José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Con la Carta sobre la Tolerancia publicada en 1698, John Locke ponía los cimientos de uno de los pilares fundamentales de la democracia liberal moderna. El valor de la tolerancia, después de siglo y medio de guerras de religión en Europa, significaba en aquella época la primera piedra para la construcción del edificio de la libertad. Locke, como anteriormente Castellio frente a Calvino, concebía la religión como un acto interior del hombre, que no puede ser impuesto desde fuera con medios violentos. “El Estado no tiene autoridad sobre las almas”, decía, y por tanto, “los contenidos de la fe, que sólo requieren ser creídos, no pueden serles impuestos a ninguna iglesia por las leyes del estado”. Gracias a la tolerancia, que derivó en la libertad de culto y en el derecho a la libertad de creencia, se cerraba en Europa la sangrienta transición desde la Edad Media a la Moderna, se despejaba el camino de los derechos civiles y políticos y se abría la sociedad a las reflexiones de la razón y la ilustración.

En la progresista ciudad de Amsterdam Spinoza defendía igualmente la libertad de pensamiento y de expresión como garantes de un Estado fuerte y seguro, y luego Rousseau reconocía el principio de la tolerancia como uno de los elementos básicos de la constitución de un estado, y advertía que la intolerancia religiosa y la civil iban frecuentemente unidas. Desde la tradición alemana, Lessing llegaba incluso más lejos, afirmando que tolerar al otro no era exclusivamente soportar al otro, sino “hacer una acción positiva para su reconocimiento”, en línea con el ius communicationis de Vitoria. En 1689 el Parlamento inglés aprobaba la Toleration Act y un siglo después en las sesiones de la Asamblea Constituyente en Francia, Mirabeau se refirió también a ella.

El respeto por el pensamiento, las costumbres y la creencia ajena, y el reconocimiento de la diversidad como una fortaleza y no como una debilidad, es un fundamento de la democracia moderna. La tradición política y filosófica europea y occidental así lo ha planteado en sus textos y reconocido en sus documentos y leyes desde hace más de tres siglos. Gracias a estos fundamentos, los europeos y demócratas, creyentes y no creyentes, estamos convencidos de que nuestras sociedades liberales no están creadas por Dios, sino por la razón, las leyes y el esfuerzo individual y colectivo. En ellas las creencias están amparadas y en algunas se reconoce además el sentido inspirador y benefactor de las religiones (In God We Trust). Pero nuestro consenso no está en las creencias. El consenso está en la razón que nos permite comprender y reconocer al otro como semejante.

La tolerancia en nuestro tiempo representa un principio esencial para desarrollar procesos de integración tan complicados como la construcción europea, impulsar el movimiento de personas y ordenar la inmigración o para afrontar los retos de una nueva sociedad global, abierta y diversa. Giovanni Sartori establece tres características que pueden ayudarnos a comprender la dimensión actual de este valor. Primero, la tolerancia no es absoluta. Debe estar limitada por lo que no consideremos tolerable, por ejemplo, aquello que produce daño o perjuicio. Segundo, la tolerancia no es dogmática. No podemos aceptar lo otro ni rechazarlo o limitarlo, sin argumentaciones y razones. Tercero, la tolerancia no es relativista. Porque el hecho de tolerar otros valores, presupone la existencia de valores y convicciones propias y sólidas, que deben de ser igualmente admitidas.

Las dificultades de los últimos tiempos y la tragedia de los atentados terroristas, nos mueven a los ciudadanos a pedir reformas. Acción y justicia frente a los que agreden la convivencia y provocan el caos con el asesinato y la violación de derechos; seguridad y prevención frente a quienes tengan dudas sobre su propia solvencia democrática; educación intensa y obligatoria de jóvenes y menores en la tolerancia.

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