José María Chiquillo. Diputado del Partido Popular por Valencia/The Diplomat

Pie de foto: El rey Felipe VI con el presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbayev, en la Expo de Astana. Foto: Casa Real.

El abogado de Puigdemont como forma de atacar a España la comparó hace unos días a Kazajistán en tono peyorativo y despectivo como país delincuente, léxico éste más bien propio de la guerra fría, y que, según los parámetros internacionales, por ejemplo, de la ONU, estarían lejos de la realidad; y que además de maledicente parece una afirmación hecha muy a la ligera.

Desde su difícil independencia en 1991, los kazajos no han parado de progresar en todos los ámbitos. Por supuesto, como en todo país, ha habido obstáculos, pero la evolución general de la antigua república soviética es, en términos generales, más bien positiva. Ha crecido en población, el PIB per cápita se ha multiplicado por veinte, su economía se ha diversificado, ya no hay un partido único y la oposición política va teniendo su espacio y su audiencia, se ha abierto a las inversiones extranjeras ofreciendo muchas facilidades (incluso a empresas españolas), las escuelas han mejorado sensiblemente; ha presidido la OSCE (2010), la Organización para la Cooperación Islámica (2011), la Organización de Cooperación de Shanghái (2011) y ha sido miembro no permanente del Consejo de Seguridad ONU (2017-2018), sus iniciativas para fomentar la paz y la confianza mutua regional son conocidas,… y así se podría continuar con una larga lista.

A lo largo de estos años, el presidente Nazarbáyev tuvo la inteligencia de establecer una serie de estrategias en las que primaba el principio “la economía primero, la política después”, de manera que Kazajistán pasó de ser un país comunista e economía planificada a ser en 2015 un estado miembro de la Organización Mundial del Comercio. Allí el índice de paro es realmente bajo (en 2017 no llegaba al 5%) y no hay más que ver el esplendor de su capital –Astana— y el desarrollo de su antigua capital y centro de negocios –Almaty—.

Si hablamos de su modelo social, tanto en la Estrategia 2030 como en la Estrategia 2050 se puede ver cómo busca preservar una sociedad en la que, siendo la mayoría musulmanes, ninguna religión se imponga sobre las demás y el Estado se mantenga neutral frente al hecho religioso, eso sí velando por proteger a los que componen las más de 40 minorías religiosas del país. A comienzos de 2018 ha impulsado una ambiciosa agenda social, donde el acceso a la vivienda, planes de estudios y becas, impulso políticas de formación para jóvenes, medidas para fomentar al trabajador autónomo y emprendedor y PYMES, acceso a la energía y apoyo al mundo rural son los pilares básicos para implantar una sociedad de bienestar avanzada.

Y hablando de nacionalidades, Puigdemont debería saber que Kazajistán protege por ley la supervivencia de las más de cien grupos étnicos diferentes. El idioma kazajo ha ido desplazando al ruso, pero aun así es posible ver periódicos impresos en cualquiera de los idiomas de estas minorías nacionales (llevadas allí, en su mayoría, durante la época de las famosas purgas y deportaciones de Stalin).

Gracias a su experiencia conciliadora, ha podido acoger como sede las conversaciones de paz sobre Ucrania (2014-2015) y sobre Siria, además de servir como punto de encuentro entre las delegaciones rusa y turca para normalizar sus relaciones (2015-2016), ha sido reconocido como ejemplo modélico de apuesta por la desnuclearización e impulso a la no proliferación de armas nucleares ante la Comunidad Internacional.

Las excelentes relaciones de Kazajistán con nuestro país se deben, en buena medida, a la gran afinidad personal entre Nazarbáyev y Don Juan Carlos I, desde los primeros momentos de independencia se fraguó una amistad personal que ha venido acompañada de gestos y acuerdos entre ambos países que ha puesto a España en un lugar privilegiado de la cooperación económica, cultural, universitaria, comercial, etc entre aquel país y Europa.

La visita de Don Felipe VI a la EXPO 2017 realizada en Astana sobre la energía del futuro también supuso un hito importante en la historia de las relaciones entre ambos países. Aunque los empresarios españoles prefieren otros mercados más “cómodos” tradicionalmente para nosotros (por idioma, afinidad cultural, por tradición, por distancia geográfica), algunos pioneros ya han abierto una senda que ha probado ser mutuamente beneficiosa para las dos partes.

Por supuesto, como en cualquier país, hay cosas que se pueden mejorar e incluso ha habido grandes escándalos de corrupción. Pero parece más eficaz ayudar a las naciones que desean avanzar en democracia, respeto a los Derechos Humanos y consolidación de un Estado de Derecho, alabando sus logros y cooperar en su progreso, que insultarles llamándoles “país delincuente”. Como firme defensor de la Diplomacia Parlamentaria entiendo que siempre hay que poner en valor los avances de un país en su objetivo de cumplir los estándares democráticos que recurrir a la crítica puntual de aquello que sin duda puede y debe ser mejorado en una sociedad democrática avanzada.

Esta actitud hostil e insultante defendida por el líder huido del independentismo catalán contra Kazajistán contrasta con su silencio cómplice respecto a Venezuela, país donde la vulneración de los Derechos Humanos es manifiesta y donde día a día se consolida una verdadera Dictadura; recuerdo a nuestro querido lector que Venezuela fue uno de los escasos países de la Comunidad Internacional que apoyó el proceso de ruptura independentista promovido por el huido Puigdemont.

Por cierto, hay una cosa en la que sí se parecen España y Kazajistán: ambos buscan extraditar a algo más que presuntos delincuentes que se refugian en países europeos y encuentran poca colaboración por su parte para hacerles rendir cuentas ante la Justicia; Kazajistán tiene su Ablyazov y España tiene su Puigdemont.