F. Javier Blasco

Pie de foto: Estibadores en los palcos del Congreso tras no ser aceptada la Propuesta del Real Decreto que trataba de regular sus relaciones laborales en concordancia con la UE.

Tengo la sensación de que los europeos y mucho más los españoles nos conformamos con poco. Cualquier cosa que ocurra en la vida, el deporte o el trabajo, aunque no sea de concluyente resultado, es utilizada como si ya hubiéramos recuperado la normalidad; incluso, aunque todos sabemos que no es así, llegamos a reconfortarnos mediante el auto engaño.

Esto me recuerda a situaciones en las que cuando uno que está enfermo de cierta gravedad y que, aunque los análisis y el dictamen médico nos lo confirme, piensa que ya está bien, o por lo menos mucho mejor, por el mero hecho de que la fiebre haya bajado algunas décimas. O, siguiendo con el mismo símil, cuando un enfermo terminal siente una inusitada recuperación momentánea, que nos sorprende y alegra a todos, aunque esta, por desgracia, suele preceder a la muerte del paciente.

Llevamos años, pero sobre todo, los últimos meses denunciando los problemas a los que se enfrenta el mundo y fundamentalmente Europa. Problemas, que se han identificado como la consecuencia de la concurrencia de varios factores: la tremenda crisis económica que aún planea sobre nuestras cabezas y bolsillos, la pérdida de identidad social, política y cultural y la reaparición en fuerza de los populismos. 

En España hemos estado un año sin gobierno y repitiendo por dos veces el proceso electoral; nos libramos del tercero por la campana tras una serie de carambolas en él, entonces principal partido de la oposición, gracias a la destitución grotesca de su secretario General, tras haber tomado este una deriva contraria a los principios básicos de cualquier social democracia.

Algunos pensamos desde el mismo momento que esto se produjo, que sería algo así como pan para hoy y hambre para mañana por la inconsistencia, exigencia o tibieza de los pactos firmados o no, en los que había mucho afán de protagonismo por unos o con la pinza en la nariz en otros. Pero, la tenacidad y parsimonia del presidente elegido por los pelos nos hizo pensar y caer en el auto convencimiento de que la crisis política ya estaba superada.

Los dirigentes europeos se apresuraron a felicitarnos y felicitarse por el hecho de que España había superado sus trabas y estaría en disposición de integrarse en el pelotón de cabeza de Europa; pelotón, absolutamente necesario, para poder llevar a la práctica las importantes y, esta vez mas que necesarias, reformas para afrontar los graves problemas a los que Europa se enfrenta: superar las amenazas del propio Brexit; contrarrestar las acciones provenientes del otro lado del Atlántico; combatir y derrotar a los propios populismos de todo tipo y tendencia; apear o dulcificar a los incomodos socios europeos, que no hacen más que poner trabas a la marcha europea; determinar, de una vez por todas, las necesarias acciones en materia de políticas de seguridad y defensa; afrontar los problemas derivados de la millonaria inmigración y los refugiados que diariamente llaman a nuestras puertas o que permanecen en sus bases de partida a la espera de una propicia oportunidad para hacerlo y, por último, acabar de recuperar nuestra crisis económica, haciendo una Europa mucho más dinámica, justa y competitiva.

Problemas todos ellos de mucho calado y envergadura, que ciertamente, precisan de un grupo de países, fuerte, unido y decido a ello. A los que no les tiemble el pulso a la hora de poner en práctica duras y difíciles medidas que, muy posiblemente, solo con su planteamiento, supondrá dejarse muchos pelos en la gatera. Pelos, que solo se recuperarán si, tras cada uno de dichos gobiernos, existe una compacta mayoría propia o en coalición que sustente a cada uno en el planeamiento, desarrollo y aplicación de tales duras medidas.

Precisamente, todo esto hay que hacerlo deprisa y, a ser posible, a lo largo de este año 2017; año al que no muchos auguramos un futuro poco feliz cuando superamos la barrera del fin del año precedente en el que muchos de los enunciados problemas se forjaron o tomaron mucha más fuerza. Los designios del destino y la propia fatalidad de las cosas, sobre todo las graves, han hecho que este año coincida además con varios periodos electorales en la mayoría de los países que deben llevar a cabo dicha ingente, determinante e ingrata tarea.

