José María Peredo Pombo.  Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón 

 “Queremos ser una alternativa positiva al despotismo político y religioso”. Esto dice, tarde, mal y nunca, la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump. Porque parece como que le cuesta reconocer al departamento de Defensa de Estados Unidos que éste es el argumento que puede hacer entender a la sociedad norteamericana y a la internacional, la necesidad de modernizar e incrementar el armamento convencional para estar preparados ante conflictos de larga duración; el nuclear para frenar la proliferación y garantizar la supremacía; las fuerzas de intervención rápida para actuar sobre el terreno contra bandas terroristas y grupos criminales; el gasto de los aliados para complementar las carencias de una defensa global y la ciber defensa para actuar en el nuevo espacio permeable y amenazador de la red.

Es decir, modernizar y aumentar el gasto en todas las áreas de la defensa tradicional. Aunque instando a los aliados a que sigan el rumbo de Washington, en la defensa geopolítica global de los intereses americanos y de manera muy especial en el ciber espacio donde el territorio, los ciudadanos y las instituciones del estado son vulnerables.

De manera mucho más clara, por el contrario, el Departamento de Defensa del gobierno Trump explica que los intereses americanos están amenazados por la rivalidad de potencias revisionistas, China y Rusia, y por los estados canallas Irán y Corea del Norte. Rivales de diferente magnitud porque unos compiten mientras otros desafían. Porque con unos hay que llegar a acuerdos, con las potencias.

Acuerdos en diferentes ámbitos aunque siempre, y más a partir de ahora, desde una posición de fuerza. El documento estratégico reconoce que, en este momento, el contexto geopolítico es competitivo. El mundo no se encuentra en estado de guerra ni tampoco de paz. Se mueve en una dinámica, nueva y creciente, de rivalidad en constante competición en mercados, redes, conflictos y alianzas internacionales. En un “big game” global. Para fortalecerse ante esa dinámica, Estados Unidos apuesta no sólo por la fuerza sino por el liderazgo frente a la innovación tecnología, la supremacía energética, ahora también como productor y exportador, y por una estrategia de respuesta a las agresiones cibernéticas.

Los ciberataques son un tema central en el conflicto moderno, dicen los administradores norteamericanos y quienes les asesoran. Como lo son, gracias a esas armas digitales y a la propia permeabilidad de las fronteras, los grupos terroristas y las bandas criminales y de narcotraficantes. Organizaciones criminales transnacionales que atraviesan estados débiles y redes sociales para establecer bases, mercados on line y cuentas encriptadas, inaccesibles para los servicios de seguridad.

La globalización ha fortalecido a las grandes potencias, pero también a los criminales que trabajan para destruir en su propio beneficio o en beneficio de quién les paga. La conciencia sobre la seguridad es también responsabilidad del ciudadano que huye del despotismo y del crimen.