Víctor Arribas

Pie de foto: El primer ministro de Holanda, Mark Rutte,  y el ministro de Justicia y Seguridad, Ferdinand Grapperhaus.

La policía holandesa y los medios de comunicación de todo el mundo han estado horas y horas, un día entero, debatiéndose sobre la forma de denominar lo ocurrido en la plaza 24 de octubre de Utrecht. Un individuo radical de nacionalidad turca había entrado en el interior de un tranvía en la coqueta ciudad situada a orillas del Rin, y había disparado indiscriminadamente contra los viajeros, causando la muerte a tres personas y heridas a cinco, tres de las cuales permanecen en estado grave.

Dado que no se había podido establecer vínculo alguno con claridad entre Gökmen Tanis y el yihadismo, las reservas a la hora de difundir la información les obligaban a no calificar lo ocurrido como acto terrorista, ni siquiera como atentado. No es la primera vez que ocurre con acciones violentas idénticas: en Francia, en Reino Unido, en Bélgica e incluso en España, sólo se empieza a hablar de terrorismo si con total nitidez puede vincularse al autor o autores con los grupos criminales que han reivindicado las peores matanzas en Occidente de los últimos veinte años. 

La intención es no dar la imagen de ir demasiado lejos al ponerle nombre a un suceso claramente terrorista, que lo es aunque no fuera originado por causas religiosas ni perpetrado por islamista radical alguno. Un individuo que entra en un tranvía y dispara causando tres muertos es un terrorista, aunque su actuación fuera motivada por razones sentimentales, familiares o por enajenación mental.

Sembró el terror en un lugar público, y eso es terrorismo con todas las letras. Es claramente un atentado, pero se emplean las palabras “ataque”, “suceso”, “tiroteo” (como si las víctimas intercambiaran disparos con el asesino), rodeos semánticos que parecen demostrar la obsesión de que no se culpe a una determinada creencia de que ocurran cosas así. Algún diario en España habla hoy de “posible atentado”, otro elige cuidadosamente la palabra “ataque”, que vale para cualquier hipótesis. ¿Es que matar a tres desconocidos eligiéndolos al azar no es un atentado contra sus vidas, contra la vida y la normalidad de una ciudad pacífica?.

Cuando la investigación avance y determine las verdaderas causas por las que Tanis irrumpió en el tranvía matando a varias personas a su antojo, el acto cometido por el criminal seguirá siendo un atentado terrorista. Aunque no tenga nada que ver con la cruzada islamista radical de Daesh, o Al Qaeda, o cualquiera de sus grupos venidos a menos. 

Occidente demuestra una terrible confusión si no es capaz de calificar un acto terrorista como lo que es. Sólo se lanzó a definir con cierta claridad lo ocurrido en Utrecht el primer ministro Mark Rutte: “Ha sido un atentado en el corazón de nuestro país. Gente inocente arrancada de su entorno. Toda Holanda está con ellos”.Un espejismo sus declaraciones, porque su propio ministro de Justicia Ferdinand Grapperhaus dejaba escritas en el aire las dudas sempiternas y el temblor en el lenguaje: “Hemos hablado de atentado porque algo así no había ocurrido nunca aquí”.Como si la definición de atentado se diera a un hecho por haber o no ocurrido con anterioridad en un lugar del mundo.