Carmen Chato

En los años en los que el siglo XX perfila sus primeros pasos, el destino del Sultanato de Marruecos se traza bajo la pluma que firma el Convenio franco-español de 1912 por el que España y Francia se reparten la región. El protectorado español comienza así su andadura en la zona del Rif y la costa mediterránea, intentando conjugar la complejidad social existente en el Marruecos de la época con esta nueva realidad política que se mantuvo en pie hasta 1956.

Una mayoría de origen bereber comienza entonces a coexistir con los nuevos vecinos españoles: militares y funcionarios a los que cada día se les van uniendo otros profesionales como médicos, comerciantes o maestros. A pesar de que la inestabilidad que genera la Guerra del Rif (1921-1927), miles de recién llegados comienzan a sentir el Marruecos español como parte de su historia personal y familiar.

Tetuán, como capital del protectorado, es el testigo de esta creciente fusión de costumbres de uno y otro lado del Estrecho, convirtiéndose en el referente de la época. Así es cómo surge el Club Atlético de Tetuán, importado desde Madrid, en su espíritu y en su forma.

Cuando el madroño se convirtió en palmera

Fundado en 1933, el Atlético de Tetuán nace de la mano de un grupo de españoles residentes en la capital del Protectorado español, con Fernando Fuertes de Villavicencio, ex jugador del Atlético de Madrid, al frente. Defendiendo los mismos colores que su “padre” madrileño -el rojo, el blanco y el azul- el equipo se convertirá con el tiempo en el único del Norte de África que ha jugado en la Primera División de la Liga española de fútbol.

Con el ánimo de recuperar tanto el espíritu del equipo como el de una época, la Asociación rojiblanca Los 50, en colaboración con la Asociación de antiguos residentes y amigos de Marruecos La Medina y la Plataforma Erensya, ha desempolvado todo lo que significó el Club en la  muestra “Tetuán a rayas. El madroño se volvió palmera”.  La exposición que ha viajado a los Institutos Cervantes de Tetuán y Tánger, refleja como el Atlético de Tetuán vertebró culturas y religiones, convirtiéndose en un exponente de integración y tolerancia.  La muestra incide no sólo en lo deportivo, sino en que precisamente el deporte puede ser una vía muy eficaz para derribar barreras y para descubrir al “otro”, al extranjero. En definitiva, para trasladar la mentalidad abierta que define a aquel Atlético Tetuán en sus años de gloria.

La trayectoria deportiva del Atlético de Tetuán comenzó con partidos amistosos en el año 1934 hasta que en la siguiente temporada jugó su primera competición oficial: la S.A.J el Jalifa. Torneos que enfrentaban a los equipos del Protectorado, su proclamación como Campeón de Marruecos, la Copa de España y la Gran Copa fueron algunos de sus hitos en la España anterior al estallido de la Guerra Civil. Tras la contienda, los partidos se reanudan y la estrella del Atlético de Tetuán comenzaba a brillar dentro ya de la Federación Española del Norte de África. Poco a poco, fue ascendiendo desde la Tercera División en la temporada 1942/43 hasta alcanzar la tan deseada Primera en 1950/51. Finalmente, con la independencia de Marruecos en 1956, el Club desapareció y se fusionó con otro equipo, también del Norte de África, la Sociedad Deportiva Ceuta y que dio origen a otro atlético, el Atlético Ceuta.

Pero la afición y el cariño de los tetuaníes por su equipo permanecieron. En 1961 el Mogreb Atlético Tetuán recoge el testigo, esta vez, para jugar en la Liga marroquí. Un equipo que heredó los colores, el campo de juego y una vinculación al Atlético de Madrid que llega hasta la actualidad. Cosas del destino, o de la pericia de sus jugadores, ambos equipos se proclamaron campeones de sus ligas nacionales en la temporada 2013/14.

Jugar al fútbol en el Norte de África

El hecho de ascender a Primera División le otorgó el estatus que todos los equipos buscan. Pero el caso del Atlético de Tetuán era especial: en la mayoría de los encuentros tenía que desplazarse a la península, cuando no atravesarla entera. Hasta cuatro escalas tenían que realizar si era Canarias el lugar en el que se iba a disputar el encuentro. El ferry de Ceuta, carreteras imposibles, un sencillo autobús… Unos viajes que, como explican desde la Asociación Los 50, se hacían en condiciones modestas, pero para los que siempre conseguían fondos, aunque fuera con la venta de la tradicional lotería de Navidad. Pero el Atlético de Tetuán no sólo consiguió hitos por las dotes de sus jugadores. Su estadio, que tuvo diversos nombres como Estadio Varela o Sania Ramel, fue el primero de los que se construyeron en África. Con una capacidad de 10.000 espectadores, durante años fue el más grande de todo el continente.

Con todo, su logro más importante no fue el éxito deportivo sino su carácter aglutinador de culturas. El propio escudo es buena prueba de ello: a la mezquita tetuaní de Sidi Baraka sobre los tejados de la medina, una palmera y una luna en cuarto menguante se unen las franjas rojas sobre fondo blanco. Lo completa una estrella de cinco puntas.

Un Club con una personalidad que anda pareja a la de Tetuán, forjada a lo largo de los siglos, con musulmanes, judíos y cristianos viviendo en sus calles y jugando en el Estadio Sania Ramel. Forofos de distintas religiones y creencias defendían los colores rojiblancos de un equipo que entre su alineación contó con nombres como Mohammed Lahcen “Chicha”, Ben Barek “La perla negra”, Esteban Alarcón, Jaco Zafrani o Miguel Vinuesa.

La herencia del espíritu del Atlético de Tetuán

La ciudad de Tetuán y su Club de fútbol son representantes de una época que parece ya superada. En herencia, ambos dejan un patrimonio intangible: la diversidad cultural derivada de esa convivencia, tal y como recuerda Esther Bendahan, escritora de origen tetuaní y miembro de la Plataforma Erensya. Comunidades de judíos de origen sefardí, desde siglos atrás instalados en la zona rifeña, hablaban haketía, una fusión del árabe, el español y el hebreo. Comerciantes y profesores acudían a la sinagoga, al Casino los más pudientes, al estadio del Atlético muchos de ellos. Y allí disfrutaban de la vida con sus congéneres, musulmanes y cristianos. Luis Mur, representante de la Asociación La Medina y ex residente de Tetuán, describe de igual forma una existencia adelantada a su tiempo, con una buena calidad de vida y que confería a la ciudad un aura distinta y cosmopolita.

Sin llegar al elitismo de Tánger, los tetuanís integraron de forma natural las distintas facetas de la ciudad, un ambiente con personalidad propia. Una identidad liberal, multicultural y abierta a lo diferente. Tal y como era el Club Atlético de Tetuán.

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