José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Si fuera verdad que los “diálogos vacíos y las quejas de los políticos de Washington” se han terminado desde ayer, es de esperar que el siguiente discurso de Donald Trump tenga más contenido, más proyectos y más inspiración. Porque las primeras palabras del 45 Presidente de los Estados Unidos fueron una sucesión de mensajes breves, electoralistas y populistas, incapaces de reconocer los logros de sus predecesores, ni los retos comunes de un mundo globalizado, ni el histórico liderazgo democrático norteamericano. Un discurso gris, en un día nublado. Con un mensaje único, ronco y mal pronunciado: “América primero”. Antes que nada y más lejos de todo lo que no sea, América.

Donald Trump ha situado en el eje de su primera valoración sobre el futuro de su país y del mundo a los votantes desencantados de algunos estados deprimidos de los Estados Unidos que han dado su confianza a un nuevo Presidente que desde ayer lidera a la sociedad global. Con el objetivo de recuperar los puestos de trabajo y las fronteras que, según ha repetido Trump en el discurso inaugural en el Capitolio, se han perdido por culpa de una política basada en el apoyo a naciones insolidarias y a problemas ajenos a todos esos americanos desencantados para quiénes, al parecer, él va a trabajar. Con el proyecto de revitalizar las infraestructuras y la obra pública que, según pudiera entenderse al escucharle, piensa impulsar.

Haciendo esto, y recuperando la territorialidad de algunas empresas dispersadas por el entramado global, sin otra finalidad que la de usurpar la propiedad y el trabajo a los americanos y reducir sus beneficios y su bienestar, América “será más grande, más segura y más próspera” que nunca antes en la historia. Y en esa América con mejores puentes y carreteras, la unidad de la nación será posible porque la sangre que corre por las venas de los americanos, no sólo de los desencantados votantes de cinco estados concretos azotados por la recesión, sino de todos los americanos, es común, es patriota y tiene el apoyo de Dios.

Difícilmente puede “mirar una nación hacia su interés” en un mundo abierto a la globalización y al intercambio. Con dificultad puede una potencia global “desterrar al terrorismo internacional de la faz de la tierra” sin el apoyo y la cooperación de los aliados. Difícilmente puede “brillar América” si el Presidente de los Estados Unidos no transmite una imagen de liderazgo político basado en unos principios que inspiren a la comunidad internacional y a los ciudadanos.

Ayer, como pocas veces, en el Capitolio en Washington, brilló la esperanza de la mayoría de los ciudadanos demócratas y republicanos que escucharon con respeto las palabras roncas de Donald Trump. Con la convicción y la confianza de que la grandeza y la legitimidad de la democracia están por encima de las palabras del Presidente. Cuyo poder está limitado por las instituciones, por el tiempo y por la razón.