José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

La esencia del liberalismo fue desde su origen la igualdad ante la ley y la libertad individual. No importa demasiado cuál de los dos principios tiene más protagonismo en la filosofía política liberal porque el ser libre y por ello igual ante la ley, como el resto de ciudadanos libres, o el ser igual ante la ley y, precisamente por ello, libre, son cuestiones idénticas desde las revoluciones ilustradas. El enemigo del liberalismo en aquellas reflexiones y procesos históricos, herederos de la razón, el humanismo cristiano y del parlamentarismo inglés, era el Absolutismo: intolerante poder conservador de privilegios pestilentes y creencias reumáticas. De aquel tiempo a esta parte, la doctrina liberal se ha granjeado innumerables enemigos.

Políticamente, el fascismo y el comunismo coincidieron en reconocer al liberalismo como una filosofía aburguesada defensora del capital. Económicamente el mercantilismo y el proteccionismo reforzaron las barreras y las instituciones para frenar el dinamismo financiero y comercial del liberalismo. Culturalmente el nacionalismo y el nihilismo se construyeron en torno a los símbolos de la superioridad y a los síntomas de la angustia, deslegitimando a los principios liberales por pragmatistas e inocuos.

El sentido liberal de las constituciones democráticas ha sido paulatinamente pulido por las ideologías sociales y neo confesionales para evitar que el éxito de la democracia, de producirse, no estuviera asociado a otra creencia que no proceda de la incontestable veracidad de sus fuentes. Y los populismos en la actualidad, herederos de la historia antiliberal en Europa, identifican a la Unión Europea como un execrable proyecto de financieros y burócratas anti sociales y anti nacionales cuyo avance será un exponente del expolio y del vacío democrático que el bienestar, liberal, ha provocado en la sociedad.

En Estados Unidos no hay un partido liberal porque los dos grandes partidos han asumido tales principios como esenciales. La Constitución y la cultura política se han fundamentado durante más de dos siglos en la filosofía y en la pragmática del liberalismo. Los republicanos son liberalconservadores porque no conciben unas instituciones que atenten contra la libertad individual y la tolerancia. Y los demócratas son liberales y sociales porque en su esencia está la defensa de las minorías, la lucha contra la discriminación y la diversidad como expresión del reconocimiento de la igualdad. Por tanto, el bipartidismo en Estados Unidos es una garantía del progreso liberal, aunque las fuerzas antisistema y los intereses particulares, provocados por la crisis, hayan aupado en 2016 a la Presidencia a un débil exponente de esta doctrina, como hasta el momento está siendo Donald Trump.

Pero en España el bipartidismo, o mejor dicho el bipartidismo imperfecto que ha compartido el poder con los nacionalismos y las ideologías alternativas minoritarias, no ha sido capaz de construir una sociedad lo suficientemente igualitaria, ni con capacidad para integrar y aprovechar el enorme potencial de talento generado durante estos largos años de desarrollo democrático. El liberalismo aparece hoy en nuestro país como un bien imprescindible para abordar el futuro desde la reforma política, el europeísmo, el respeto al avance de los derechos sociales y la reducción del tamaño del aparato público.

Con una fuerza política centrada, identificable por la opinión pública, flexible y abierta al acuerdo y firme contra las alteraciones del orden constitucional y respetuoso con los sentimientos autonomistas. Esa fuerza está hoy en manos de tres opciones políticas: un partido socialista reforzado en sus planteamientos socialdemócratas; un partido popular renovado que mantenga la moderación y aleje a los fantasmas del pasado; y un tercer partido, Ciudadanos, necesario para consolidar el cambio desde un liberalismo social y moderno.