Josean Villalabeitia/MundoNegro.es 

Alguien que me quiere bien –y que también conoce mis gustos– me regaló hace poco un libro, El emperador, del desaparecido periodista polaco Ryszard Kapuscinski; una interesante obra sobre Haile Selassie, el último emperador etíope. Leí la obra con fruición y disfruté de su literatura, aunque en ciertos momentos me entró la duda de si lo que ofrecía era una instantánea de la realidad o, más bien, un trabajado retrato al óleo del personaje; de si el periodismo no se habría vuelto, por momentos, pura ficción.

Conocía a Kapuscinski de haber leído ­Ébano, su célebre libro sobre África, y tenía una excelente opinión sobre él. Ahora, empujado por mis dudas, he buceado un poco en Internet y veo que, al parecer, no es oro todo lo que reluce en su brillante pluma de reportero. Y no es que en las crónicas periodísticas persigamos la verdad desnuda, que tal hazaña, entre personas, suena a inalcanzable utopía. Pero sí aspiramos a encontrar gente honesta que nos cuente lo que ha visto, sencillamente, sin aderezarlo con especias que lo acomoden a nuestro gusto, para que traguemos mejor.

Estas sospechas en relación con la obra de Kapuscinski tienen que ver con lo que ahora llaman posverdad, esa manera de presentar la realidad en la que los hechos objetivos pierden valor en favor de las emociones y creencias del que los cuenta y, sobre todo, de quien los va a leer. Emocionar a tu lector, agitar su mundo interior, conseguir que quede impresionado, conmovido, esa es la clave –fantástico–, aunque para ello tengamos que retorcer un poco los hechos, ocultar algunos detalles significativos, exagerar otros y hasta hacer que aparezcan en escena situaciones que podrían haber estado allí pero que, de hecho, no estaban –reprobable–. Posverdad lo llaman ahora, ¿y por qué no manipulación o, directamente, fraude?

Tal vez esta moda reciente de la posverdad explique por qué, al informarme sobre asuntos africanos, sienta tantas veces la sensación de que lo que se me traslada no es el África que conozco. Que no es toda, por supuesto; pero ya es casualidad que casi nunca coincidamos…

Sucede como si esos comunicadores observasen la realidad a través de potentes filtros reductores. El más repetido es el de la miseria que presenta, por ejemplo, a los africanos como gente que se muere de hambre en lugares mugrientos que jamás se nos ocurriría visitar, rodeada de mocosos medio desnudos que pululan por todas partes. Para mayor exotismo pueden añadirse asimismo rituales extraños, pócimas misteriosas y frenéticas danzas al ritmo del tamtam. Más que regla habitual, esa estampa africana típica es una excepción; pero esto es lo de menos. Lo importante es atraer al comprador, y para ello hay que apelar a sus emociones.

Posverdad, manipulación interesada o como queramos llamarla. Porque, con frecuencia, esa imagen desastrada de África resulta imprescindible para obtener buenos resultados. Económicos, se entiende. Pero también esto se da en otros ámbitos menos sospechosos de urdir tan malignas tramas, por supuesto. Porque, en ocasiones, ONG, periodistas y publicistas se alían para promocionar una causa y la objetividad pasa entonces a ser un criterio más, entre otros no siempre accesorios. Mucho más eficaz que un anuncio publicitario puede resultar un reportaje, sin duda, con impecable aire profesional, que parezca informar con rigor y responsabilidad. Pero claro, para que impacte como se desea es preciso guiar un poco la pluma, sugerir imágenes apropiadas, no elegir a cualquier testigo…

O en nuestros propios proyectos misioneros. “Esta chabola está demasiado limpia; no nos interesa; necesitamos algo mucho más pobre”, confesaba decepcionado el fotógrafo de una ONG a un religioso africano que lo acompañaba por un poblado. “Si el precio de vuestro dinero es tratarnos como pretendes, preferimos que no nos ayudéis”, le respondió mi hermano. Con suprema dignidad.