Javier Fernández Arribas

Las superpotencias andan bastante ajetreadas en estos últimos días. Lo más inmediato y trascendente es la destitución del secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson. Decisión fulminante, pero nada sorprendente porque había caído en desgracia, hasta el punto de que el presidente Donald Trump ni siquiera le llamara para consultarle o informarle de su decisión de aceptar la reunión que le proponía el dictador de Corea del Norte a través del jefe de los Servicios de Inteligencia y del jefe de la Seguridad Nacional de Corea del Sur. Trump ha seguido su hiriente costumbre de utilizar twitter para todo, incluso para cesar a su ministro de Asuntos Exteriores, sin hablar con él.

Estas formas son las que pueden crear muchos problemas a un excéntrico presidente que actúa más como si estuviera en su empresa y tomara decisiones a su libre albedrío que si fuera el jefe de un estado democrático donde el respeto a las instituciones es básico para el buen funcionamiento del entramado oficial, sujeto a unas normas y unos protocolos que debieran ser ineludibles. Tillerson pasa a engrosar una larga lista de colaboradores damnificados.

Hace unos días el consejero de Economía, la portavoz de la Casa Blanca; hace un poco más de tiempo el gran asesor Bannon protagonista del libro Furia y Fuego que desvela numerosos detalles de la personalidad de Trump y los más peliagudos por su relación con el denominado Rusiagate son el ex asesor de Seguridad Nacional, el general Flynn y el cese del anterior director del FBI. Trump intenta deshacerse también del fiscal especial, Robert Mueller, que investiga el Rusiagate pero no lo tiene tan sencillo, por ahora.

Ese problema no lo tendrá en China el nuevo emperador, Xi Jing-pin, que puede perpetuarse en el poder tras la reforma aprobada en el seno del poder comunista chino y su pensamiento se incorpora a la Constitución del partido como si fuera un nuevo Mao. Xi Jing-pin está apartado del poder a todos sus opositores y no va a permitir que nadie le rechiste. Algo bastante parecido a lo que practica el nuevo zar ruso, Vladimir Putin. En Londres, los disidentes rusos mueren de repente: es el caso de Nikolai Glushkov socio de otro fallecido hace pocos años, Boris Berezovski. Es casualidad o no, pero la tensión entre Londres y Moscú crece peligrosamente por el envenenamiento del ex agente doble, Serguei Skripal.  No es una película de James Bond, es la guerra fría.