Anwar Zibaoui

Pie de foto: Bagdad ha derrotado al Daesh, pero queda un largo camino para resolver sus frentes políticos y económicos

Con las elecciones parlamentarias celebradas este mes de mayo, la política iraquí sigue dividida en líneas sectarias, con políticos chiís en las principales posiciones del poder, y muchos sunís que han boicoteado las elecciones por permanecer marginados. El futuro de la región autónoma del Kurdistán sigue sin resolverse.

Los resultados electorales demostraron una creciente sensación de identidad iraquí. Irán, jugador importante junto a EEUU en el tablero iraquí, presionada por la reciente retirada de la Administración Trump del acuerdo nuclear, se enfrenta a un importante triunfo del clérigo chií Al Sadr, un opositor a su influencia en el país, que venció a sus aliados logrando una sorprendente victoria. Si Teherán exagerara su posición presionando a Sadr, correría el riesgo de perder influencia provocando un conflicto entre chiís leales y opositores.

Irak ha pagado un enorme peaje por la guerra contra el Estado Islámico: su economía, infraestructuras y sobre todo su población. Ha sufrido dramáticamente 38 años de guerras, embargos y terror. Ahora es vital avanzar en la reconstrucción para evitar que resurja la violencia, ya que los problemas económicos y sociales crean conflictos sectarios, que generan un vacío que pueden volver a rellenar los extremistas.

2,5 millones de desplazados

El país se enfrenta a duras condiciones. La población de uno de los principales productores de petróleo del mundo es pobre, hay una creciente recesión y fuga de divisas, y también aumenta de forma preocupante el número de jóvenes desempleados. Por otro lado, hay 2,5 millones de iraquís desplazados que deben regresar, y necesitan trabajo y poder confiar en las autoridades. Tambien hay un déficit de cuatro millones de viviendas. Por otro lado, el país mantiene la presión del terrorismo lo que hace aumentar los costes en seguridad. Es preciso reconstruir las zonas liberadas y las infraestructuras de petróleo y energía, dar un impulso a los sectores productivos, hoy casi inexistentes. Y restaurar la relación con el Kurdistán y las minorías.

Todo son incentivos para iniciar un proceso integral de reforma y desarrollo, con la ayuda internacional y del sector privado. Las necesidades de reconstrucción ascenderán a unos 80.000 millones de dólares. El acceso a estos fondos dependerá de la confianza que ofrezcan las autoridades ante la falta transparencia y el aumento de la corrupción.

Lo que Irak necesita para gestionar con éxito el posconflicto es independencia en sus decisiones nacionales, una buena vecindad con todo su entorno, luchar contra el terrorismo y la corrupción, mejorar el bienestar de su gente, y acomodar a las minorías. Estos son los puntos de convergencia para una nueva mayoría gubernamental inclusiva y responsable.

Bagdad ha conseguido una gran victoria contra el Daesh pero queda un largo camino para resolver los inseparables frentes políticos y económicos. Sin reconstrucción ni reconciliación, sería el equivalente a ganar la guerra y perder la paz.