Atalayar

Pie de foto: La iniciativa se enmarca en los talleres Grandes Lectores que promueve la entidad, y en los que participan más de 12.000 mayores anualmente

Esperando la muerte, relato escrito por el barcelonés Hernán Morgenstern, ha sido designado hoy como ganador del X Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores, organizado por la Obra Social ”la Caixa” conjuntamente con Radio Nacional de España, y con la colaboración de La Vanguardia. Además, Nieve, cuento escrito por Miguel Núñez (60 años, Málaga), y No te entiendo, de Santiago del Castillo (67 años, Málaga), han obtenido sendos accésits en el concurso.

Soledad Puértolas y Fernando Schwartz,escritores; Jesús Arroyo, director corporativo de Comunicación y Marketing de la Fundación Bancaria ”la Caixa”; Ignacio Elguero, director de Programas de Radio Nacional de España; Llàtzer Moix, subdirector de La Vanguardia,yAurora Del Amo, ganadora del concurso en la pasada convocatoria, han ejercido como jurado de la presente edición del certamen y han presidido en CaixaForum Madrid la ceremonia de entrega de los premios a los 15 finalistas.

La participación de los mayores en este certamen no ha dejado de aumentar desde su puesta en marcha en 2009, cuando se recibieron 375 relatos.A la décima edición del concurso se han presentado un total de 1.494 relatos, 142 más que en la anterior. Los autores proceden, en su mayoría, de la Comunidad de Madrid (327), Cataluña (238), Andalucía (167) y la Comunidad Valenciana (109). Por edades, el 42 % son mayores de 70 años; el 41 %, de 60, y el 15 %, de 80. Asimismo, la participación ha sido equitativa por sexos (53 % de mujeres y 47 % de hombres).

El objetivo del certamen es impulsar la participación y el papel activo de los mayores en la sociedad, fomentando el hábito de la lectura y el uso de la imaginación, la creatividad y su capacidad para asumir nuevos retos. Los relatos escritos por personas mayores son el reflejo del conocimiento acumulado en años de experiencias, y también de cómo observan nuestra historia, nuestro tiempo y su propia vida.

El premio del concurso consiste en la emisión radiofónica del relato y en su publicación en las páginas web de la Obra Social ”la Caixa”, RNE y el periódico La Vanguardia. Asimismo, el ganador o ganadora es obsequiado con un ordenador portátil y será miembro del jurado del concurso en 2019. Como reconocimiento a todos losparticipantes, los relatos finalistas se publican bianualmente en un libro. Este octubre se editará Relatos finalistas 2017-2018 y ganadores 2009-2018, que, además, hará un repaso de los ganadores de las diez ediciones. 

Estos libros se emplean para dinamizar los talleres literarios Grandes Lectores, que se realizan tanto en los centros propios de la Obra Social ”la Caixa” como en aquellos donde existe un convenio con administraciones de toda España. Más de 3.500 mayores participan anualmenteen estos talleres, que promueven puntos de encuentro para mejorar la comunicación y favorecer las relaciones sociales y la creación de vínculos, y que se desarrollan en forma de tertulias participativas acerca de un libro elegido especialmente por su temática. 

Un emblemático programa de atención a personas mayores

El Programa de Personas Mayores de la Obra Social ”la Caixa”tiene por objetivo situar a los mayores como protagonistas que participan plenamente en la sociedad, fomentando su envejecimiento activo, su dignidad y el buen trato hacia este colectivo mediante actividades de formación y de voluntariado, y prestando especial atención a las personas mayores en situación de vulnerabilidad. En 2017, participaron en las actividades del programa más de 821.000 usuarios, a través de los 615 centros de mayores propios o en convenio que la entidad tiene en toda España.