El primero de estos ha tenido lugar en Holanda, donde los miedos por una posible y ajustada victoria de los populistas de ultra derecha no dejaban de llenarnos las cabezas de pesadillas y malos ratos. Por fin, conocido el resultado de dichas elecciones, este partido no ha vencido, si bien ha subido en votos y escaños. El que venía ostentando el gobierno ha mantenido su posición a costa de dos fenómenos que para muchos han pasado desapercibidos: una tremenda campaña del miedo acercándose mucho a métodos casi populistas y contraria a determinados apoyos a los refugiados y a sus habitantes procedentes de países musulmanes y la tremenda caída de la social democracia holandesa. Ahora, todo queda pendiente de grandes pactos y coaliciones, al menos a cuatro bandas; pero, casi todos lo dan por hecho en base a dos motivos: el miedo a los populismos y a la asentada y sana costumbre holandesa a los grandes pactos y coaliciones para formar gobiernos en los últimos tiempos.

Hace dos días que Europa soltó el contenido aliento tras conocerse el resultado de estas elecciones. Parece mentira que, lo sucedido en un país tan pequeño y que sale o influye muy poco en las negociaciones europeas, haya tenido tanta repercusión y calado. Creo que esto se debe al temor implantado en muchas mentes a que este país fuera el primer eslabón de una larga cadena, que, por efecto dominó, llevara al traste a Europa y a lo mucho conseguido por los europeos.

Debido a nuestra gran capacidad de adaptación y al afán de contentarnos con cualquier cosa, en pocas horas, hemos cambiado la cara. Ahora, tras un profundo respiro, ya estamos convencidos de que el fenómeno ocurrido en Holanda, se repetirá sin duda, en los otros países que aguardan comicios en pocos meses; Alemania, Francia y muy posiblemente Italia. 

Lo dicho, estamos convencidos de ello, aunque yo, pesimista por naturaleza, no lo estoy tanto, al menos en todos ellos. Porque, si al final, por los pelos y, tras ciertamente retorcidas alianzas, conseguimos que estos no lleguen al poder en Francia e Italia y muy posiblemente en Alemania, los populistas no solo seguirán estando presentes en nuestras vidas políticas, sino que en muchos casos, se afianzarán e incluso crecerán.

Seguirán allí con su tabarra y mantra impulsando cosas banales e intrascendentes como ocurre aquí en casa. Donde, sin implicarse en temas de referencia y urgencia, se dedican en llevar al Congreso asuntos “tan importantes” como: poner en cuestión la necesidad de una Europa Unida; desmilitarizar al Ejército, suprimir las misas en TVE; prohibir que se lo corten los rabos y orejas a los perros, pero no su castración; promover el incumplimiento de las normas europeas de obligado cumplimiento como en el tema de la estiba, en el que se renuncia a ello amparándose en la increíble protección de unos 6.000 privilegiados trabajadores aún a costa de fuertes sumas en multas; la defensa a ultranza de los separatismos y el favorecimiento de los okupas frente a los que tienen derecho a su propiedad privada.

Lo malo no estriba en estos grupos y sus fútiles propuestas; está en que aquellos otros llamados de la oposición que, al no formar parte voluntariamente del gobierno y, por su afán de protagonismo, revanchismo, egocentrismo, falta de principios e incluso, en grave incongruencia con sus respectivos programas electorales, se apuntan al carro y propuestas del populismo por temor a ser identificados con el centro derecha, a las reacciones en sus filas, por arañar un puñado de votos, satisfacer no sé qué tipo de agravios personales o, simplemente, por hacerle “la puñeta” al gobierno; sin darse cuenta, de que en realidad, se la están haciendo a ellos mismos y, lo que es más grave, al resto de los españoles.

El tema de la estiba es un fenómeno que hoy está en todos los medios formales y no tanto. Una inmensa mayoría de ellos coincide en denunciar que la política y postura adoptada por algunos partidos es totalmente incongruente y tremendamente pueril, no se apoya en nada coherente, es contra natura y solo significa que no piensan en lo que España precisa. Va contra los principios básicos de cualquier partido que aspire a formar gobierno, ennegrece la ya muy manchada imagen de España en el extranjero y tendrá muy graves repercusiones en la economía y el desarrollo de nuestro país.

