Eduardo Molina Campano, doctor en Pensamiento y Análisis Político por la Universidad de Los Andes, y Vladimir Aguilar Castro, doctor en Estudios del Desarrollo mención Política Internacional por el Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales y de Desarrollo (IUHEID) de la Universidad de Ginebra

Debate21

Ningún sistema internacional, desde la paz de Westfalia (1648) pasando por el sistema de Viena (1815) hasta los que se erigieron luego de las dos guerras mundiales, han sido puros. Son sistemas híbridos en los que se han conjugado elementos de balance of power, concierto y hegemonía. Lo único común a cada uno de los sistemas internacionales existentes en los tiempos históricos en los que emergieron es que han sido definidos y edificados por los vencedores.

El de la guerra fría sería corolario de dos visiones encontradas entre Francia y Gran Bretaña en cuanto al enemigo real (bolcheviques) y el enemigo potencial (Alemania), luego de la primera guerra mundial. Los franceses sostenían que la amenaza inmediata era la de sus vecinos mientras que el Reino Unido siempre vio en el socialismo el enemigo a vencer. Era lógico. Inglaterra había sido la cuna del modelo capitalista y la ex Unión Soviética comenzaría a serlo de su opuesto. Eran visiones ideológicas las que se irían a confrontar una vez finalizada la segunda guerra mundial.

El primer impase entre los vencedores lo constituiría la guerra de Corea (1950). Ni siquiera la revolución China había despertado tanta suspicacia en Occidente como el conflicto entre las dos Coreas. Con la crisis de los misiles en Cuba (1962) habría que esperar un decenio para un nuevo quiebre que pondría en peligro el sistema internacional de San Francisco de 1945.

Luego de la caída del Muro de Berlín (1989) son posicionamientos entre vencedores los que se disputan en el tablero mundial de la postguerra fría. Desaparecería la ex Unión Soviética pero la Rusia emergente sería la heredera de la gran victoria de Stalingrado (1943), la cual marcó el principio del fin de Adolf Hitler. Recordemos que la Primera Guerra del Golfo de 1990 sería votada sin veto alguno por todos los miembros del Consejo de Seguridad.

Venezuela en el Consejo de Seguridad

La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de estos días nos retrotrajo a los tiempos de la guerra fría y puso a Venezuela, por primera vez, en la agenda de dicho órgano. Tras la exposición de la Secretaria General Adjunta de la ONU para Asuntos Políticos, Rosemary Di Carlo, puso el énfasis en la vulneración de los derechos humanos y en los datos de subalimentación, duplicación de la tasa de mortalidad infantil y la migración forzada. Estados Unidos a través de su representante el Secretario de Estado, Mike Pompeo, instó a posicionarse de un lado o del otro, señalando que “es el momento para que cada nación elija un lado. No más retrasos, no más tretas: o están con las fuerzas de la libertad o están aliados a Nicolás Maduro y su caos”.

No es la primera vez que la principal potencia hegemónica del mundo espeta de esta manera en el seno del organismo multilateral. Estados Unidos logró una mayoría simbólica a favor de sus planes hacia Venezuela ya que 8 de los 15 miembros se posicionaron a favor de la legitimidad de Juan Guaidó como supuesto presidente interino. Sin embargo, no se votó ni se llegó a ningún acuerdo ya que las decisiones requieren del voto afirmativo de, al menos 9 miembros y además parece que se quiso evitar llegar al punto de usar el instrumento del veto. No obstante, EEUU no necesita más que esa victoria simbólica en el Consejo para continuar sus planes bajo el argumento de la democracia. El gobierno de Nicolás Maduro se lo puso bastante fácil al iniciar a partir del 2016 una deriva de concentración de los poderes. También se habló de países satélites como en los tiempos de la Guerra Fría, habiéndose inclinado Rusia y China al lado del Gobierno del Nicolás Maduro.

Por otra parte, el canciller venezolano Jorge Arreaza se defendió argumentando la orquestación directa de un golpe de Estado por parte del Gobierno de Donald Trump, mediante la maniobra política de la autoproclamación por parte del presidente de la Asamblea Nacional, amparándose en el artículo 233 de la Constitución Bolivariana. El día 23 de enero del año en curso, miles de venezolanos descontentos por la situación social insostenible salieron a las calles para demostrar su descontento. ¿A quién corresponde la legitimidad democrática? ¿Cuáles son los planes e intereses verdaderos del gobierno de los Estados Unidos? ¿Qué intereses tienen China y Rusia en Venezuela? ¿Qué responsabilidad tiene el gobierno de Nicolás Maduro en este desenlace? ¿Cuál puede ser una solución que no conduzca a una guerra civil?

