacen.