Paco Soto

Pie de foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Este artículo no es un sesudo análisis sobre los tristes acontecimientos de Cataluña. No quiero analizar lo que ocurrió el pasado domingo durante la celebración de la farsa de referéndum ilegal y sin garantías democráticas. Tampoco la posterior huelga general convocada por sindicatos minoritarios y subvencionada por algunos empresarios. Creo que se ha escrito prácticamente todo sobre la grave crisis política y social que atraviesa Cataluña. Pero no solo Cataluña, también el conjunto de España. No soy politólogo, ni sociólogo; tampoco tertuliano. El único comentario político que he hecho estos días sobre le vergüenza del 1 de octubre ha sido para una importante emisora de radio de Marruecos. Con la mayoría de mis amigos y conocidos me niego a hablar de lo que ocurre en Cataluña. Estoy harto de oír siempre la misma cantinela: “La culpa es de Rajoy y del PP…” Para no oír más estupideces políticamente correctas de tanto bobo prefiero hablar del tiempo o de la belleza de París. He vivido directamente, lo he padecido a diario, el insoportable tostón del denominado pomposamente ‘conflicto catalán’.

Ya no me quedan fuerzas para seguir aguantando tanta mierda. No sé si gritar de rabia e impotencia. Ni siquiera me quedan fuerzas para llorar ante tanta ignominia, tanta mentira y manipulación por parte de los gerifaltes del independentismo catalán. Tras 25 años de mi vida en Cataluña, he regresado a mi lugar de origen -la Comunidad Valenciana- hace una semana. Me he ido de Cataluña por motivos familiares y de salud. Pero también porque no aguantaba más vivir en un territorio donde un montón de individuos desaprensivos y xenófobos te hacen sentir mal a menudo, si eres laico y no comulgas con la religión nacionalista y su expresión política secesionista. A estos canallas que viven del cuento les gusta decir que los españoles son unos seres inferiores, rudos, incultos y fachas. Es muy duro tener que oír o leer que “España nos roba” o que “estamos hartos de trabajar para esos andaluces y extremeños vagos e inútiles, que lo tienen todo gratis y viven del cuento”. Ojo, estos hijos de putas, miserables y mezquinos, son una minoría en Cataluña, un territorio poblado por mucha gente maravillosa y digna.

Sí, son una minoría, pero una minoría activa que controla las instituciones autonómicas, los medios de comunicación públicos y muchos privados, la enseñanza, parte de la actividad económica... Llevan muchos años viviendo estupendamente del chollo autonómico que tanto denostan, manipulan conciencias y compran voluntades, han hecho de la mentira su razón de ser. La posverdad campa a sus anchas en Cataluña, que dejó hace tiempo de ser la vanguardia de España. Barcelona resiste como puede ante tanta miseria moral, tanto odio y tanta incultura. Pero le cuesta cada vez más. El montaje secesionista impulsado por el PDeCAT, heredero de la mafia pujolista, los pequeños burgueses xenófobos de ERC, los anarcofascistas de las CUP y toda una serie de grupos y colectivos clasistas y reaccionarios, además de una legión de oportunistas, aprovechados y tontos útiles, ha servido hasta ahora, entre otras cosas, para ocultar que Cataluña no es un oasis sino un pantano lleno de mierda que en muchos pueblos y ciudades pequeñas apesta a carlismo antiliberal.

Una ola de viscoso populismo nacionalista se ha apoderado de una parte de la población de Cataluña. Mucha gente ha dejado de pensar y se guía por sentimientos, que no siempre son nobles. El odio a España ha crecido notablemente. Pero si alguien se atreve a denunciar la hispanofobia en Cataluña, automáticamente, lo acusan de ser un “fascista” o de “hacerle el juego al PP”. Las directrices son las siguientes: “No pensemos, no seamos críticos con los que gobiernan pésimamente Cataluña. Todos unidos como borregos, enarbolemos la estelada, un trapo inventado por el partido racista y fascistoïde Estat Català, en 1922, que esconde muchas de nuestras vergüenzas. No hay corrupción en Cataluña. El 3% es un invento de Madrid. La sanidad, la educación y los servicios públicos no han empeorado por culpa de la política económica de la derecha nacionalista. Somos superiores a esa chusma de españoles subdesarrollados… Visca Catalunya! Independència!” ¿Qué ha pasado en Cataluña para que se haya llegado a esta situación? No puedo contestar a esta pregunta. Ya lo harán los investigadores sociales solventes, los analistas políticos serios, los historiadores de verdad. Mientras, tendremos que seguir aguantado las mentiras de TV3 y las memeces de tertulianos indocumentados en televisiones y emisoras de radio de toda la geografía nacional. Ahora bien, déjeme que le diga una cosa, querido lector: Cataluña, por culpa de unos políticos irresponsables y sin escrúpulos y de un sector de la población que se ha dejado seducir por cantos de sirena independentistas, se ha metido en un callejón de difícil salida. Esta triste realidad golpea duramente al conjunto de la España constitucional, la democracia y el Estado de derecho.

Los actuales gobernantes españoles, generalmente burócratas y vividores sin ideas, ideales y objetivos claros, tienen su parte de responsabilidad en lo que está pasando. La oposición, formada mayoritariamente por iletrados y oportunistas, también. El pasotismo incívico de muchos españoles tampoco ayuda a salir del atolladero. Pero los grandes responsables son los dirigentes catalanes. Estamos apañados. Quiero profundamente a Cataluña y España y deseo fervientemente que el llamado ‘conflicto catalán’ se solucione razonablemente a medio plazo y España, la España democrática, constitucional y moderna, inicie las profundas reformas que necesita y se inserte plenamente en el siglo XXI. No sé si conseguiremos ambos objetivos. Nadie lo sabe. Si tuviera fe, le pediría al Buen Dios que nos ayude en esta empresa tan sumamente complicada. Por suerte o por desgracia no tengo fe ni creo en la existencia de un Dios creador y Todopoderoso que cuida de sus ovejas. Pero sí creo que no nos hemos vuelto todos idiotas y ruines en este país, y muchos tenemos la voluntad de solucionar los problemas; y en el caso de Cataluña, de no dejar la resolución de la crisis exclusivamente en manos de jueces, policías y guardias civiles.

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