Antonio Sánchez-Gijón/CapitalMadrid.com

Pie de foto: Terminó en Varna, Bulgaria, entre re­pro­ches y acuer­dos, una reunión del Consejo con el país as­pi­rante

En España pasó casi des­aper­ci­bida, pero en esta se­mana se ce­lebró en Varna, Bulgaria, una reunión ‘en la cum­bre’ entre la Unión Europea y Turquía, dos en­ti­dades que se ne­ce­sitan mu­tua­mente pero que no en­cuen­tran oca­sión (ni con­si­deran jus­ti­fi­cado ni po­sible en estos mo­men­tos) para acer­carse mucho más.

Y ello a pesar de que la Unión se comprometió, desde primeros de este siglo, a la admisión de Turquía como miembro de pleno derecho, tan pronto como se diesen las pertinentes convergencias económicas.

Desde entonces se ha confirmado la imposibilidad de que Turquía, a medio o largo plazo, pueda integrarse en el bloque europeo por razones evidentes de tipo geopolítico y constitucionales; razones que yo analicé hace más de diez años en un artículo en la revista ‘Política Exterior’, casi al mismo tiempo que el principal consejero de política exterior del partido popular, Jorge Moragas, se mostraba fervoroso creyente en el futuro europeo de Turquía.

Entretanto han ocurrido sucesivos intentos de golpes de estado en Turquía, varias confrontaciones diplomático-militares entre Atenas y Ankara, el enquistamiento de la división de Chipre en dos comunidades que viven a espaldas la una de la otra, el deslizamiento del primer ministro Recep Tayib Erdogan desde el parlamentarismo a la autocracia, y el despertar de Turquía a la realidad de que su geografía política no le dejará nunca escapar hacia Europa, pues es en su zona del mundo donde los turcos tienen mucho que hacer, mucho que contribuir y mucho con lo que cooperar con sus aliados oficiales de la OTAN y Europa. Véase su implicación en la guerra civil de Siria, donde juega un doble papel lleno de equivocidad: como espada contra el islamismo terrorista y conquistador, y como martillo de la etnia kurda desafecta y separatista.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, se sinceró al final de la reunión. Según dijo, no se han encontrado soluciones ni cerrado compromisos sobre la lista de problemas entre las dos entidades. Un día después, el primer ministro Binali Yildirim se quejaba de que por parte de la UE no había visto ningún intento de acercamiento.

Con todo, las relaciones no se declaran oficialmente muertas. Erdogan pidió que la Unión cumpliera su promesa de levantar la exigencia de visados para los turcos que entren en Europa, así como que se muestre más activa en luchar contra el terrorismo (oficialmente el motivo de la intervención turca en Siria).

Hay un asunto en que la cooperación se mantiene intacta: el acuerdo de retención en Turquía de los refugiados sirios que huyen del conflicto en su tierra, y que debe reportar al gobierno, según lo acordado, €6.000 millones, aunque Ankara se queja de la impuntualidad en los pagos. En todo caso, el dossier UE-Turquía será examinado en una reunión consagrada a mover la agenda, en abril próximo, aunque el principal obstáculo para un progreso significativo es la permanencia del estado de emergencia, decretado por Erdogan a raíz del intento de golpe de estado, en 2016. Las relaciones de Turquía con la Unión están condicionadas por la conflictividad inherente a los intereses estratégicos cruzados de los principales agentes internacionales. En febrero, el presidente Macron pidió a Erdogan, en una conversación telefónica, que extendiera a la región siria de Afrin el alto el fuego decretado por la ONU para todo el país. Afrin es uno de los principales escenarios de la lucha de Turquía contra los separatistas kurdos. Pero, sobre todo, Ankara no debería poner sus miras territoriales sobre el conflictivo país situado en su frontera sur, advirtió Macron.

Este desacuerdo franco-turco inquietó al presidente Trump, receloso de la inclinación pragmática de Turquía a entenderse con Rusia cuando cree que sirve a sus intereses. Por eso Trump habló con Macron, el pasado día 27, enfatizando la importancia de cooperar con Turquía y confrontar juntos “los desafíos estratégicos compartidos en Siria”.

Europa y Turquía se complementan y necesitan por una serie de factores. Por ahora, nada que pretenda ir más allá de ese pragmático programa parece realizable.