Pedro Canales

El levantamiento popular pacífico en Argelia, que se ha llevado por delante a un jefe de Estado atornillado al sillón presidencial durante dos decenios, a cuatro partidos dóciles al poder, a doce oligarcas enriquecidos a dedo por las arcas públicas, y ha dejado frente a frente al Ejército y el pueblo cara al futuro inmediato, ¿puede alterar el juego estratégico entre las grandes potencias y en consecuencia romper la actual ecuación geopolítica en el norte de África? 

En un momento en el que la nueva guerra fría multipolarizada está afectando el escenario internacional, los acontecimientos en Argelia han irrumpido inesperadamente para crear una gran incertidumbre en la región mediterránea y africana. 

¿Hacia un nuevo equilibrio mundial?

Venezuela y Rusia están firmando en Moscú un nuevo Tratado de asistencia militar entre los dos países. El Kremlin completa de este modo un plan de extensión militar en todos los continentes, tras los similares acuerdos firmados con Siria, Irán y China. Por primera vez en su historia, Rusia se plantea tener bases navales en los ocho mares que rodean el país; a excepción del Atlántico, el Caribe y el Pacífico sur, Rusia ya estaba presente con sus flotas en todos los mares. Ahora con el Tratado firmado con Venezuela, completará su despliegue. El interrogante que se plantea es el siguiente: la nueva realidad sociopolítica que se está gestando en Argelia, ¿afectará este mapa estratégico internacional? 

El régimen argelino encarnado por Abdelaziz Buteflika y el partido Frente de Liberación Nacional (FLN) ha sido históricamente un aliado militar de Rusia, pero al mismo tiempo un socio comercial privilegiado de Occidente (Europa y Estados Unidos) a quienes exportaba su principal riqueza, los hidrocarburos. 

La revolución política que supone la defenestración de Buteflika y de los “partidos presidenciales” y la formación de un nuevo poder político, cuyo alcance y composición aun está por definir, con partidos surgidos de la movilización popular y figuras relevantes del mundo democrático, no va a afectar las alianzas de Argelia con Occidente en lo político y comercial, y con Rusia en lo militar. En la ecuación estratégica africano-mediterránea, Argel seguirá jugando el mismo papel. 

El escenario regional 

Sin embargo, lo que sí es previsible que afecte es en la situación geopolítica regional. Los grandes desafíos económicos a los que va a tener que hacer frente el nuevo régimen, el proceso de democratización y de construcción de un Estado de derecho, las reivindicaciones sociales de los millones de argelinos que se han echado a las calles durante seis semanas obligarán al nuevo poder a reducir su intervencionismo exterior, particularmente en África, y buscar posiciones de entendimiento con sus vecinos del Magreb. Es muy probable que la tensión existente entre Argelia y Marruecos, con el conflicto del Sahara Occidental de por medio, disminuya ostensiblemente, y se llegue en breve plazo a la reapertura de fronteras, a un diálogo sostenido en todos los ámbitos y a una solución pragmática de la cuestión del Sahara, en beneficio de la población saharaui y de la seguridad regional. 

No ha pasado desapercibido para los observadores internacionales y para los militares argelinos, el que en ninguna manifestación popular de los cientos que han sido organizadas desde el 22 de febrero en todas las ciudades de Argelia no haya habido una sola bandera del Polisario. ¡Ninguna! En cambio, sí había banderas palestinas todos los días, e incluso una de Nueva Zelanda en solidaridad con el ataque terrorista del 15 de marzo. El pueblo argelino ha querido mostrar a sus dirigentes que el problema del Sahara debe resolverse con diálogo en base a la unidad de Marruecos y del Magreb, y no en la separación y formación de nuevas entidades estatales. Es la misma actitud que tiene con el “problema de la Cabilia”, región argelina con historia milenaria, y que algunos movimientos “independentistas” quieren desgajar. La unidad del pueblo y de la nación argelina se ha impuesto con la movilización de millones de ciudadanos. Eso no excluye, como en el caso del Sahara, una identidad cultural, lingüística y societal, que hay que preservar.

El Ejército argelino, uno de los más poderosos del continente africano, tiene interés en centrar su estrategia en jugar un papel relevante para garantizar la paz y seguridad en el Mediterráneo y en el norte de África, incluido el Sahel. La rivalidad entre los dos países del Magreb central no es producto de las personas que lo dirigen, en lo político y en lo militar, sino de las estructuras construidas a lo largo de decenios. El llamamiento hecho por el rey Mohamed VI el 7 de noviembre pasado a Argelia para establecer un mecanismo de diálogo bilateral, franco y sincero, “sin condiciones”, puede paradójicamente encontrar en estos momentos una respuesta apropiada por parte argelina. Eso sí, la última palabra la tiene el Ejército, que ha salido reforzado de esta crisis, y que, por su estructura e historia, seguirá jugando un papel político aún por un cierto tiempo.