Las empresas navieras, como toda empresa, solo buscan seguridad jurídica en sus negocios, la máxima rentabilidad y estar al pairo de lo que los movimientos sindicalistas decidan en cada momento. La competencia mercantil entre países es cada vez más fuerte, y más en este caso, dado que el negocio naviero es uno de los más rentables. España, gracias a su ubicación geoestratégica, cuenta con muchos, grandes y buenos puertos donde se reciben y exportan por vía marítima muchas de las mercancías nacionales y europeas al resto del mundo. Pero no en vano, debemos dejar de ser conscientes que estamos rodeados de otros que, a imagen y semejanza de nuestro esfuerzo, también han realizado fuertes inversiones para adaptar los suyos y esperan ávidos cualquier fallo en nuestro sistema para acoger con los brazos abiertos dicho negocio que es, a su vez, uno de los principales sustentos de nuestro PIB. Me refiero a Francia, Holanda, Reino Unido, Portugal y Marruecos. En todos ellos, esto que sigue ocurriendo en España, ya ha sido superado por iniciativa propia o en cumplimento de lo ordenado por la UE.

Como en todo negocio rentable, un cliente cuesta mucho tiempo y esfuerzo en hacerse y fidelizarse, pero se pierde mucho más fácilmente si, a igualdad de instalaciones y eficiencia, las condiciones económicas y de seguridad comercial no ofrecen garantías y las operaciones de estiba pueden ser más caras o sufrir retrasos al albur de los trabajadores. No pensemos, que igual que se van, volverán; no es así y, puede que una vez probado otro lugar, les convenza y guste tanto que sirvan de reclamo a otras compañías navieras, que de momento, se resisten a dar el salto.

Y, entonces ¿Qué haremos? Nos quedaremos con unas extensas e inmejorables instalaciones paradas o a muy bajo ritmo de operatividad; no por culpa de los trabajadores, sino por falta de actividad. Esos preciosos salarios, totalmente desproporcionados, dejarán de serlo porque no habrá quien los pueda pagar. No solo aumentará el paro, sino que nuestra actividad comercial y, por lo tanto, el PIB bajarán tremendamente.

No entiendo la inconsciencia de aquellos que votaron no o se abstuvieron en este tema y, mucho menos, sus declaraciones y justificaciones posteriores aferrándose a incongruentes conceptos o al increíble aserto de que la semana próxima se aprobará el Real Decreto. Para dicho viaje no hacían faltas tamañas alforjas ni tanta alharaca. Han dado una pésima imagen como partido político de futuro y, lo que es peor, se han dejado arrastrar por los populistas -cosa que viene siendo norma en otros casos recientes-. Dos graves errores, que sin duda, pagarán en las urnas y debo decir que me alegro de ello por ineptos, por su escasa visón de la jugada y por el daño que con dicha pueril postura están causando a España.

Espero y deseo que, al igual que les sucedió a los asesinos de Viriato cuando fueron en busca de la recompensa prometida por Marco Pompilio, el cónsul Escipión ordenó que fueran ejecutados al tiempo que les decía "Roma no paga traidores”, les ocurra electoralmente a estos egoístas y cortoplacistas partidos que, solo buscan cubrir sus temores personales, satisfacer determinados agravios o satisfacer su impetuosa tendencia a ser mucho más justicieros que la propia Justicia.

Debo decir, que no esperaba menos de los populistas, pero lo que no me podía creer es que les siguieran el juego aquellos partidos que se llaman de Estado, que creen en Europa, en el bien de todos los españoles y en el cumplimiento de lo ordenado en la Constitución española.  Hemos pasado por otras situaciones de retos por parte de privilegiados grupos laborales contra el Estado y, no recuerdo que nadie objetara las grandes y graves decisiones adoptadas por el gobierno de turno. ¡Qué poca memoria tenemos!

Por otro lado, no hay que olvidar o desdeñar que, posturas como estas pueden provocar la caída de los gobiernos (tarea a la que, según se ve, algunos partidos políticos dedican todo su esfuerzo y empeño) y así entorpecer la trastabillante puesta en marcha y aplicación de las importantes tareas que tenemos en frente, tanto en casa, como en la comunidad de vecinos. 

En definitiva, yo no me quedo tranquilo con que los populismos no ganen las próximas elecciones en Europa, sobre todo, si siguen con una fuerte y creciente representación en los parlamentos. Porque, a la vista de lo visto, las respectivas y necesarias coaliciones para formar o mantener los gobiernos resultantes pueden llegar a ser muy frágiles o fácilmente maleables y que, por cualquier motivo, no duden en aliarse con aquellos otros a la primera de cambio por un simple “quítame allá esas pajas”. Frase, que popularmente se emplea para definir el inicio de una discusión o agresión sin que exista causa justificada para ello.

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