Soldados españoles salvaron la vida a 102 salvadoreños, hondureños e iraquíes en una misión suicida
 
Javier Fernández Arribas-Redacción Atalayar
Foto: Soldados españoles que vivieron la batalla de Najaf.
 
La guerra de Irak es un punto negro en la política española y en la escena internacional que la historia se encargará de juzgar. Más allá de la polémica por la participación de las tropas españolas tras la foto de las Azores y la pretensión de José María Aznar de cambiar el eje de influencia de los intereses españoles de Europa a Estados Unidos, nos encontramos con el esfuerzo y el trabajo bien hecho de los soldados españoles en Irak. Aún más, estamos hablando de la acción heroica de una Sección del Ejército español, al mando del Alférez Guisado, que ocurrió el 4 de abril de 2004 en Najaf, en lo que se ha denominado La batalla de Najaf por los ataques del Ejército del Mahdi contra la base española Al Andalus en esa localidad iraquí y que después se extenderían a otros objetivos como Base España en Diwaniya. Entre los españoles revoloteó el fantasma del peligro y de la desgracia que pocos meses antes, el 29 de noviembre de 2003, se había cebado con los servicios de inteligencia españoles. 7 agentes que viajaban en un convoy a 30 Kms al sur de Bagdad fueron asesinados, otro agente resultó herido y logró salvar la vida. Entre los fallecidos se encontraba el responsable de los servicios en Irak desde hacía varios años, Alberto Martínez. Un mes antes, en octubre, otro agente del CNI había sido asesinado en Bagdad.  
 
Causas falsas para una guerra
Han pasado 10 años y la perspectiva actual de lo que ocurre en Irak no tiene nada que ver con lo que nos vendía la administración Bush contra Sadam Hussein y sus falsas armas de destrucción masiva, 

motivo de una guerra que sólo se entiende por la necesidad de manejar la producción de petróleo iraquí, por 
controlar de cerca a Irán, por establecer puntos fuertes frente a China y por provocar enfrentamientos entre chiíes y sunnies dentro de la comunidad musulmana, con atentados de Al Qaeda para revolver aún más los odios. Seguro que hay otras muchas grandes razones como la necesidad de acabar con un régimen sanguinario y terrible, desplazar los intereses económicos de Rusia y Francia, favorecer el enriquecimiento de empresas especuladores como Halliburton con el vicepresidente Dick Cheney como cabeza más visible y tener un escenario para probar nuevos sistemas de armas, comunicaciones e intercambio de puntos de influencia en el sector energético. 
 
 
 
El caso es que en medio de la intervención militar en Afganistán para acabar con la base logística de Al Qaeda y Osama Bin Laden como represalia tras los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono, surge la necesidad de acabar con el régimen de Sadam Hussein que pocos años antes había servido a los intereses occidentales para parar la extensión de la revolución de los ayatolas de Irán y para justificar la presencia militar norteamericana en la zona de gran interés energético tras la liberación de Kuwait. Tras la victoria militar de la coalición liderada por Estados Unidos y la destitución de Sadam Hussein, la verdadera guerra comenzó después con el grave error de disolver el Ejército, la Policía y el partido Baaz iraquíes. La insurgencia antiamericana, los enfrentamientos entre sunnies y chiíes con muchas facturas históricas pendientes y los terroristas de Al Qaeda crearon una situación insostenible donde la violencia era constante, las condiciones de vida insufribles para los iraquíes y crecía una profunda división internacional. Al final, la solución partió de una negociación de los mandos norteamericanos con los insurgentes iraquíes para la celebración de elecciones y la consolidación de un gobierno donde se reflejó el reparto del poder de los distintos grupos. 10 años después, la situación política sufre de graves alteraciones por los atentados terroristas que buscan desestabilizar al gobierno para ganar cuotas de poder pero día a día se va consolidando a pesar de su fragilidad política y de seguridad. 
 
