Carlos Penedo. Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.

Pie de foto: El Roto en El País 21-09-2017

Con esto de los golpes de Estado que tanto se mencionan últimamente sucede como con los genocidios, que cuando ocurren no los vemos y cuando se utiliza el término resulta exagerado; no los hemos visto o querido ver en Egipto anteayer o Argelia años atrás, el de Franco fue una anécdota, repiten los revisionistas; y el genocidio tiene una dimensión que escasea.

Buscamos palabras grandilocuentes para nombrar lo que nos parece tremendo y no acabamos de entender o explicarnos.

Sí se ajusta a un proceso revolucionario lo de tumbar una legalidad para sustituirla por otra, pero revolución es otra palabra campanuda que además se impulsa por los que no tienen el poder y quieren derribar al que lo maneja, y esto tampoco sucede por estas tierras hispanas, quienes lanzan el órdago lo hacen desde instituciones y posiciones de poder, no desde el monte.

Algún sociólogo ha argumentado con rigor que a partir de un cierto nivel de renta no se producen guerras civiles. Podría ser un ejercicio interesante calcular con datos el PIB per cápita máximo registrado por la historia en un proceso de secesión, y ahí habría que analizar Yugoslavia, Checoslovaquia y algún otro, a años luz de la Europa del euro.

Utilizando etiquetas equivocadas para identificar procesos novedosos, aunque cubiertos con las viejas ropas del nacionalismo, también encontramos la figura del "frente de liberación nacional", presente en cualquier proceso independentista que se precie.

En este caso no hay dos bandos monolíticos, a los independentistas les faltan apoyos, buena parte de la población no se excita con ninguna bandera y da cierto pudor comparar procesos de liberación colonial con la Cataluña de 2017. El frente por antonomasia de este tipo es el FLN argelino, tras 130 años de ocupación colonial y una guerra de liberación de ocho años, tampoco resiste la comparación.

Se dice que es imposible entender EEUU sin bucear por el esclavismo y añado que mal se entiende medio planeta sin conocer por encima el colonialismo.

Oímos que esto ya no es un debate sobre la independencia, sino sobre la democracia.

Aquí aparece la lucha por los derechos civiles en EEUU y menciones a la mujer negra llamada Rosa Parks que cuestionó el racismo de Alabama en los cincuenta. En este caso únicamente podemos imaginar a Marta Ferrusola en el autobús echando a todos los no catalanes de pura cepa y tomando el volante enloquecida como una Sandra Bullock del independentismo camino del Principado de Andorra.

Una enseñanza valiosa de los frentes de liberación es que se unen fuerzas variopintas para derribar al tirano, muy variopintas, pero luego tras la caída se impone una de ellas, como ocurrió en el Irán del shah, entre muchos lo tumbaron, pero luego los barbudos eliminaron al resto.

Acercando la lección, en una poco probable Cataluña independiente podría gobernar la derecha más rancia, la izquierda más social, el anarquismo, pero en ningún sitio está escrito que fuera a manar leche de los grifos o que la sanidad de Cataluña vaya a recibir 350 millones de libras adicionales a la semana, no parece creíble.

El conflicto ya está en la calle y descontrolado; y alguna relación con lo anterior tienen responsables políticos irresponsables, que no la política, sería como culpar al cristianismo de la actuación de los curas pederastas.

Lo que sí que hay que reconocer a los independentistas catalanes es que han conseguido elaborar un proyecto emocional e ilusionante, por disparatado o irreal que resulte, una misión colectiva que hace olvidar la indefensión ante la crisis, la desigualdad, la corrupción, la globalización y los líos de la diversidad; la alternativa que se ofrece es el techo de gasto de Montoro y el proyecto de alcanzar en breve 20 millones de empleos precarios.

Proyecto emocional e ilusionante que en Cataluña toma forma de nacionalismo algo rancio, pero que resulta más cercano al voto de protesta del Bréxit y al triunfo de Trump que a Sabino Arana.

Último consejo: la Liga de Fútbol Profesional, la de Villar encarcelado, acaba de multar al Celta por no llenar de gente la grada que se ve en televisión, por no colocar a sus socios en el tiro de cámara.

La historia no sólo la escriben los vencedores, ahora hay que ir retransmitiéndola sobre la marcha, y con señal de televisión en streaming.

En estos momentos en que a la familia mexicana se le está moviendo físicamente el suelo, traigamos para desengrasar a Jaime García Terrés, que dejó escrito:

Yo no sé muchos nombres de volcanes o selvas;

esta parte del mundo para mí representa

unas doscientas almas (digo

doscientas por decir) que miran a lo lejos

de distinta manera cada una

con cierto dejo de común azoramiento.

Cuenta la leyenda que el Fondo de Cultura Económica, grupo editorial que dirigió este intelectual mexicano, iba a llamarse originalmente Fondo de Cultura Ecuménica, y una errata por el camino cambió la universalidad por las finanzas, al menos en el nombre, lo que no es mala metáfora que explica la mitad de lo que nos ocurre.