Javier Fernández Arribas

Argelia puede convertirse en una bomba de relojería que provoque una gran inestabilidad en el norte de África que afecta a toda la región y, por supuesto, a Europa. La incertidumbre que se ha creado sobre el futuro más inmediato del país por las multitudinarias protestas contra la intención del presidente Abdelaziz Buteflika de presentarse a un quinto mandato provoca un imprescindible análisis sobre los caminos a seguir para evitar la violencia. Los ánimos de una buena parte de la población están bastante exaltados por la precariedad que sufren diariamente debido a una crisis económica que les ha colocado en una nueva situación de pasar necesidades, de sufrir para poder llevar una vida más o menos digna.

Enfrente, tienen la imagen inagotable de una corrupción galopante que afecta a todos los sectores de la alta sociedad argelina. La realidad de Argelia responde a una gerontocracia dominante en todos los sectores productivos del país que no resiste a dar un paso al lado para permitir una nueva era de desarrollo para todos los estamentos de la sociedad argelina. El problema de la candidatura de Buteflika no es el propio Buteflika, es la permanencia en el poder del mismo clan que ha estado manejando todos los hilos del poder, de la economía, del comercio, de la educación, de la escasa cultura y de algún buen deportista en los últimos años.

Desde hace varios años, en 2014 y 2015, el presidente sufrió un ictus y varios derrames que no le permiten desarrollar mínimamente las facultades necesarias exigidas para presidir un país. Hace años que no ha pronunciado palabra en público y lo único que se sabe es que preside al año en tres o cuatro ocasiones, en su silla de ruedas, las reuniones del consejo de gobierno. Las acusaciones de la oposición apuntan a su hermano Said, la persona que aparece siempre empujando la silla de ruedas que traslada a Buteflika al colegio electoral, en la última convocatoria electoral, que es de las escasas oportunidades que se ha visto en público a un demacrado presidente. 

La preocupación general, tanto en el interior de Argelia, como en el exterior, sobre todo en la región magrebí como en Europa y Estados Unidos es preservar un clima social que evite enfrentamientos y violencia. Sin embargo, esta intención de preservar la estabilidad y la seguridad puede menoscabar la aspiración legítima de buena parte de la sociedad argelina de lograr un cambio que permita caminar hacia una democracia, una mayor libertad, menos corrupción, más seguridad y una vida más digna en unas condiciones mejores y saludables. Ali Benflis, presidente del partido Tala el Huriyet, derrotado en las elecciones de 2014 ha rechazado un quinto mandato de Buteflika y su entorno de poder porque significa inmovilismo y estancamiento en favor de aquellos que actúan y se lucran en nombre del presidente.

La gran incógnita que se plantea encima de la mesa es qué clase de pugna interna por el poder se está produciendo entre bastidores para que el propio Buteflika pretenden continuar en el poder como garante de cierta estabilidad, aunque, como reconoció en el comunicado que anunciaba su nueva candidatura reconociera que ya no tiene las mismas fuerzas físicas que antes. El propio Buteflika es consciente de la necesidad de organizar una Conferencia Nacional que permita trazar entre todas las fuerzas políticas, económicas (incluye a sectores del Ejército) y sociales un ambicioso plan de reformas y cambios.

Los manifestantes de los últimos días en las calles de las principales ciudades argelinas y, también, en ciudades francesas, denuncian que la iniciativa parte del sector duro que controla el poder en nombre de Buteflika para seguir manteniendo el control de los negocios del petróleo el gas y el resto de sectores productivos del país. La realidad es que se ha terminado el crédito que mantenía una figura política como Buteflika como libertador de Argelia durante la guerra de independencia de Francia en 1962 y como salvador del país en los años 90 durante la guerra contra los islamistas.

Argelia es un país estratégico para la estabilidad del Mediterráneo, para el control de la inmigración, para la lucha contra el terrorismo en la gran zona del Sahel y para la colaboración con numerosas empresas europeas, buena parte francesas pero también españolas. En este marco, Estados Unidos y Francia son las potencias que más influencia ejercen en la política argelina, en detrimento de Rusia que ha visto menguar su presencia a lo largo de los años. Incluso, has disminuido las compras habituales de material militar ruso. También en este escenario se juega una partida de la guerra fría actual entre Washington y Moscú donde los intereses económicos, encabezados por la empresa nacional argelina de la energía Sonatrach ha llegado a diversos acuerdos con multinacionales francesas y norteamericanas.