Irak rompe el consenso
En España, la decisión del gobierno de José María Aznar de participar en la guerra de Irak, aunque la fase bélica militar hubiera acabado, provocó la ruptura del tradicional e imprescindible consenso en política exterior entre populares y socialistas, manifestaciones multitudinarias en contra y un desgaste político notable en las relaciones con socios europeos como Francia y Alemania y de América Latina como México y Chile. El papel de España en el trío de las Azores desata amenazas como la de Ayman Al Zawahiri, médico egipcio de los Hermanos Musulmanes, actual número 1 de Al Qaeda tras la muerte de Bin Landen, y muchos lo relacionan con los atentados del 11-M en los trenes de Madrid que causaron casi 200 muertos. Tras ganar las elecciones generales en 2004, la primera decisión que tomó el socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, durante el primer día de su mandato fue ordenar la retirada de las tropas de Irak, sin consultar con ninguno de los aliados, lo que provocó un profundo malestar en Washington y en otras capitales afectadas por una forma de actuar unilateral casi desconocida hasta entonces. Una vez inmerso en la realidad de las relaciones internacionales, Zapatero tendrá que compensar la retirada de Irak con una mayor participación en Afganistán presentándola como una misión de paz y de reconstrucción. Actitud sostenida durante su mandato a pesar de las continuas evidencias y los combates sostenidos a diario por los soldados españoles con los insurgentes y las bajas sufridas. Pedro Morenés,  ministro de Defensa del gobierno de Mariano Rajoy, acabó con una posición política irreal y reconoció el carácter bélico de la misión que ha causado 100 víctimas mortales entre las filas españolas. En estos momentos, las tropas españolas están retirándose progresivamente de Afganistán.   
 
 
Comienza la batalla: Discrepancias norteamericanas
A partir del 21 de febrero de 2004, los mandos españoles sabían que algo clave había cambiado en su misión en Irak y que se avecinaban malos tiempos. Las tropas españolas enclavadas en la Brigada Plus Ultra habían llegado a Irak el 9 abril de 2003 y su trabajo en la zona de Diwaniya y Najaf era el de mantener la paz y participar en la reconstrucción. Sin embargo, el mando norteamericano a cargo del general hispano Ricardo Sánchez, instigado por el responsable civil Paul Bremer, y ambos acuciados por el intenso goteo de bajas norteamericanas, reclamaba a los españoles una mayor implicación en los combates contra la insurgencia. La negativa española era constante creando ciertas tiranteces entre el general Sánchez y los generales españoles, primero con Alfredo Cardona y después con Fulgencio Coll. Los norteamericanos llegaron a llamar despectivamente al contingente español, denominado por sus siglas BMNPU II, como el osito de peluche que se queda quieto, Winni the pooh II.  Aquel 21 de febrero, el mando estadounidense pretendía llevar a cabo una operación para acabar con los tribunales de la Sharia, la ley islámica. Una acción muy delicada contra el líder chií Muqtada el Sadr. Ni españoles, ni iraquíes quisieron hacerlo con el consiguiente malestar del general Sánchez. A partir de entonces, fuerzas especiales norteamericanas realizaban distintas misiones en la zona con el consiguiente incremento de la tensión que tuvo un punto máximo el 31 de marzo de 2004 con el asesinato en Faluya de cuatro supuestos contratistas norteamericanos, mercenarios de la empresa Blackwater,  cuyos cadáveres fueron brutalmente golpeados, quemados y colgados de un puente. 
 
Entre otras acciones de respuesta, el mando estadounidense cierra un periódico Al-Hawza, afín a el Sadr, y el 3 de abril organiza la detención de su lugarteniente, el clérigo Mustafá Al-Yaqubi.  Los miembros del comando de los Seals que ejecutaron la operación vestían uniformes con banderas españolas, hablaron español y dijeron que lo llevaban preso a la base española Al Andalus, en Najaf. Al día siguiente, los mandos españoles, ignorantes de esta operación, se sorprenden cuando a las 7 de la mañana, la esposa del clérigo llega a la base con ropa y comida para su marido creyendo que estaba retenido por los españoles. Al Yacubi fue trasladado a Bagdad mientras Muqtada el Sadr ordenaba el levantamiento chií en Irak contra las tropas internacionales, incluyendo las españolas en Najaf y Diwaniya, aprovechando la Arbaynia, una de las peregrinaciones más importantes para los chiíes en la mezquita de Kerbala, en Najaf. Pronto comenzaron los disparos aislados y escaramuzas en algunos barrios después de las manifestaciones de protesta por la detención del clérigo chii. La policía iraquí se queda sin jefes porque éstos deciden ir a Bagdad a informar del peligro de enfrentamiento grave que se cierne sobre la ciudad. 
 
