Olga Salido, profesora de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid/Observatorio Social de "la Caixa" 

La crisis económica y financiera ha golpeado con especial intensidad a nuestro país, pero sus efectos no han sido iguales para todos, pues aunque ha habido un empobrecimiento generalizado del conjunto de la población, el impacto ha sido mucho mayor en las clases bajas. Frente a lo ocurrido en otros países, el aumento de la desigualdad en nuestro país se debe más a la pérdida de posiciones de los estratos de renta más bajos, que al mayor enriquecimiento de los ricos. 

Puntos clave 

  • 1 En términos reales, entre 2007 y 2013, la renta media del 10% más pobre disminuyó aproximadamente el 30%, mientras que la del 10% de los más ricos experimentaba caídas que apenas superaban el 10%. 
  • La cuota de renta de los hogares más ricos (decila 10) ha pasado de ser 9,5 veces mayor que la del segmento más pobre (decila 1) a 13,7 veces, debido principalmente a la caída de la renta de las clases bajas. 
  • Aproximadamente 3 de cada 4 personas que en 2008 pertenecían a los grupos de renta más bajos (decilas 1 y 2) quedaron en la misma posición tras la fase más dura de la crisis. 
  •  La crisis no ha introducido grandes cambios en el reparto del pastel, pero ha ayudado a que las situaciones de desventaja cristalizaran y por ello ha limitado las opciones de progresar de los más pobres. 

Trayectorias de movilidad de las distintas decilas de ingresos entre 2008 y 2011

Durante la primera y más dura fase de la crisis (2008-2011), los más pobres han sido los grandes perdedores. La inmovilidad es máxima en los extremos de la distribución de ingresos: en 2011, ricos y pobres se mantenían en gran medida en las mismas posiciones de las que partían al comienzo de la crisis. La movilidad entre los extremos es prácticamente inexistente (apenas 1%-2% atraviesa la escala de ingresos en uno u otro sentido), de modo que lo más probable para los pobres es seguir siéndolo tres años después. Para los más pobres (decilas 1 y 2), la opción más probable es quedarse en su misma clase de origen o, como mucho, ascender a los estratos más bajos de la clase media. Para los más ricos, la inmovilidad es la norma: 65,5% de la decila 10 se queda en la misma posición; un 13,2% pasa a la decila 9, sin dejar de ser ricos; y un 20% cae la clase media. 

Las clases medias: ni son un grupo compacto, ni son las más vulnerables

La movilidad para la clase media se produce sobre todo entre posiciones dentro de la misma. Sin embargo, la clase media tiene un comportamiento diferente en sus extremos inferior y superior. La vulnerabilidad de la clase media baja ha sido mayor durante la crisis (un 26% de los que estaban en 2008 en la decila 3 cae en la pobreza), mientras que un 28,4% de la decila 8 pasan a las decilas más altas, engrosando las filas de los ricos.

 

Resumen

Este artículo analiza los cambios en la posición de las distintas clases económicas en España desde el período previo al inicio de la crisis. El objetivo principal es evaluar hasta qué punto se han producido movimientos en las posiciones globales de las distintas clases. Los resultados apuntan más bien a la estabilidad con respecto a la situación previa a la crisis como rasgo más destacado. Aunque se produce un distanciamiento entre la renta de las clases más ricas y las más pobres, no encontramos evidencia que sustente la idea de un desclasamiento general de la clase media ocurrido al hilo de la crisis, siendo los estratos más pobres los más vulnerables a su impacto.

1. Introducción

La polarización entre clases sociales, agudizada por la crisis y alimentada por la globalización, se ha convertido en los últimos tiempos en un tema de creciente preocupación, por sus posibles efectos sobre el crecimiento económico. Tanto es así que, actualmente, este tema ocupa un lugar destacado en la agenda política al más alto nivel (Comisión Europea, 2010; OCDE, 2015).

