Javier Fernández Arribas

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y cayó el bloque comunista nos ilusionamos con un Nuevo Orden Mundial. Nos aseguraron que se abría una nueva era por el fin de la Guerra Fría, de la carrera de armamentos convencionales y nucleares, de las guerras locales impulsadas por cada superpotencia para intentar imponer su supremacía política y económica y de las dictaduras e injusticias en muchos países del planeta. El mundo occidental incrementó su influencia internacional, pero sufrió importantes conflictos como el de los Balcanes y sufrió el ataque terrorista de Al Qaeda del 11-S contra Estados Unidos que provocó la guerra en Afganistán y la controvertida y mal justificada invasión de Irak.

Luego vinieron otros graves atentados terroristas en Madrid, Londres, Bali y otros lugares del mundo que trastocaron temporalmente el modo de vida por afectar a la seguridad de los aeropuertos e intentar provocar un gran enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. En paralelo, la economía mundial vivía momentos de abundancia hasta que el cambio de regulación en Estados Unidos que había posibilitado las hipotecas subprime y la concentración de grandes emporios en el sector financiero y de los seguros colapsó por su propia inconsistencia especulativa tras la caída de Lehman Brothers.

Buena parte del mundo ha sufrido durante demasiados años una de las mayores crisis económicas y financieras de la historia. Una situación que impuso las restricciones y la austeridad a ultranza para poder pagar las deudas y enjugar los déficits, el low cost como recurso para salir adelante ajustando al máximo los costes y la contratación a precio sin importar la calidad del producto ni los riesgos por las enormes carencias que conllevaban. La mentalidad de buena parte de empresarios y consumidores se ha debatido en un sálvese como se pueda y lo que importa es salir adelante para superar una crisis demoledora. Sin embargo, llega el momento en el que hay que revisarlo todo porque los conflictos amenazan la estabilidad internacional, el terrorismo atenaza a los ciudadanos, la economía no se recupera para crear empleo de calidad y muchas personas escuchan proclamas populistas inviables y tóxicas alimentadas por una corrupción intolerable.

Y en mitad de un mundo convulso, un ciberataque daña a millones de personas en muchos países, en muchos casos por ahorrar en seguridad informática. Toca cambiar la mentalidad, recuperar principios y valores, y dar prioridad a la calidad, la formación y el trabajo bien hecho.