Juntos paso a paso, en RNE

Juntos paso a pasoes un programa de servicio público especializado en información sobre personas mayores y personas con discapacidad, dos colectivos de ciudadanos con dificultades para hacerse oír y recibir información de utilidad. En este sentido, el programa trata de normalizar sus vidas y promover un envejecimiento activo y saludable. Este objetivo se alcanza desplazándose a residencias y centros de mayores, donde abren sus micros para que sean los propios oyentes los que hablen y expongan su situación.El ganador de este décimo Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores tendráun espacio en el citado programa, donde, además, se emitirá la adaptación radiofónica de su texto.

Texto completo del relato ganador

Esperando la muerte

Borges saludó al mozo y se sentó en su mesa habitual de la confitería Sant James de la calle Maipú. 

Le sirvieron lo de costumbre y esperó hasta que María llegara para escribir lo que le iba rondando en su cabeza desde la conversación con Kafka en el cementerio de Zizkov.

María cruzó la puerta con su habitual elegancia, pero ante la ceguera del escritor y el trabajo de Remigio detrás de la barra, nadie pudo contemplarla.

Borges que ya conocía los pasos y el perfume de su ayudante, esperó sin impaciencia el beso en la frente. Después le contó brevemente, pero con intensos detalles, su encuentro con el escritor checo.

María, mientras acomodaba su libreta y el bolígrafo y encendía la grabadora de cinta, lo escuchaba con interés. Ya no le sorprendía fantasía alguna, y que su jefe hubiera estado hablando con Kafka, muerto hacía años, y con el que había quedado en escribir un cuento con dos versiones diferentes, no la inmutó, aunque sí le divirtió la idea.

- Usted nunca me deja impasible - le dijo María

- Y usted me alegra el día - le respondió

Aunque la confitería de la calle Maipú comenzó a llenarse de clientes habituales y de un ruido apagado, todos sabían que cuando Borges estaba con María, nadie podía acercarse a saludarlo o a hablar con él.

- Cuando quiera empezamos - Le dijo la ayudante

Borges se quedó en silencio con la mirada en el infinito, mientras poco a poco iba dando cuenta del café con leche que tenía delante.

“Como todos los dieciocho de marzo desde hacía quince años, y después de que una mujer le tirara las cartas del tarot en una esquina cerca del puente de Rialto en Venecia, Romualdo Antúnez salía de su casa sobre las doce menos diez de la noche, caminaba unas cuadras y con cierta tranquilidad se sentaba en el banco de la plaza Güemes.

A las doce menos tres minutos encendía el cigarro y a partir de las doce en punto del día señalado, esperaba la inevitable muerte, pese a que la hora correcta eran las once y treinta y seis de la mañana.

Quince años antes, cuando Antúnez salió de la pensión en Venecia, era incapaz de saber que le iban a pronosticar el día y la hora de su muerte.

Como todas la mañanas, se levantaba sobre las siete aunque fuera domingo, se daba una ducha fría, pasaba por el bar de costumbre a tomar un capuchino con un panini de mortadela y caminaba por las orillas de los canales hasta la Plaza San Marco, donde vendía maíz a los turistas para que alimentaran a las miles de palomas que campaban y ensuciaban a sus anchas.

Antúnez no se ganaba mal la vida y estaba orgulloso de tener una de las oficinas más bonitas del mundo, aunque de tanto en tanto se inundara.

La mañana de ese domingo soleado de otoño, presagiaba un buen día de ventas, y no se equivocó. Y como cada día bueno de ventas, Romualdo Antúnez se daba un pequeño capricho, y esa tarde noche volviendo a la pensión por el puente Rialto, se dijo que ya era hora de saber cuál sería su destino, aunque la incertidumbre nunca le había quitado el sueño.

Ya había visto muchas veces a esa curiosa mujer que sentada en un taburete apoyaba su enjuto cuerpo encorvado contra un muro de piedra, y por delante tenía una pequeña mesa de madera sobre la que había una lámpara de queroseno, un mazo de cartas del tarot, una esfera transparente y un cartelito mal escrito a mano que rezaba “tu futuro por 5.000 liras”.

Aunque Antúnez fue con decisión a sentarse frente a la adivina, tuvo un momento de duda y se quedó observándola desde cierta distancia.