En una faceta más sociológica, el foco se centra frecuentemente en la posible pérdida de oportunidades para las generaciones futuras, con una creciente dificultad para alcanzar los niveles de vida de sus padres y abuelos, que amenaza con convertirse en un proceso de desclasamiento de difícil retorno (Estefanía, 2016; Gaggi y Narduzzi, 2006; Galbraith, 2013). Hasta qué punto esta pérdida de expectativas se puede traducir en una ruptura de la confianza en el funcionamiento del sistema democrático y de sus fundamentos morales es una cuestión abierta. Para algunos autores, es uno de los grandes retos de las democracias liberales occidentales (Fukuyama, 2012), al que la reciente aparición de movimientos y partidos de corte populista no resultaría ajena.

Como resultado de la crisis, se produce un empobrecimiento generalizado de los distintos segmentos de la población.

El caso de España tiene especial interés porque es uno de los países donde mayor ha sido el impacto social y económico de la crisis. En las líneas que siguen se aborda la cuestión de la posición económica de la clase media a lo largo de la última década en España, desde distintos ángulos. En primer lugar, examinamos la evolución de la renta media de las distintas clases económicas con el objeto de evaluar el deterioro real sufrido por cada una. En segundo lugar, consideramos los eventuales cambios en el reparto del «pastel» entre las distintas clases de renta y sus implicaciones desde el punto de vista de la desigualdad. Por último, analizamos las trayectorias de movilidad entre las distintas clases, cuestión crucial para poder determinar los procesos de movilidad que se están produciendo.

2. ¿Una crisis igual para todos?

La primera cuestión que nos plantearemos es cómo los ciudadanos han acusado el impacto de la crisis, según sean sus niveles de ingresos, independientemente de su origen. Es decir, según su renta.

La tabla 1 recoge la evolución de la renta media de las distintas decilas de ingresos (o grupos del 10% de la población) en términos reales, descontado el efecto de la inflación. Al igual que durante los años previos a la crisis todos los grupos incrementan su renta media, tras la crisis se produce un empobrecimiento generalizado de los distintos segmentos de la población. Únicamente la decila 1, que agrupa al 10% más pobre, rompe esta pauta, puesto que es la única que presenta una caída del nivel de renta ya antes de la crisis.

Las rentas medias son por persona (unidad de consumo), pero se obtienen, para cada hogar, teniendo en cuenta su composición, para integrar en la renta el efecto de las economías de escala. El precio de alquiler de una vivienda, por ejemplo, es el mismo vivan en ella una o cuatro personas. La renta media se calcula dividiendo los ingresos totales del hogar entre el número de unidades de consumo. Y el número de unidades de consumo se calcula, a su vez, concediendo un peso de 1 al primer adulto, un peso de 0,5 a los demás adultos y un peso de 0,3 a los menores de 14 años. Una vez calculado el ingreso por unidad de consumo del hogar se adjudica éste por igual a cada uno de sus miembros.

Todos, ricos y pobres, se volvieron más pobres con la crisis, pero ¿unos más que otros? Al tratarse de cantidades absolutas, las variaciones de mayor entidad se dan, lógicamente, en la parte alta de la distribución, es decir, entre las clases más ricas, y son menores en la parte baja, entre las más pobres. Esto no quiere decir, obviamente, que la decila más pobre haya sorteado mejor la crisis, sino que el descenso en términos absolutos de la renta media fue mayor en la parte alta de la distribución (4.708 euros de pérdida media en la decila 10 frente a 1.151 en la decila 1). Al contrario de lo que con frecuencia suele pensarse, la crisis no ha hecho excepción con los ricos  (Ariño, 2016).

El impacto de la crisis ha sido mucho mayor en las clases bajas que en las clases medias. En estas últimas, el porcentaje de renta nacional de la que disponen permanece prácticamente inalterado, en torno al 53%.

Si nos fijamos ahora en el segmento de población que ocupa el 60% central de la distribución de ingresos (decilas 3 a 8), habitualmente definido como clase media, el rango de variación de su renta es más limitado: oscila entre 2.194 euros de caída en la decila 3 y 3.342 en la decila 8. No obstante, el diagnóstico del empobrecimiento general se repite: los valores medios de renta correspondientes a cada decila cayeron por debajo de los que correspondían al escalón inmediatamente anterior seis años antes.

