Pedro Canales

Los gobiernos de Rabat y de Túnez siguen con mucha atención y preocupación el desarrollo de la crisis en Argelia que enfrenta por tercera semana consecutiva la población que se manifiesta unánime en todo el país exigiendo “el fin del sistema”, y el grupo de poder formado por un puñado de incondicionales en torno al octogenario presidente Abdelaziz Buteflika que acaba de anular por decreto inconstitucional las Elecciones previstas en abril, y pretende perpetuarse en el poder sine die.  

En las otras dos capitales del Magreb central, se ha dado la consigna de no interferir en el proceso argelino. Los ejecutivos presididos por el islamista Saad Edin El Othmani en Marruecos, y Yussef Chahed en Túnez, siguen las directrices que emanan de los respectivos jefes de Estado, el rey Mohamed VI y el laico Beji Caid Essebsi: “la erupción político-social en Argelia es un problema interno y debe ser resuelto por los argelinos sin ninguna interferencia exterior”. Tanto Rabat como Túnez coinciden en que el pueblo argelino es soberano.

Sin embargo, la posibilidad de un endurecimiento de la situación preocupa a los vecinos de Argelia. Y ello por varias razones. En primer lugar, cualquier radicalización de la inestabilidad en Argelia, provocaría inevitablemente problemas en las fronteras con sus vecinos por la posibilidad de un éxodo importante de poblaciones en busca de refugio, con los consiguientes problemas de seguridad causados por un incremento notable de las actividades de los grupos de delincuentes particularmente especializados en el trafico de drogas y en la inmigración ilegal. Un aumento del numero de argelinos queriendo entrar en los países vecinos, plantearía un serio problema de orden público, tanto más que muchas de las poblaciones fronterizas poseen lazos familiares a ambos lados de las lindes, en el este argelino de Constantina y Annaba con Túnez, y en el oeste argelino del oranesado con toda la región marroquí de Uxda. 

En segundo lugar se plantearía la necesidad de una mayor coordinación entre las Autoridades de los tres países, cosa que por el momento parece difícil, no sólo por el congelamiento de relaciones entre Argelia y Marruecos y la práctica hibernación de la Unión del Magreb Árabe, sino por la inestabilidad institucional que se está produciendo en Argelia y que priva a sus vecinos de interlocutores válidos. En ninguno de los casos, los gobiernos de Rabat y de Túnez estarían dispuestos a tener como interlocutores a los manifestantes que invaden las ciudades de todo el país o a los partidos de la oposición. Esto explica que tanto en Marruecos como en Túnez, los cuerpos y fuerzas de la seguridad del Estado, incluido las fuerzas militares, se encuentren en situación de alerta preventiva. 

En tercer lugar, “la revolución tranquila” que se está operando en Argelia, preocupa a sus vecinos, porque lo que se está constatando es una nueva forma de hacer política, una nueva expresión de la voluntad popular de arrancar e imponer las conquistas democráticas. Por el momento no se puede decir que las manifestaciones en Argelia estén creando “escuela”, pero sí que han mostrado un ejemplo de civismo, de unidad y de voluntad pacífica de romper con los viejos esquemas de estructura y práctica del poder patriarcal y gerontocrático. La diferencia sin embargo, con el proceso llevado a cabo en Túnez con la “revolución del jazmín” y en Marruecos con la nueva Constitución de 2011 y el cambio generacional operado por el régimen de Rabat, es que Argelia no ha cambiado de líderes y de forma de ejercer el poder desde hace más de medio siglo.

Tanto en Túnez como en Marruecos, cientos de cuadros jóvenes han emergido en estos años y ocupan altas funciones en el gobierno y la administración, incluida la presencia de antiguos presos políticos encarcelados durante el reinado de Hassan II en Marruecos y de Zine el Abidine Benali en Túnez. No es el caso de Argelia donde la burocracia política y estatal, sigue dominada por una casta de veteranos de la Guerra de liberación anticolonial y de funcionarios septuagenarios del ex partido único, el FLN. La inteligencia y creatividad del pueblo argelino es haber encontrado una forma pacífica y festiva de exigir que ya es hora de cambiar.