Atacan Al Andalus
Sobre el mediodía, empiezan a concentrarse grupos de civiles armados entre los manifestantes, cerca de la base española Al Andalus. El sargento Vergara, con el cabo primero Molero y los soldados San José e Isidro dan la señal de alarma. Desde las azoteas de los edificios más cercanos se producen disparos contra la base y desde el hospital, el más alto de la zona, un francotirador alcanza mortalmente al capitán norteamericano Matthew Eddy, en una azotea de la base. En ese momento, el Ejército del Mahdi, a las órdenes de Muqtada el Sadr, intenta tomar la base. El capitán Placer ordena colocar los vehículos blindados de Caballería VEC en las puertas para repeler la agresión junto con los cuatro vehículos blindados BMR de la Sección del alférez Jacinto Guisado Sánchez, compuesta por tres pelotones y la plana pertenecientes al Regimiento de Infantería “Saboya nº 6” con sede en Bótoa, Badajoz. Tienen que instalar ametralladoras ligeras en tres de los BMR a los que no les funciona su ametralladora 12.70 mm. El francotirador de la Sección ocupa su puesto en los altos de un edificio disparando contra los atacantes armados. En poco tiempo el Ejército del Mahdi se hace con el control de la ciudad, reina el caos, los policías iraquíes han desaparecido. Instructores  salvadoreños de la policía iraquí se han visto obligados a refugiarse en el edificio de la ICDC (Iraquí Civil Defense Corps) y en el contiguo que es la cárcel. Están sitiados por los milicianos pero logran avisar por radio de sus problemas al mando de la base Al Andalus, que en esos momentos también sufre ataques de fusilería con los AK-47, lanzagranadas RPG7 y algún proyectil de mortero. Una furgoneta blanca que ha logrado llegar cerca de la puerta principal es destruida por disparos del VEC del sargento Vergara. 
 
Este golpe hace disminuir la intensidad de los ataques. Desde la zona salvadoreña de la base, una Sección decide sin esperar órdenes ir a socorrer a sus compañeros atrapados en la cárcel. Increíblemente salen a pie, con movimientos tácticos propios de haber combatido en la selva centroamericana, pero a mitad del recorrido, de los 2 kms de distancia entre la base y el centro penitenciario, sufren varias emboscadas y hostigamientos desde las azoteas de los edificios y quedan aislados en un par de manzanas. El coronel español Alberto Asarta ordena a la Sección del alférez Guisado que vaya a ayudar a los salvadoreños y rescate a varios heridos graves y un fallecido, el soldado salvadoreño de 19 años, Natividad Méndez Ramos,  a quien le falló su fusil de asalto M16 en el momento más crítico por no disponer de una bayoneta para el combate cuerpo a cuerpo. En la base Al Andalus, la Sección del alférez Guisado se prepara para afrontar una misión muy arriesgada. Al no funcionar las ametralladoras 12.70 mm de los BMR, el sargento Jaime González Pinto consigue ametralladoras ligeras MG-42 de 7,62 mm con la ayuda del cabo Francisco Rodríguez Acevedo, del soldado Ulises Nápoles Fernández. El conductor del blindado, el soldado José Manuel Martín y el operador de radio, el soldado Francisco Blas, ceden sus cargadores con munición a sus compañeros que serán los encargados de utilizar sus armas. 
4 abril 2004: Salvados por los españoles
 
Los cuatro blindados salen de la base a toda velocidad camino de la cárcel tomando primero la ruta Azor y posteriormente la ruta Lulú hacia el este. Son acribillados por disparos de fusilería desde los edificios más cercanos y en los primeros cruces de calles, desde azoteas y ventanas. Desde las escotillas, se respondía al fuego contra todo agresor localizado, incluidos algunos insurgentes a pie que 

 
disparan sus fusiles kalashnikov contra los vehículos españoles que responden a la agresión abatiendo a varios atacantes. El sargento Miguel Galán Rancel ordena a su tirador de MG-42, el soldado Miguel Monge Benítez, que dosifique la munición y dispare sólo sobre blancos fijos. La progresión es lenta por encontrar elementos armados con RPG en los tejados, a los que hay obligar a esconderse con ráfagas de las ametralladoras ligeras. En el tercer cruce de calles, la Sección tiene que disminuir su velocidad al encontrarse con tres milicianos cuerpo a tierra disparando contra la Sección salvadoreña que había salido a pie. Sin cubrir su retaguardia,  los agresores son sorprendidos totalmente y cuando intentar disparar contra los españoles, son liquidados. El alférez Guisado baja del vehículo protegido por una esquina para dar ánimos al alférez salvadoreño: “ya no estáis solos”. Una ráfaga les pasa cerca. El tirador de la MG-42, el soldado Alejandro Pérez Rodríguez silencia rápido a los autores de esa ráfaga y a algunos francotiradores apostados en las terrazas. Los españoles protegen y cubren con los blindados a los salvadoreños, realizan barreras de fuego en cada cruce, barren tres edificios desde donde se dispara contra la cárcel y logran entrar en el patio del centro penitenciario. 
El alférez Guisado coordina con el capitán salvadoreño la operación de rescate de los 3 heridos más graves y le promete que volverá para rescatarlos; mientras el cabo primero Ángel Delgado Sánchez  inspecciona los vehículos y marca los agujeros de bala que tienen las petacas de combustible laterales, el chasis y las ruedas. Mientras tanto, la cabo Guadalupe Pulido Cordero aligera el embarque de las camillas con los heridos dentro de los BMR. Antes de salir, enlazan por radio con una patrulla de Honduras que entra en el patio de la cárcel a bordo de tres vehículos ligeros todo terreno con 14 soldados  que piden volver a la base con los blindados españoles. El sargento Fernando Ruiz Lorenzo, organiza el convoy con el blindado del alférez Guisado en cabeza y los vehículos hondureños intercalados entre los otros tres BMR. Salen a toda velocidad por la ruta Anie sin dejar de disparar contra los edificios ocupados por insurgentes armados, pasan junto a los soldados salvadoreños en el exterior que mantienen sus posiciones y no pueden incorporarse al convoy porque no hay sitio material donde acogerlos. Se decide que el cadáver del soldado fallecido en combate sea recogido en un próximo viaje.  Durante el trayecto, el soldado Javier Fernández Méndez, en el primer blindado, descubre en una azotea a varios milicianos dispuestos a disparar un lanzagranadas RPG, usa rápido su arma y elimina el peligro. Enfilan muy rápido por la ruta Lulú ante la gravedad de los heridos. Cuando el conductor del primer vehículo, el cabo primero Moisés Cortés Puerto traspasa la puerta Baker de la base Al Andalus no puede creer que hayan conseguido llegar sanos y salvos, cumpliendo la misión. El alférez Guisado ordena llevar los heridos al centro médico de la base y que cada uno ocupe su puesto en el perímetro de la base que continúa siendo atacada. 
 