 

Polarización de los discursos y de las acciones

La visión binaria de buenos y malos ya la vimos en los tiempos de mayor tensión entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos, tal como lo apreciamos en la sesión del Consejo de Seguridad. También constituiría la característica principal del sistema internacional luego de los atentados terroristas del año 2001. Por otra parte, esa perspectiva ha sido una constante en las principales crisis que le ha tocado vivir a Venezuela desde que Hugo Chávez llegó la Presidencia de la República en 1999. Pero la realidad es que los intereses de los actores en juego no han hecho más que ocultar la verdadera contradicción de los hechos apelando al pragmatismo sacrosanto de la política y las relaciones internacionales.

Se ha fabricado una polarización ideológica que no tiene una base real en el país. Esta perversa diatriba realista ha sido auspiciada por diferentes actores que se interrelacionan desde lo local hasta lo global. Gobierno y oposición junto a los aliados regionales y mundiales de cada lado, pugnan por sus intereses geopolíticos y económicos que son los que están verdaderamente detrás de un conflicto que no es ideológico ya que ni siquiera existe un debate sobre el dilema socialismo versus capitalismo. Esa discusión ya quedó atrás y Venezuela, a diferencia de Cuba en su momento, jamás cruzó las fronteras del capitalismo de Estado.

En vista de la situación, consideramos que el gobierno de Nicolás Maduro, si es que le queda algo de pudor, debería aceptar la realidad del socavamiento de su legitimidad a partir del triunfo parlamentario de la oposición en diciembre 2015 con relación al creciente autoritarismo, al desmantelamiento de la división de los poderes, a las muertes impunes, y abandonar su inflexibilidad y empecinamiento por mantenerse en el poder a cualquier precio, incluso en estos momentos en el que se está al borde de una guerra.

Cualquier gobierno responsable debería aceptar que, independientemente del grado de incidencia que haya podido tener la guerra económica, ésta debería ser una razón más para renunciar en virtud de no haberla sabido encarar y combatir reconociendo que ha perdido la batalla de la gestión pública del país. Debería reconocer que la ciudadanía venezolana se expresó de forma clara el 23 de enero del 2019, más allá de las maniobras políticas de Estados Unidos y de un sector radical de la oposición venezolana.

Nicolás Maduro debería tener en cuenta que, en el marco del realismo de las relaciones internacionales, al momento de perder apoyo de sus principales sostenedores China y Rusia, por razones pragmáticas ya no tendrá nada que buscar aferrándose al poder. Será desechado por parte de rusos y chinos como lo fue Crimea y Osetia del Sur por parte de los Estados Unidos en su momento. Los vencedores terminan negociando sus áreas de influencia antes de ir a una confrontación innecesaria por mampuesto.

La legitimidad democrática

En este ámbito reside la legitimidad democrática como potencia y no en los poderes constituidos conservadores que en todo caso se moverían en los términos de legalidad, siendo este un terreno en el que los jurisconsultos tarifados de un lado y otro encontrarán siempre elementos normativos para justificar sus posiciones. No obstante, el asunto aquí es más político que jurídico.

En nuestro criterio, la legitimidad democrática es otra cosa. La vimos en las calles de Caracas en el año 2002 para enfrentar al golpe de Estado de Pedro Carmona, pero también estuvo presente el día 23 de enero del 2019. La ciudadanía hastiada ya no está dispuesta a que se les siga gobernando de la vieja manera y el bloque de poder no puede continuar gobernando pues su gestión fracasó.

Debemos decir que lastimosamente los dirigentes del llamado socialismo del siglo XXI venezolano no aprendieron ni asimilaron el significado del fracaso de los socialismos burocráticos del siglo XX. Quedándose en el panfleto, en obras inconclusas, en ausencia de un proyecto real y serio de país, fueron incapaces de revolucionar al Estado y a la economía desde la democracia como proyecto en construcción. Solo por eso deberían de irse. Una parte de la izquierda, cayendo en el juego del imperialismo/antiimperialismo y que aún apoyan al gobierno de Nicolás Maduro, por acción u omisión, tampoco ha comprendido que las conquistas liberales de la división de los poderes en la Revolución Francesa no pueden superarse con bonapartismo, concentración y tendencia al partido único sino con más independencia de los poderes y, sobre todo, con más democracia directa para elegir y revocar.