Paco Soto

Pie de foto: El dictador Francisco Franco Bahamonde.

Españoles, el 20 de noviembre de 1975, cuando el entonces primer ministro franquista, Carlos Arias Navarro, apareció en TVE para anunciar la muerte del dictador Francisco Franco Bahamonde, estaba mintiendo. El caudillo de El Pardo no había muerto, como informó en televisión un Arias Navarro llorón y patético. Es más, queridos compatriotas, Franco sigue vive y fastidia a diario la vida de millones de españoles. Parece increíble pero así son las cosas. No bromeo. Simplemente cuento lo que leo y oigo en los medios y en la calle de la boca de militantes de la extrema izquierda antidemocrática y tics neofalangistas, de Podemos fundamentalmente, pero también de algunos de sus aliados, sobre todo de los menos inteligentes, como Ada Colau al frente del Ayuntamiento de Barcelona, o Alberto Garzón, que dinamitó lo poco que quedaba de IU para seguir viviendo del cuento y no tener que buscar trabajo. También incluyo en la manada de antifranquistas sobrevenidos que han descubierto que el caudillo de El Pardo sigue vivo a muchos independentistas catalanes y a una parte de la juventud estudiantil, a niñatos y niñatas de clase media que no saben lo que es irse a la cama sin cenar o tener que currar como un condenado para pagarse los estudios.

Entre esta gente diversa se ha puesto de moda decir que el actual Gobierno de Mariano Rajoy actúa como la dictadura franquista, que la Policía Nacional y la Guardia Civil son exactamente lo mismo que la Policía Armada –los famosos grises- y el Instituto Armado depurado por el franquismo después de la Guerra Civil para tenerlo bien controlado. Según los antifranquistas de última hora, las Fuerzas Armadas no han evolucionado y sus miembros son casi todos fascistas y golpistas. Los jueces, una pandilla de sádicos franquistas. La Brigada Político Social (BPS), la Policía política de la dictadura, sigue deteniendo y torturando a opositores en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, y en la Jefatura Superior de Policía de la Vía Layetana de Barcelona.

Resulta que según los seguidores del predicador Pablo Iglesias y otros embaucadores de su misma calaña, los niños bien -o ‘enfants terribles’ de cartón piedra- de la ultraizquierda que en tantas cosas se parecen a los fanáticos de la extrema derecha, los defensores de la arcadia feliz catalana una vez el Principado se haya independizado de España y un montón de pequeñoburgueses desnortados que sueñan con una revolución que no les impida irse de copas los fines de semana y de vacaciones en verano, además de un puñado de intelectuales decrépitos que se han creído la famosa leyenda negra sobre España contada maliciosamente por ingleses y franceses y artistas progres apolillados, el denominado “régimen del 78” no es más que la continuación del franquismo sin Franco. O con Franco, que sigue vivo pero no sabemos exactamente dónde se esconde.

En honor a la verdad, he de decir que se ha unido a este coro gozoso de antifranquistas del año 2017 un sinfín de personajes de lo que queda de la derecha rancia e intransigente, incrustados sobre todo en patéticos círculos mediáticos madrileños que se pasan la vida despotricando contra la actual democracia, la monarquía parlamentaria, Mariano Rajoy y el PP, Ciudadanos, el PSOE y todo aquél que no concuerde con sus monsergas pasadas de rosca. Para estos apóstoles de la verdad revelada, España es un pobre país en manos de mangantes, corruptos y sinvergüenzas. El discurso incendiario de la derecha rancia y la ultraizquierda revanchista crea mucha intranquilidad en la sociedad. Fuera de nuestras fronteras, lo que es aún más lamentable es que algunos círculos periodísticos e intelectuales vuelven a hablar de Franco y las dos España. ¡42 años después de la muerte del dictador! Es como si en España habláramos del mariscal Pétain para analizar los problemas de Francia en la actualidad.

Sería absurdo a estas alturas. ¿No? En este contexto, cada vez es más frecuente oír a algunos políticos izquierdistas y nacionalistas y tertulianos semianalfabetos decir que el franquismo ha vuelto, que Cataluña está sufriendo una represión como en los tiempos de la dictadura, que en España vuelve a haber presos políticos. Se desempolvan del baúl de los recuerdos dilemas como ruptura o reforma a la muerte de Franco -¿ha muerto o sigue vivo el dictador?- y el debate monarquía y república vuelve a cobrar fuerza en algunos círculos académicos; se publican libros que despotrican contra la Transición y medios de comunicación preocupados por la audiencia y el negocio y no por la calidad de la información y la opinión se hacen eco de las peores mamarrachadas. El asedio a la inteligencia es constante; el insulto al sentido común elemental, permanente. 

