Javier Fernández Arribas

Pie de foto: Felipe, rey de los Belgas

Para saber qué es o puede ser Bélgica, más allá del chocolate y la cerveza, y su ordenamiento jurídico, podemos mirar a su Rey Felipe, que no es Rey de Bélgica, sino Rey de los belgas.  ¿Por qué? Porque hay dos comunidades irredentas y muy difícilmente reconciliables que son los flamencos, con ansias independentistas, pero con escasos recursos y rendimiento de su trabajo, y los valones de origen francófono, que controlan los medios de producción más rentables. En cualquier caso, dos comunidades que deben entenderse pero que cuesta meses y meses un acuerdo de gobierno, con unas leyes absurdas para garantizar no se sabe qué represión, utilizadas por criminales, terroristas de ETA, terroristas del Daesh, traficantes de armas y otros delincuentes independentistas para evitar la acción de una verdadera justicia. La legislación belga, tan absurda como anacrónica, quedó en evidencia por los atentados del Daesh contra el aeropuerto de Bruselas y una estación del metro.

Los terroristas, detectados en el barrio de Molenbeck, no pudieron ser detenidos porque la ley no permite a la Policía entrar en un domicilio particular entre las 9 de la noche y las 6 de la mañana. Desde entonces, intentar hacer las reformas adecuadas para estar a la altura de los países europeos que sufren una amenaza terrorista de gran trascendencia como, por desgracia, se ha demostrado a lo largo de los últimos meses. Podemos hacer un inciso y no comparar a un político independentista catalán con un presunto terrorista, aunque haya causado un enorme daño en la convivencia de sus vecinos, engañados a miles de ellos con premisas totalmente falsas a sabiendas, destrozado la economía catalana que puede entrar en una fuerte depresión por la huida de Cataluña de casi 2.000 empresas y haber causado una inestabilidad que ha afectado negativamente a millones de españoles y de europeos.

Nadie debe esconder su responsabilidad porque la trascendencia de sus actuaciones es notablemente negativa para un elevado número de ciudadanos e instituciones. Los belgas se han apresurado a desmarcarse de la visita de Puigdemont y sus antiguos colaboradores, dos del Pdcat y tres de Esquerra. Si el circo no fuera algo tan serio y relevante que entretiene con lúcidos argumentos a los niños, podríamos calificar de un circo lamentable lo que hacen los independentistas. Pero es algo mucho más serio y dañino que exige un castigo ejemplar por parte de la Democracia y el Estado de Derecho.