Por María Dolores Algora Weber (El Mundo*)
Foto: El conflicto palestino-israelí no se podrá resolver sin la firmeza de las potencias internacionales. 
 
Pensar que el conflicto en Oriente Próximo es sólo palestino-israelí es una falacia sólo comparable con la de creer que podrá resolverse sin la firmeza de las potencias internacionales. En Oriente Próximo todo arrastra unos antecedentes harto profundos y dramáticos, porque se ha convertido en un círculo vicioso de causas y consecuencias insalvables. La era de las intifadas y procesos de paz ya sólo parece un fantasma del pasado. El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, no ha conseguido alcanzar sus objetivos. La solución de dos estados es cada vez más cuestionada, al menos de forma oficiosa, por ambas partes; pero la solución de un Estado único tampoco parece factible. Un único Estado ensombrecería la aspiración a declarar a Israel como “Estado judío”, corolario que desde hace tiempo se ha convertido en una máxima irrenunciable para el primer ministro. El pasado mes de abril, los palestinos de Al Fatah y Hamas pactaron un Gobierno de unidad, que pusiera fin a su división interna en dos facciones. Esta condición que parecía esencial para superar los obstáculos de las negociaciones, sin embargo, se ha convertido en el principal impedimento de éstas, después de las exigencias del primer ministro Benjamin Netanyahu. El Gobierno israelí manifiesta su oposición a cualquier acuerdo que pudiera emprenderse, contando con la participación de Hamas al que considera un grupo terrorista. La respuesta ha sido nuevamente la expansión de los asentamientos, considerados ilegales por el derecho internacional. Esta presión se vuelve contra Netanyahu de cara a una sociedad israelí igualmente fragmentada y cada vez menos proclive a sostener un Gobierno, en el cual la seguridad se acaba por traducir en la causa más absoluta de la propagación de la inseguridad y la desestabilización.
 
Israel se ampara en la violencia
El nuevo bloqueo de las negociaciones ha tenido lugar en un contexto de agotamiento y desesperanza de la sociedad palestina, que ya no encuentra la fórmula para avanzar. Esto se ha traducido en el secuestro de tres jóvenes israelíes, desembocando en un crimen al cual el rais palestino, Abu Mazem, ha sumado su condena a la internacional. No ha sucedido lo mismo en la respuesta que el Gobierno de Tel Aviv ha dado al asesinato de otro joven, esta vez palestino. Por el contrario, el último mes, las fuerzas israelíes han detenido alrededor de 200 palestinos en Cisjordania, aplicando un castigo colectivo que ha tenido poca repercusión mediática hasta que se ha desatado el conflicto abierto. La operación de ataque a la Franja de Gaza,  ‘Margen Protector’, no hará más que ocasionar nuevas violaciones de los derechos humanos y tragedias para cientos de familias, que se ven atrapadas sin salida y sin respuestas. Los peligros de que esta situación se extienda a Cisjordania son incuestionables, siendo impredecibles las consecuencias que ello tendría en una región candente como es hoy Oriente Próximo. Israel se ampara en la violencia  firmemente convencido de su capacidad de Defensa, pero cierra los ojos a la nueva realidad que le rodea desde que, en el otoño de 2013, Estados Unidos diera un giro a su estrategia internacional volviéndose hacia Irán. Ha perdido la oportunidad de negociar en medio de un contexto en el que Irak, en primer lugar, seguido de Siria y a la expectativa de lo que quede por venir en Egipto, le han ido dejando sólo en su intransigencia y firmeza. No rectificar en esta posición, como se le ha pedido desde Naciones Unidas, sólo incide en agravar un escenario en el que las influencias controvertidas de dos grandes potencias islámicas están en plena competencia. La responsabilidad de Israel no sólo afecta a su Gobierno, es una responsabilidad que pone en juego la seguridad internacional. 
 
(*) María Dolores Algora Weber es profesora de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo.
 
Etiquetas: