Raúl Redondo

Pie de foto: Imagen del nuevo gobierno libanés con el presidente Michel Aoun, el primer ministro Saad Hariri, el presidente del Parlamento Nabih Berri y los 30 ministros que lo componen.

Nueve meses han durado las negociaciones para formar nuevo gobierno en Líbano, que queda liderado por el primer ministro Saad Haririy el cual se compone de 30 ministros. Debido al frágil equilibrio de fuerzas se terminó apostando por un ejecutivo de unidad a través de numerosos pactos que han servido para evitar las diferencias existentes. 

El propio Hariri ha señalado que el gobierno “trabajará en servicio del país” para hacer frente a los “desafíos sociales y económicos”, al tiempo que ha llamado a “la cooperación entre los diferentes partidos”. La recuperación económica, junto a la situación de los refugiados sirios, encabeza la agenda del nuevo ejecutivo.

La coalición chií de Hezboláy del cristiano Movimiento Patriótico Libre, que lidera Michel Aoun, salió reforzada en las elecciones como fuerza mayoritaria. Por parte del otro bloque, el partido El Futurode Hariri salió derrotado al perder 12 de los 33 escaños que tenía en 2009, lo que puso de manifiesto la fragmentación del bloque suní. A pesar de todo, sus aliados cristianos de las Fuerzas Libanesas, lideradas por Samir Geagea, lograron duplicar el número de diputados y así compensaron la pérdida de posiciones parlamentarias. 

Los límites confesionales religiosos imponen las reglas en la política libanesa y exigen un reparto equitativo entre cristianos y musulmanes, y dentro de estos últimos entre suníes y chiíes. Entre las cuotas pactadas para cada religión, las carteras ministeriales han de ser distribuidas según la representación demográfica de cada una de las 18 confesiones del país, algo que ha sido históricamente fuente de peleas entre diversas confesiones religiosas. 

En el caso del nuevo ejecutivo ha habido ciertas disputas como la que protagonizaron el partido El Futuro de Hariri y Hezbolá sobre la concesión de un escaño a los suníes. Aunque la gran ‘batalla’ fue la del reparto de ministerios, en la que Hariri se llegó a plantear subir hasta 32 carteras ministeriales a repartir, quedando al final en 30, para un país de solamente 4,5 millones de habitantes. 

Finalmente, Hezbolá se ha hecho con dos ministerios, los de Salud y Deporte y Juventud, y uno de sus diputados ha quedado a cargo del Ministerio de Estado para Asuntos Parlamentarios. Mientras, Aoun se ha encargado de las carteras clave de Defensa y Exteriores. En el otro bando, Hariri ha logrado el control de los Ministerios de Interior y de Telecomunicaciones, mientras que su socio de las Fuerzas Libanesas ha cedido el Ministerio de Cultura para ocupar Trabajo y Asuntos Sociales. 

Entre los ministros hay cuatro mujeres y, por primera vez en la historia de Líbano, una de ellas se hace cargo de Interior, Raya al Hassan, que pertenece al partido El Futuro.

Ayudas económicas en suspenso por las diferencias políticas

Diversos analistas coinciden en que las presiones internacionales ante la necesidad de enderezar una economía al borde de la bancarrota han propiciado el desbloqueo político. Así, la formación del Gobierno era requisito indispensable para la llegada de 8.700 millones de euros en inversiones concedidos durante la Conferencia CEDRE, que se celebró en París para fomentar el desarrollo de Líbano (350 millones provenientes del Banco Mundial).

El primer ministro Hariri se ha comprometido a dirigir un Gobierno de unidad pero la fragmentación actual parlamentaria y de poderes no convence a países amigos como EE.UU., Arabia Saudí, Gran Bretaña, Francia o Estados Miembros de la Unión Europea, todos los cuales amenazan con denegar toda ayuda a las Fuerzas Armadas Libanesas si el partido milicia chií Hezbolá ocupa cotas de poder. Cabe recordar que las autoridades estadounidenses incluyeron a Hezbolá en la lista de grupos terroristas y la UE hizo lo propio con su brazo armado. 

Mientras tanto, el país libanés ha tenido que encargarse de la llegada de 1,5 millones de refugiados sirios y hacer frente a una fuerte crisis económica provocada precisamente por las consecuencias de la guerra en la vecina Siria y por la caída de ingresos ligados al turismo y de las remesas, acumulando una deuda exterior del 150% del Producto Interior Bruto.