Laura Cañibano Ponce de León/Héctor Hernández Torremocha/Observatorio Relaciones Internacionales

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la crisis en Siria, iniciada en marzo de 2011, ha provocado el desplazamiento de más de 11 millones de sirios tanto dentro de las fronteras nacionales como en otros países. Tan solo en los primeros cuatro meses de 2018 más de 920.000 sirios se vieron obligados a abandonar sus casas.

El conflicto sirio comenzó cuando numerosos manifestantes sirios salieron a la calle para exigir la liberación de presos políticos y protestar contra el régimen de Bashar al Asad en varias ciudades del país. Las fuerzas de seguridad respondieron con, lo que prendió la mecha de la guerra. Ante la tensión social, Asad, cuya familia controlaba Siria desde hace décadas, anunció reformas institucionales, pero no consiguió acallar las voces de las críticas.

La escalada de violencia llevó a la Unión Europea y Estados Unidos a sancionar al Gobierno sirio. La Liga Árabe también se sumó a la presión internacional. Es así como en 2012 la escalada del conflicto y de la violencia ocasiona una guerra entre la insurgencia armada y el régimen de Bashar al Asad.

Es así como comienza la inmensa ola de refugiados que pugnaba por ingresar en Europa a través de Turquía o el Mar Mediterráneo. Todo esto ha ocasionado un cambio en el paradigma de la identidad y los valores europeos. Tal y como dice Ivan Krastev, “no es la crisis económica o la desigualdad la que explica el auge del nuevo populismo, sino el fracaso del liberalismo a la hora de solucionar el problema migratorio”. 

Lo cierto es que el problema migratorio está abriendo una gran brecha entre los diferentes países europeos que se están viendo afectados indirectamente por la crisis iniciada en 2015. Ya han pasado casi ocho años desde el inicio de la guerra siria y la Unión Europea no ha conseguido abordar el problema, fracasando en gran medida con las medidas propuestas en la Agenda Europea de Migración. Medidas como las de la reducción de los incentivos para la migración irregular, una política de asilo firme, convertir en seguras las fronteras exteriores y una reforma en la política de migración legal han sido propuestas. 

La sensibilidad de los ciudadanos europeos ante la actual oleada migratoria es muy diferente entre unos países y otros y, sobre todo, entre los votantes de la derecha e izquierda. En el país de la tierra del asilo, Francia, se ha convertido en uno de los países reacios a continuar acogiendo migrantes “sobre todo ilegales”, proponiendo medidas para frenar su llegada.

En Alemania, tanto la opinión pública como la política está endureciendo sus posiciones a gran velocidad, un claro ejemplo sería dentro de la coalición entre Angela Merkel y Horst Seehofer (partido CSU), el conflicto provocado por la decisión de expulsar inmigrantes irregulares. Posteriormente, Seehofer se reunió con los ministros del Interior de Austria e Italia para intentar frenar la llegada a la Unión Europea de personas sin el estatuto de refugiado. No obstante, no consiguieron llegar a un acuerdo y en gran parte por culpa de sus agresivas políticas de inmigración. Por ejemplo, Matteo Salvini (Italia) incluso ha tenido enfrentamientos desde hace dos años con Francia, por numerosos motivos entre los que cabe destacar el tema de expulsiones y prohibición de entrada de refugiados, llegando al punto de mandar a las fuerzas armadas a los puestos fronterizos para llevar a cabo un control estricto.

Este panorama de incertidumbre va a tener una evaluación por parte de la ciudadanía, que en en el próximo mayo de 2019 se realizarán las próximas elecciones europeas. La mala gestión de la crisis de los refugiados ha dividido a los diferentes socios entre los del Oeste y los del Este, y luego entre los de la primera línea costera y los de interior. En el caso de España los comicios coincidirán previsiblemente con las elecciones municipales y autonómicas. Reino Unido cuya salida oficial de la Unión Europea se realizará el próximo mes de marzo, ya no participará en ellos. 

La crisis ha despertado varios fantasmas del pasado, incluyendo el proteccionismo y egoísmo nacionalista. La opinión de la ciudadanía y los intereses de los diferentes partidos políticos serán de una gran importancia. Solo tras las elecciones podremos saber si finalmente los europeos legitiman la acción común y si los partidos de extrema derecha continúan avanzando a grandes pasos por las políticas europeas.