La mujer que tenía la cabeza cubierta por un pañuelo negro, levantó la vista, lo miró a los ojos, y con el índice le hizo señas de que se acercara.

Esta vez sin dudarlo, se sentó frente a la vieja.

Estuvieron en silencio unos largos segundos hasta que ella le preguntó qué quería saber.

Era algo que Antúnez no había pensado. Volvió a dudar.

- Quisiera saber si mi futuro va a mejorar - 

La mujer, que pareció encogerse de hombros, barajó las cartas y comenzó a darlas vuelta desplegándolas sobre la mesa. El loco, el ermitaño, la estrella y el colgado invertido quedaron expuestas boca arriba.

Romualdo Antúnez, se quedó mirando primero las cartas y luego la expresión de la mujer, satisfecho de que no hubiera salido la carta de la muerte.

- Hará un viaje a una tierra lejana, la fortuna en dinero no le sonreirá más de lo que le sonríe ahora, y amores... bahhhh - exclamó de forma despectiva la adivina.

Antúnez pensó que había tirado cinco mil liras. De todas formas, amablemente le dio las gracias a la mujer y cuando se marchaba, la vieja que había tirado otra carta, lo llamó.

- Algo importante -

Él pensó que al final le daría una buena noticia.

- Dígame -

- El diecinueve de marzo a las once y treinta y seis de la mañana usted va a morir -

En un primer momento Antúnez quedó petrificado, pero cuando pudo reaccionar, se sentó de nuevo.

- Usted lo dice para que siga aquí y le pague más -

La mujer lo miró con tristeza y ternura. - No hombre, no quiero más dinero, pero mi código deontológico me obliga a decir estas cosas -

Antúnez rió al oír esa frase.

- Estamos en mayo, eso quiere decir que me queda un poco menos de un año de vida. ¿Y cómo voy a morir? -

- No se cómo va a morir, pero tampoco puedo ver en qué año va a morir. Solo veo el día y la hora -

- Ahora sí que me deja desconcertado -

La mujer se encogió de hombros, le agarró la mano y lo bendijo.

Pese a su confusión, incertidumbre y algo de miedo, Antúnez le agradeció la sinceridad. Se levantó y casi como si su cuerpo no fuera suyo caminó durante horas sin rumbo por las orillas de los canales venecianos.

Horas más tarde entró en un bar y pidió una grappa.

Analizó la situación y decidió que eso no tenía sentido y que tal vez fuera una invención de la mujer para que pasara más seguido por su consulta callejera. Pero también recordó que le había dicho que no quería más dinero. Antúnez se angustió en un primer momento, pero después de un par de grappas, una pastilla para dormir y horas de sueño, se levantó sereno y con cierto pragmatismo usó el proverbio árabe “será lo que tiene que ser”.

El día que su avión estaba por aterrizar en el aeropuerto Internacional Pistarini de Buenos Aires, recordó a la vieja: “hará un viaje a tierras lejanas...”

Se estremeció en el asiento, pero volvió a recordar el proverbio árabe.

Si bien habían pasado más de quince años desde que le tiraron las cartas en las calles de Venecia, no olvidaba ni la fecha, ni la hora, ni la costumbre de ir a una plaza a sentarse en un banco a esperar su muerte.

Hubo años en que había llevado libros, otros fumaba  tranquilamente, pero la mayoría de las veces simplemente miraba a la gente que pasaba mientras controlaba el reloj. Un minuto después de la hora señalada, suspiraba con alivio y sabía que podía disfrutar de un año más.

La adivina nunca supo cuando murió, pero a Anselmo Antúnez lo encontraron muerto un día soleado de marzo en un banco de la plaza Güemes sobre la una de la tarde. Estaba sonriendo, y en sus manos aun sostenía un libro de Kafka y un cigarro consumido”.

Nombre: Hernán Morgenstern Hyderman

Edad: 61 años

Población: Pujalt (Provincia de Barcelona)