Examinemos ahora el cambio en términos relativos, tomando 2007 como punto de referencia. Las pérdidas mayores se produjeron en la decila 1 (los más pobres), que vio menguar su renta en aproximadamente un tercio entre 2007 y 2013, mientras que la decila más alta perdió tan solo un 12,6%. Por su parte, las clases medias disminuyen su renta también en menor medida según nos desplazamos al límite superior: cuanto más ricas, menor ha sido la pérdida relativa.

Dentro de este grupo, las pérdidas oscilan entre el 23,1% y el 16,2% para las decilas con menor y con mayor renta (decilas 3 y 8, respectivamente, de la tabla 1). Así pues, no todas las clases perdieron por igual y son las clases más pobres las que más perdieron proporcionalmente.

En resumen: la crisis ha provocado una mengua de la renta disponible en todos los hogares, pero la pérdida ha sido más acusada cuanto más pobre es el hogar.

3. ¿Ha cambiado la posición relativa de los distintos grupos de renta?

Dejando al margen los cambios en el volumen de renta, nos preguntamos ahora por lo que podríamos llamar el «reparto del pastel». Si el reparto fuera completamente igualitario, a cada decila, esto es, a cada 10% de la población, le correspondería un 10% de la renta total, una situación que dista mucho de la realidad. La cuestión importante es si este reparto ha variado a lo largo de la última década y, especialmente, desde el comienzo de la crisis.

Como ilustra el gráfico 2, los cambios en la cuota de renta correspondiente a cada decila han sido prácticamente inexistentes a lo largo de la última década; solo se aprecian ligeras variaciones en las decilas extremas, la inferior y la superior.

Incluso considerando agregaciones para obtener grupos de renta más grandes, las variaciones no resultan significativas: el 20% más rico, que tenía en 2007 un 39,0% de la renta total, había ganado 1,2 puntos porcentuales en 2013. En el otro extremo, el 20% más pobre había perdido algo menos de un punto en ese mismo período, pasando del 7,1% en 2007 al 6,3% en 2013. Si bien es cierto que el porcentaje de renta que corresponde a los grupos más altos aumenta ligeramente en este periodo, dicho aumento no se debe, como se ha visto en el apartado anterior, a un incremento de renta en términos absolutos.  

Esta variación de aproximadamente un punto porcentual en ambos extremos tiene, lógicamente, un peso mayor entre los más pobres, porque parten de una cuota de renta menor. Así, una caída de alrededor del 1%, como le ocurre al 20% más pobre, representa un descenso del 11,3% en su cuota de renta total disponible, mientras que una ganancia de 1,2 puntos, como le ocurre al 20% más rico, representa un incremento del 3,1%.

Son, por lo tanto, los extremos los que muestran algún cambio en su cuota de renta.

En definitiva, podemos decir que la evolución reciente de la desigualdad, considerando el total de la renta, se debe, sobre todo, a las oscilaciones a la baja de la clase más pobre y no al enriquecimiento de los más ricos.

Desde el comienzo de la crisis, el 20% más rico ha capturado un 1% adicional de renta, mientras que el 20% más pobre ha perdido, precisamente, un 1% de renta.

Este punto queda ilustrado en el gráfico 3. Este gráfico relaciona al 10% más rico (decila 10) con la decila 5. Entre los años 2004 y 2013, los hogares de la decila 10 disfrutan de una renta alrededor de tres veces mayor que la decila 5, y esta relación se mantiene muy estable, con ligeras variaciones, durante estos años. En cambio, la distancia entre las decilas extremas se incrementa de manera continuada a lo largo de la última década, y de forma particular a partir de 2007. Este incremento se debe en su totalidad a las pérdidas de los grupos más pobres. Estas pérdidas son las responsables del aumento de la distancia entre ricos y pobres, y no el incremento en las rentas de los grupos más ricos ya que, como hemos visto en la tabla 1, también ellos experimentaron pérdidas absolutas de renta, aunque proporcionalmente mucho menores.