Los más jetas e iletrados del mundillo del antifranquismo sobrevenido, que en las tertulias de radio y televisión suelen ser los que más gritan, tienen a muchos españoles desconcertados. Es normal. Admito que es para estar desconcertado. La situación que vive España en este momento no es nada fácil. No solo por la crisis de Cataluña, sino también por los problemas políticos, institucionales, económicos y sociales. Ahora bien, creo que no es hora de lamentarse sino de pasar a la ofensiva intelectual y política. Los ciudadanos de a pie que amamos este país y deseamos lo mejor a sus ciudadanos, los españoles que hemos decidido que no vamos a tirar la toalla, porque nos sentimos legítimamente orgullosos de los grandes avances que ha vivido España en las últimas cuatro décadas, no podemos dejar la batalla de las ideas en manos de descerebrados y cantamañanas. Pasar a la ofensiva no significa ser agresivo o violento, sino simplemente superar los complejos de inferioridad frente a demagogos y manipuladores profesionales, y enfrentarnos dialécticamente con argumentos sólidos y contundentes a los que pintan la situación de nuestro país de color negro, porque viven de mitos negativos y confunden sus siniestras vidas con España. 

Pie de foto: Un cartel anunciando una huelga general estudiantil en Cataluña con los retratos de Franco, el Rey Felipe VI y el presidente Mariano Rajoy.

En nuestra vida de cada día, en foros y reuniones, tenemos que ser más inteligentes y estar mejor preparados que nuestros adversarios, los de la cáscara amarga que odian a España porque se odian a sí mismos. Tenemos que aportar argumentos de peso, vencerlos dialécticamente. Si somos perseverantes y nos preparamos adecuadamente, lo podremos conseguir. Muchos ciudadanos honrados y de buena fe que han sucumbido a los cantos de sirena engañosos del independentismo catalán y la ultraizquierda nacional podrían abrir los ojos si logramos convencerlos de que escogieron el camino equivocado para mejorar sus vidas. Los que creemos en España como proyecto democrático inclusivo, nación de ciudadanos libres e iguales y no como unidad de destino en lo universal o país de países y otras majaderías, los que sí sabemos que Franco murió hace 42 años y está enterrado en el Valle de los Caídos, los que podemos y sabemos hacer la diferencia entre la miseria y mediocridad de la España franquista y este país nuestro que tanto ha cambiado en tan poco tiempo, no debemos tirar la toalla en un momento tan delicado.

No podemos agachar la cabeza ante tanta confusión, y tenemos que hacer frente a los farsantes, charlatanes e impostores que crecen como hongos. Es hora de fortalecer nuestro compromiso cívico con el país, de aportar ideas constructivas, de impulsar la crítica inteligente desde la sociedad civil y obligar a nuestros políticos de la derecha, el centro y la izquierda, en las urnas y fuera de ellas, a que se pongan las pilas y lleven a cabo las grandes reformas que el país necesita.

España no está condenada a tropezar cada cuatro o cinco décadas con la misma piedra. El fatalismo puede y debe evitarse. Vivimos en un país plenamente democrático y desarrollado, en la cuarta economía de la Unión Europea (UE). Nuestra democracia es imperfecta, por supuesto, y nuestros políticos manifiestamente mejorables. De la misma forma que también lo son la educación, la sanidad y el conjunto de servicios públicos, las instituciones, la propia Constitución. Todo es perfectible en esta vida. Pero miremos de dónde venimos, de un pasado de conflictos, guerras civiles, pronunciamientos militares, tensiones y violencia. Y veamos hasta dónde hemos llegado. Hemos vivido la etapa de mayor prosperidad económica y social y estabilidad democrática de nuestra Historia en los últimos 40 años. Si nos lo proponemos como sociedad daremos nuevos y grandes saltos históricos. Muchos de nosotros sabemos que Franco murió hace muchos años y el franquismo es un recuerdo. Siniestro recuerdo para muchos de nosotros, que no nos hicimos antifranquistas a la muerte del dictador o en 2010. Sé que ahora se ha puesto de moda enturbiarlo todo, mezclar churras con merinas, confundir a la opinión pública.

Algunos, como ciertos políticos profesionales y sus soportes mediáticos lo hacen a conciencia. Otros, sobre todo los ciudadanos más jóvenes y desinformados que han tenido que aguantar una educación pública mediocre, no saben simplemente de lo que hablan cuando comparan la España democrática y avanzada de 2017 con la España atrasada y autoritaria del franquismo. Seamos comprensivos con los jóvenes y ayudémosles a superar sus lagunas y fortalecer su intelecto. La mayoría son inteligentes y se lo merecen. También están los necios que hablan y hablan y hablan para no decir nada y para ver en Rajoy y los actuales dirigentes del PP a émulos del franquismo y a Albert Rivera como una suerte de reencarnación de José Antonio Primo de Rivera. Poco se puede hacer contra los necios.

Que sigan pensando que Franco no ha muerto, que curas y militares mandan en España y que la Policía actúa exactamente igual que en tiempos del dictador. Toda sociedad necesita de bufones, aunque muchas veces éstos ni siquiera sean graciosos. Los que no han renunciado a ser ciudadanos, es decir sujetos de su propio destino, seres pensantes y autónomos que no quieren ser masa, gente, muchedumbre, pueblo, tendrán que seguir utilizando el cerebro y pensar, pensar mucho sobre qué tipo de país desean. Y ahora que se ha puesto tan de moda en Cataluña lo de dialogar, no tendrán que olvidar que como dijo Platón: “Pensar es el diálogo del alma consigo misma”.