Javier Fernández Arribas

Pie de foto: AP PHOTO/MARTINEZ MONSIVAIS

La celebración del 70 aniversario de la OTAN, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, debería ser una gran fiesta por el hecho mismo de cumplir esos años. Representa un período de paz y estabilidad en el mundo que nadie confiaba tras haber sufrido dos guerras mundiales durante el siglo XX. Sin embargo, todos en Washington se miran con recelo y desconfianza. ¿Por qué? La respuesta fácil, y seguramente más acertada, es que el mega polémico presidente de los Estados Unidos, Donald Trump se ha encargado de enfrentarse a todos y cada uno de los países miembros de la Alianza, y lo que puede ser más novedoso y preocupante, enfrentar a muchos aliados entre sí. Se puede considerar que Trump solo tiene un análisis económico-monetarista partidista a la hora de analizar las diversas situaciones que se registran en el mundo globalizado y, lo que es más decepcionante, a la hora de valorar las relaciones con sus supuestos socios y aliados. Trump ha aplicado, desde su llegada a la Casa Blanca, la política que prometió en su campaña: América first, con unos resultados que no están acompasados con el otro lema fundamental que le ayudó a ganar las elecciones de Make América great again. Es evidente que hacer una condición permanente en las relaciones internacionales del América primero no tiene como consecuencia directa que América sea grande de nuevo.

Durante los últimos dos años hemos asistido a una mejora de la economía y del empleo de los norteamericanos gracias a una política proteccionista que no aventura que se puedan mantener los resultados durante los próximos ejercicios. Entidades internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la OCDE, además de centros de estudios económicos de varias universidades, y en nuestro país, el propio Banco de España, han alertado del riesgo confirmado de un parón económico internacional más fuerte que la desaceleración que se venía produciendo por distintos factores. Las razones de este parón económico mundial se encuentran más en la guerra comercial entre China y Estados Unidos que en la falta de inversión en Defensa, el famoso 2% de los países miembros de la OTAN. Por supuesto, que no hay una relación directa en estos elementos, pero lo que sí provoca la actitud de la administración Trump es un elevado malestar entre quienes han demostrado durante muchos años su lealtad al Hermano Mayor de la Alianza que adoptaba muchas decisiones únicamente según sus propios intereses, sin tener en cuenta a priori las opiniones de sus aliados. Hay numerosos ejemplos de una realidad que se ha sostenido en el seno de la OTAN porque todos los países eran plenamente conscientes de la necesidad mundial y occidental, sobre todo europea, de que Estados Unidos ejerciera el papel de gendarme para garantizar el sostenimiento de unas reglas de juego que permitían una muy apreciable estabilidad internacional.

Sin duda, algunos conflictos o guerras de perfil bajo han puesto a prueba un sistema que tuvo su punto de inflexión negativo con la gravísima crisis económica mundial, propiciada en parte por los elevados costes de las intervenciones militares en Afganistán y en Irak. Tanto Estados Unidos como Europa tuvieron que dar un paso al lado perdiendo, en buena parte, su papel de actor fundamental para ostentar el liderazgo mundial. En el ámbito económico, China ha emprendido con enorme fuerza, también con incertidumbre sobre su solidez, el papel de líder mundial en disputa con unos Estados Unidos que se han ido retirando de los acuerdos multilaterales, como el del Pacífico, el de sus vecinos México y Canadá, los acuerdos de París sobre Cambio Climático, por ejemplo, para negociar de manera bilateral una relación que le fuera más ventajosa en dólares. Nada de poner en valor otros aspectos trascendentes de las relaciones que no se miden en billetes verdes. En el ámbito militar, Rusia ha emergido de nuevo de sus cenizas como superpotencia nuclear que ha plantado cara a los intereses de Washington en regiones del mundo tan dispares como Siria o Venezuela, sin olvidar las injerencias con noticias falsas o los ciberataques donde también Pekín dispone de recursos y presupuesto para amargar la vida a los occidentales.

En el marco de la OTAN, los países que deberían reforzar aún más su alianza para afrontar los enormes desafíos que están planteando China y Rusia, pierden energías y esfuerzos en intentar contentar a Washington, por un lado, y en un ejercicio de buena voluntad de plantear la creación de una defensa europea sin depender de Estados Unidos. Por cierto, cuando se presenta esta iniciativa impulsada principalmente por Francia y Alemania, se mete otro dedo en el ojo al afirmar que esa defensa europea no comprará nada al mercado norteamericano. Una afrenta que Trump consideró como un desafío intolerable porque espeta a sus aliados, a la cara y de malas formas, e incluso humillando a la canciller Merkel, que se benefician de los miles de millones de dólares que Estados Unidos gasta anualmente para garantizar la seguridad de los europeos. Es imprescindible que se recompongan las relaciones y la confianza con esfuerzos por ambas partes.