Esta conclusión es importante porque sitúa a España lejos del patrón polarizador según el cual los ricos se enriquecen a costa de los pobres; un patrón que, con frecuencia, se asume como parte de una tendencia general en la mayoría de los países desarrollados. Los datos no apoyan ni la hipótesis del declive económico de la clase media, ni la del enriquecimiento de los más ricos a su costa. Lo único evidente es que, tanto en términos relativos como absolutos, los segmentos más bajos de la distribución fueron los que más sufrieron el impacto de la crisis.

4. La movilidad a lo largo de la distribución de ingresos: ¿se ha detenido el ascensor social?

Una cuestión relevante a la hora de evaluar las posibles implicaciones económicas, sociales e incluso políticas del escenario descrito más arriba es saber hasta qué punto los individuos se mueven entre las distintas clases de renta a lo largo del tiempo. Cuanto mayor es la probabilidad de que los individuos queden anclados en sus posiciones de partida, menores son las oportunidades de movilidad social y mayor el peligro de que las situaciones de desventaja se enquisten y se cronifiquen.

El gráfico 4 muestra cómo han evolucionado las distintas decilas a lo largo del período que discurre entre 2008 y 2011, que corresponde aproximadamente a la primera y más aguda fase de la crisis.

En nuestro análisis, se toma como punto de partida la decila de ingresos en la que se encontraban las personas al comienzo del período y, como punto de llegada, los tres grandes grupos de renta definidos anteriormente (ricos, pobres y clase media). La posibilidad de mantenerse en la misma decila de origen se clasifica como inmovilidad. Alguien que, por ejemplo, estuviera en 2008 en la decila 1 será clasificado como «inmóvil» si está en la misma decila en 2011; «pobre», si se mueve a la decila 2; «clase media», si ha experimentado movilidad ascendente a cualquiera de las decilas entre la 3 y la 8; y «rico», si alcanza una de las dos decilas más altas.

Así, empezando por la parte más a la derecha de la distribución en el gráfico 4, un 65,5% de los individuos que partían de la decila 10 permanecían en el mismo lugar tres años después y solo un 13,2% había experimentado movilidad de corto recorrido hasta la decila 9, es decir, seguía estando en la clase alta. Así pues, aproximadamente 3 de cada 4 individuos (el 78,8%) pertenecientes al 10% más rico al comienzo de la crisis seguían siendo ricos en 2011, mientras que un 20% descendía a la clase media, y un irrelevante 1,2% se situaba en las dos decilas más bajas, cayendo en la pobreza.

Un patrón bastante similar ocurre en el extremo opuesto, la decila 1, la más pobre. No obstante, en este caso es menor el porcentaje de los que se quedan en la misma decila (52,9%) y sensiblemente mayor el de los que experimentan movilidad ascendente de corto recorrido hacia la decila 2 (23,1%). Con todo, un 76% seguía siendo pobre al final del período.

El porcentaje de los móviles hacia la clase media llega al 21,7%, y un pequeño 2,3% consigue escalar hasta las decilas 9 y 10, convirtiéndose en ricos de acuerdo con nuestra clasificación.

Las cosas son bastante distintas cuando nos movemos a la decila 2. En esta franja, la inmovilidad, es decir, la permanencia en la misma decila, es del 35,3% de las personas. Los que cambian de decila van, en su mayor parte, a las franjas de la clase media: el 46,4% de las personas en la decila 2 pasaron a alguna decila entre la 3 y la 8. En cambio, el 17,1% de quienes pertenecen a la decila 2 descienden a la categoría inmediatamente inferior. El porcentaje de los que hacen el salto desde esta decila a las dos más altas es insignificante. El balance puede verse como la botella medio llena o medio vacía: una de cada dos personas de la decila 2 salió de la pobreza tras el primer período de la crisis; el resto se quedó en ella, incluso en peor situación.

