Santiago Mondéjar. Consultor estratégico empresarial 

Pie de foto: El futuro de la Unión se juega en el Mediterráneo

La segunda década del siglo XXI está caracterizando a la zona mediterránea como un tablero de juego geopolítico de primer orden, algo que no sucedía desde la Crisis de Suez en 1956. Si en aquella ocasión lo que se dirimió fue el nuevo orden mundial bipolar que existiría hasta la desintegración del bloque del este, esta vez estamos asistiendo a una serie híbrida de acciones asertivas de la mano de diversos agentes internacionales, que abarcan desde lo militar a lo económico y que son un reflejo de la deconstrucción de la hegemonía norteamericana que distingue a la política exterior estadounidense desde años recientes. 

Como la propia naturaleza, la geopolítica aborrece el vacío, y, en consecuencia, esta retracción de los EEUU está siendo aprovechada por China y Rusia para afirmar su influencia en el Mediterráneo. Aunque es China la que está más ostensiblemente exhibiendo su musculatura económica, por medio del impulso de notables obras en infraestructura en el norte de África, financiadas por capital chino y cuyo fin es crear una red de corredores económicos, marítimos y terrestres que canalice las exportaciones chinas al continente africano, sería miope desdeñar la voluntad rusa de influir en la zona mediterránea circunscribiéndola al ámbito militar en el epicentro del Bósforo.  

Un ejemplo de cómo las políticas internas rusas repercutirán probablemente en los actuales equilibrios comerciales en la región EMEA (Europa, Oriente Próximo y África) es el impulso de la producción y exportación de trigo ruso, que tiene puestos sus ojos en el mercado argelino, que importa el 41,6% de la producción de trigo mundial, y el país que actualmente tiene la parte del león en él es Francia. En conjunto, el 40% de las cosechas de la UE se destinan a Argelia. Como muestra del cambio en los flujos comerciales en este sector, las exportaciones rusas de trigo a Egipto (que representa un nada baladí 12,8% del mercado global) ya han desbancado a las francesas. 

El impacto interno de la caída de los precios del crudo ha llevado a las autoridades gubernamentales rusas a promover la producción estratégica de grano para la exportación, para lo cual se han puesto en marcha políticas de cultivo intensivo y mejoras de eficiencia en la cadena de suministro, en la que los puertos del Mar Negro como el de Novorossiysk jugarán un papel fundamental para alcanzar los mercados de los países del área MENA (Oriente Próximo y norte de África). 

La mayor parte del grano ruso se cultiva en las regiones del sur, cuya orografía, estructura económica y precio del combustible favorece el trasporte por carretera, que en el contexto ruso resulta más flexible, directo y barato que por ferrocarril, que adolece de cuellos de botella en las zonas del interior debido a las grandes distancias, la escasez de vagones adecuados y la carencia de silos de almacenamiento. 

No obstante, el gobierno ruso ha impulsado inversiones substanciales en infraestructuras ferroviarias, en consonancia con la importancia estratégica del sector. Las exportaciones agrícolas rusas, en las que el trigo representa 1/4 del total, ya han alcanzado los 21.000 millones de dólares, superando a la industria de las armas como la segunda fuente de ingresos de Rusia. 

Por consiguiente, no estamos frente a un repunte exportador coyuntural, sino ante los primeros resultados de una cuidadosa planificación estratégica, por lo que es plausible esperar un incremento adicional y continuo de la capacidad exportadora de trigo ruso hasta un 50% a medio plazo, un potencial expansivo del que no disponen los productores europeos, entre otros factores, porque los agricultores rusos hacen servir semillas nacionales, más baratas que sus equivalentes europeas, que al estar patentadas les obligan a los agricultores europeos a adquirir nuevas semillas para cada siembra, mientras que los agricultores rusos plantan semillas fruto de sus propias cosechas.

El sector agrícola europeo lleva tiempo compitiendo sin mayor éxito con las más baratas exportaciones rusas, sufriendo una retracción sensible del volumen de trigo europeo exportado en los últimos años, cayendo un 16% en la última temporada, al tiempo que las exportaciones rusas de grano alcanzaban nuevos máximos merced a obtener cosechas extraordinarias. El problema es especialmente serio para la Francia de un Macron embrollado en la crisis de los chalecos amarillos, ya que como apuntábamos antes, el país que preside es el mayor productor y exportador de trigo de la UE, pero tiene una dependencia crítica de Argelia, que se acentuó después de la pérdida de cuota de mercado en Marruecos por las desastrosas cosechas de 2016 y 2017.

Si las expectativas rusas se cumplen, y su trigo  accede libremente al mercado argelino, las consecuencias para el sector agrícola europeo, incluido el español,  serán de gran calado y tendrán consecuencias impredecibles, por cuanto que, tal y como ha trascendido de las recientes negociaciones técnicas entre las delegaciones comerciales de Rusia y Argelia, la entrada de productos agrícolas rusos en Argelia se extendería a los lácteos y a la carne vacuna, dos pilares fundamentales de la PAC, la Política Agrícola Común europea.