Volver al rescate
El alférez informa por radio al mando de la situación en el exterior: en la cárcel hay 30 soldados salvadoreños con 38 iraquíes asediados (ICDC) y en los alrededores de la ruta Anie se encuentran los 20 salvadoreños que salieron a pie a rescatar a sus compañeros y que siguen emboscados manteniendo sus posiciones con muchos problemas. La orden del coronel Asarta es clara para la Sección: “volver a la cárcel, urgente, y traer a todos de vuelta”. El alférez Guisado solicita reponer munición para reemprender la marcha y cumplir su promesa de volver para rescatar a los sitiados. Toda la base ha oído las órdenes por radio, sus compañeros les miran con gesto muy serio por el riesgo que conlleva regresar a la cárcel sin contar ahora con el factor sorpresa. No son necesarias las órdenes de los sargentos de la Sección, todos bajan a la carrera de los blindados para recoger toda la munición posible. Reciben abrazos y ánimos de todos, conscientes de los enormes peligros que van a correr.
La soldado Sandra Duque Espinosa sube a su BMR, llena los cargadores con palabras de ánimo a sus compañeros. Están pendientes del apoyo aéreo de helicópteros Apache y Little Bird norteamericanos, estos últimos de la escolta personal del responsable civil norteamericano, Paul Bremer. En esos momentos, la batalla de Najaf es el punto álgido de la guerra en Irak. Desde el hospital, el edificio más alto y más cercano a la base española, se recrudecen los disparos de francotiradores. Aviones F-16 americanos solicitan permiso para batir esos focos de francotiradores pero el mando español no lo considera necesario y se ciñe a las restrictivas reglas de enfrentamiento que imponen no disparar a lugares donde haya civiles aunque les disparen a ellos desde allí, no disparar a personas que estén en el suelo aunque estén fingiendo estar muertas, no disparar contra ambulancias aunque sean utilizadas como vehículo de combate por el enemigo y disparen desde su interior, entre otras. Unas reglas que en algunos casos resultan altamente comprometidas para la seguridad de los soldados españoles. La decisión de no permitir el bombardeo del hospital con los F-16 causó una nueva discrepancia grave entre los mandos militares españoles y norteamericanos que reclamaban más dureza en las acciones contra la insurgencia.
 
Segunda salida
El alférez Guisado planifica con sus tres sargentos el rescate. Él mismo seguirá yendo en vanguardia por el mismo itinerario que acaban de realizar hasta la cárcel y vuelta y cerrará el sargento Lorenzo. Dan por hecho que los milicianos del Mahdi no esperan que vayan a realizar una nueva salida en esas condiciones tan arriesgadas. Todos instalados en los BMR, con los dientes apretados y las armas listas, el alférez Guisado enlaza por radio e informa al capitán salvadoreño que está en el recinto penitenciario que van a ir a por ellos a recatarlos y que tengan sus camiones y vehículos preparados para salir en cuanto lleguen los blindados españoles. Salen de la base bajo una lluvia de proyectiles. En el tercer cruce de las calles en la ruta Anie vuelven a encontrarse a los salvadoreños que salieron a pie y que están parados y batidos por fuego enemigo con un herido por granada de mano. La Sección española se detiene y con fuego a discreción barre a los francotiradores que están en los edificios colindantes, dando un gran respiro a los compañeros salvadoreños. También barren la zona desde donde les lanzaban las granadas de mano. El alférez Guisado les pide que aguanten y que al regreso los recogerán para llevarlos a la base. Ordena seguir la marcha hacia la cárcel. En el siguiente cruce aparecen dos coches artillados con ametralladoras, al estilo de las ahora famosas Pick up, disparando contra los españoles que responden alcanzando los coches pero sin conseguir abatir a sus ocupantes. Los vehículos desaparecen a toda velocidad. 
 
Llegan al patio de la cárcel con la misma táctica que en el recorrido anterior y el sargento Lorenzo organiza rápidamente el convoy de vuelta, intercalando entre los blindados los camiones y vehículos ligeros. Le ayudan el cabo primero Ángel Bolaños Vázquez y los soldados Abel Villarrubia Díaz y José Suarez Parra para indicar a salvadoreños e iraquíes que suban a los vehículos aunque no sean blindados, éstos se reservan para ir en el último tramo del recorrido con la rampa trasera abierta para  recoger a los salvadoreños emboscados a pie en las calles de la ruta Anie. El operador de radio José Fernández Boza informa de que el convoy está listo para salir y el alférez Guisado da la orden de partida con un gran alivio al comprobar que 4 helicópteros Apache norteamericanos están batiendo desde la vertical todos los edificios cercanos desde donde les disparaban los milicianos. El ruido por los disparos de los Apache es infernal, las vainas ardiendo de las ametralladoras de los helicópteros les caen sobre sus cabezas. Cuando el convoy de la Sección española con 30 soldados salvadoreños, 38 iraquíes (ICDC) y dos muertos (el soldado salvadoreño Natividad y un iraquí ICDC) llega a la altura de los salvadoreños emboscados, se encuentran con el problema de que un pelotón centroamericano no quiere irse sin la radio que llevaba el herido por granada de mano, no pueden abandonar su equipo. 
 