En cuanto a las personas con origen en la decila 3, encontramos que su principal trayectoria es de movilidad ascendente hacia otras posiciones dentro de la propia clase media (43,8%), siendo despreciable el porcentaje de los que alcanzan las dos decilas más altas. Se observa, pues, que las decilas del extremo inferior de las clases medias son las más vulnerables, convirtiéndose en pobre aproximadamente un 26% de los que estaban en la frontera de la pobreza en 2008 (decila 3), mientras que la probabilidad de movilidad ascendente hacia las clases más ricas se eleva al 28% en las decilas que conforman el límite superior de la clase media.

5. Conclusiones

Considerando el total de la renta española, según nuestros análisis parece evidente que, sobre todo en términos relativos, los segmentos más bajos de la distribución fueron los que más sufrieron el impacto de la crisis.

Todas las clases experimentaron una pérdida de ingresos en términos reales desde el comienzo de la crisis y, en términos absolutos, las pérdidas fueron mayores en el extremo superior de la distribución de ingresos, entre los ricos, aunque obviamente estas pérdidas quedan diluidas cuando se considera el punto de partida.

Por otra parte, y frente a lo que suele pensarse, la crisis no ha supuesto un cambio importante en la posición relativa de las distintas clases de renta: el «reparto del pastel» ha permanecido inalterado durante los últimos años, a pesar de la fuerte crisis económica y de la caída del empleo en nuestro país. Justo o injusto, la crisis no introdujo cambios significativos.

Desde el comienzo de la crisis, los principales cambios en la distribución de la renta pueden resumirse en aproximadamente un punto porcentual más de renta para el 20% más rico y uno menos para el 20% más pobre. Así pues, podemos decir que el reciente aumento de la desigualdad en nuestro país, más que al despegue de los ricos, se debe a la pérdida de posiciones de los estratos de renta más bajos. Como señalábamos anteriormente, esta conclusión es importante porque rompe con el patrón de creciente polarización que suele extrapolarse al conjunto de los países occidentales desarrollados.

El reciente aumento de la desigualdad en nuestro país se debe a la pérdida de posiciones de los estratos de renta más bajos, más que al despegue de los ricos.

Es posible que España sea una anomalía en este sentido o, más bien, que lo sean los países anglosajones, frecuentemente tomados como referente a la hora de establecer las comparaciones internacionales.

Finalmente, hemos observado que la inmovilidad ha sido la norma en ambos extremos de la distribución: la probabilidad de quedarse en la posición de partida durante el primer período de la crisis fue mayor tanto para los que partían de las decilas más altas como para quienes lo hacían de las más bajas. Aun así, un porcentaje apreciable de los que en 2008 estaban en situación de pobreza habían ascendido a la clase media en 2011. Por otra parte, las decilas centrales, pertenecientes a la clase media, fueron las más móviles, siendo mayor la probabilidad de ascender a las posiciones más altas a medida que sus posiciones de partida eran más altas, mientras que el umbral inferior resultó el más vulnerable al impacto de la crisis.

Así pues, el empobrecimiento de las personas hasta llegar a ser clasificables como pobres no ha sido un fenómeno generalizado, sino que ha afectado fundamentalmente a las que ya estaban en la frontera de la pobreza. Quizá sea en ellas en quienes habría que centrar el debate social y político.

6. Referencias

ARIÑO, A. (2016): La secesión de los ricos, Barcelona: Galaxia Gutenberg.

COMISIÓN EUROPEA (2010): «Europa 2020: Una estrategia para un crecimiento inteligente, sostenible e integrador», Comunicación final de la Comisión, 3.3.2010, COM(2010) 2020 final. 

ESTEFANÍA, J. (2016): Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?, Barcelona: Planeta.

FUKUYAMA, F. (2012): «The future of history. Can liberal democracy survive the decline of the?middle class?», Foreign Affairs, 91(1).

GAGGI, M., y E. NARDUZZI (2006): El fin de la clase media y la sociedad de bajo coste, Madrid: Lengua de Trapo.

GALBRAITH, J.K. (2013): «El destino de la clase media», La Vanguardia Dossier, El mundo de la clase media, 47.

OECD (2015): In it together: why less inequality benefits all, París: OECD Publishing.