José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Pie de foto: Imagen de una reunión del presidente de Rusia, Vladmir Putin, y el primer ministro del Japón, Shinzo Abe

La Guerra Fría no era una guerra sino una estrategia de competencia, equilibrio y mundialización cuyo paradigma fue la existencia de dos polos de influencia y tres principios de comportamiento según Graham Allison: “no usar armas nucleares; no enfrentar directamente a los soldados de las superpotencias y respetar mutuamente las esferas de influencia”. Es decir, a los aliados más comprometidos o más necesarios. Un marco internacional que permitía interpretar la política, reprimir al disidente, justificar los arsenales, y fortalecer el poder de las superpotencias.

Así visto, en el mundo del siglo XXI no hay ninguna segunda guerra fría sobre la mesa global. Pero la prensa y determinados intereses juzgan algunos hechos como si se trataran de una reedición del fenómeno. Como si Rusia al invadir Crimea y considerar Ucrania como una zona de influencia reiniciara la guerra fría. O como si la tensión comercial entre Estados Unidos y China fuera un episodio de la nueva guerra fría entre dos nuevas superpotencias. Pero no.

En nuestro tiempo no se está reproduciendo la guerra fría porque, en primer lugar, no hay dos superpotencias enfrentadas. Si no que hay al menos tres grandes potencias. Si consideramos la potencia económica china y la potencia militar rusa, como dos rivales estratégicos para la única superpotencia realmente existente, que es Estados Unidos. China por el inmenso crecimiento que ha experimentado en los últimos años,- en 2008 la economía china era menor que la de Japón y hoy es más del doble-, por su creciente influencia global y por su voluntad de convertirse en una superpotencia que la habilitaría para integrar territorios bajo su soberanía y establecer bases y esferas de influencia. Los textos y las acciones de su política exterior en los últimos años y los discursos de sus líderes, así lo reconocen. Y Rusia por su reconocible intención de debilitar la credibilidad internacional de los sistemas democráticos occidentales y por su estrategia de intervención en Siria, de coerción en Ucrania y de disuasión en maniobras como la de Vostok 18, donde desplegó 36.000 tanques y 1.000 aeronaves en colaboración con la propia China.

A pesar de esa colaboración puntual y de otros ámbitos de cooperación más amplia entre ambos países en organizaciones regionales, la tantas veces anunciada alianza ruso china no ha llegado a convertirse en un polo de poder estable y global, ni mucho menos se ha planteado como un polo de atracción político o de resistencia estratégica frente a un rival o enemigo común. Más bien puede entenderse como una relación bilateral, reforzada en torno a determinados intereses, pero en la cual ambas potencias divergen en múltiples temas como los comerciales y en la cuestión clave sobre el liderazgo bicéfalo, que Putin y Xi Jinping no están dispuestos a ceder a su homólogo.

En segundo lugar, porque el enfrentamiento bipolar tenía tres ámbitos, el bilateral, el regional y el mundial. Mientras que la rivalidad entre grandes potencias en la actualidad se limita a temas específicos y a regiones o conflictos puntuales. El repunte de las prácticas proteccionistas, por ejemplo, afecta en nuestros días a cuestiones y productos concretos y no ha derivado en la creación de bloques económicos – comerciales donde se establecen pautas y restricciones por motivos ideológicos. Y además no se dirigen exclusivamente contra un rival concreto, - China podría ser un exponente de esta estrategia -, sino que incluyen también a productos de terceros estados no aliados, o proceden de otros ámbitos y potencias económicas como la Unión EuropeaAlgo semejante podría argumentarse con respecto a las sanciones económicas o embargos, que se dirigen contra estados considerados como hostiles con la dinámica globalizadora o con la seguridad, o que representan una medida de presión frente a acciones políticas de países determinados. En estos casos no son medidas que partan de una decisión unilateral, sino que son promovidas desde algún entorno decisional multilateral (Unión Europea, Naciones Unidas, acuerdos).

Por otro lado, en regiones donde la bipolaridad en la actualidad puede tener más sentido interpretativo como el Sudeste Asiático, la tensión entre China y su área de influencia y Estados Unidos y sus aliados no se ha plasmado en un enfrentamiento armado como el que ocurriera en Corea y Vietnam, ni ha bloqueado las relaciones políticas y económicas independientes de la mayor parte de los actores en juego. Sin embargo, en Europa, centro de la disuasión militar (OTAN – Pacto de Varsovia) y frontera entre las dos superpotencias en el siglo pasado, no hay una situación de tales características hoy, mientras en Oriente Medio, zona de equilibrio de poder e influencia en la guerra fría, se prolonga durante más de una década una guerra abierta, multifactorial y con diferentes actores e intereses enfrentados, que desbordan los patrones de entonces.

En tercer lugar, porque la tripolaridad tampoco es una realidad. La Unión Europea es una potencia económica, política y social cuya presencia global no solo compite, sino que desborda en muchos aspectos a las otras tres. Su modelo de integración y solidaridad sigue siendo referente en zonas como América Latina o África y es un efecto llamada para los inmigrantes de múltiples regiones. Y otros estados y potencias emergentes como Brasil, Turquía e India representan en nuestros días un tercer mundo que poco o nada tiene que ver con la idea postcolonial de aquellos lejanos países llamados no alineados. Por tanto, la mutación del mundo unipolar de principio de milenio ha transitado hacia un sistema multipolar y heterogéneo donde la globalización sigue ejerciendo como paradigma dinamizador de los flujos de ideas y productos. Y de la diversidad y la libre expresión.