El cabo primero Javier Martínez Benítez no da crédito a lo que oye mientras observa atónito cómo el alférez Guisado ordena esperar y hacer fuego a discreción para cubrir a los que han ido a buscar la radio. Empieza a escasear la munición. El cabo Antonio García Blanco, operador del radio del blindado del alférez da sus cargadores al soldado Jonathan Jorna Ramos que los necesitaba para seguir disparando. El tirador de la ametralladora MG-42, el cabo Enrique Pavón Pérez, mantiene fuego incesante para evitar que se pueda disparar contra los soldados salvadoreños que ya han encontrado y recuperado su radio. Les cubre el blindado del sargento Lorenzo, conducido por el soldado Justo Sánchez Martín que se incorpora al convoy. Se reanuda la marcha, lenta por ir remolcando un vehículo con las ruedas traseras reventadas. Los camiones y vehículos ligeros se han adelantado por los nervios, no han controlado la tensión y han entrado por la puerta principal de la base Al Andalus con el consiguiente riesgo para todos. Después sus conductores pidieron disculpas. Poco antes de llegar a la base, el sargento Galán ve como una granada antitanque, lanzada con un RPG, rebota en el blindado del alférez Guisado que va en cabeza. Ha localizado al tirador y ordena a su conductor, el soldado Julio Cuenca González que detenga el vehículo, el operador de radio Carlos Luna Diente comunica la breve parada de unos segundos, suficientes para que los soldados Samuel Barco Ponce y David Sauceda Fernández agote su munición y abatan al lanzador del RPG. 
Hermanos de sangre
 
Cuando la Sección española, los camiones y vehículos ligeros salvadoreños con los iraquíes entran por la puerta Baker en la base Al Andalus, las ovaciones y los abrazos son increíbles. Todo el mundo les felicita. Los salvadoreños se abrazan llorando al alférez Guisado, dándole las gracias y proclamándose hermanos de sangre. Desde ese día nadie más volvió a llamar guacamayos a los centroamericanos, ni winne the Pooh a los españoles. Los soldados norteamericanos presentes en la base y los mercenarios civiles de la compañía Blackwater reconocieron el excelente trabajo realizado, en una acción heroica ejecutada con mucho valor y una gran profesionalidad superando las dificultades añadidas y los múltiples ataques insurgentes entre las calles de Najaf. El alférez Guisado informó al mando de que la misión había sido cumplida sin novedad, sin bajas, ni heridos recibiendo un fuerte abrazo de su jefe, el capitán Vilchez que había llegado con refuerzos desde Diwaniya, así como las felicitaciones del coronel Asarta y del general Coll.  Algunos creen que fue un milagro que la heroicidad y la profesionalidad de los soldados españoles pudiera salvar en esas condiciones tan adversas, con las tres ametralladoras pesadas de los BMR sin funcionar, la vida de 102 salvadoreños, hondureños e iraquíes. Se calcula extraoficialmente que entre 35 y 50 milicianos del Mahdi fueron abatidos. Fue un acto heroico dentro de la batalla de Najaf, entre otros muchos que se sucedieron en los días posteriores hasta la retirada total de Irak de las tropas españolas el 21 de mayo de 2004. Una acción muy poco contada, inexistente por tanto para el gran público, para la sociedad española, dentro de una guerra ignorada por la clase política y con una participación española que sigue siendo un misterio, incluso para muchos militares.
 
 
Cruces para tanto valor

Los miembros de la Sección que participaron en la misión de rescate no fueron recompensados con la condecoración correspondiente, sólo su jefe. Decisiones incomprensibles. El propio Jacinto Guisado, 
ahora capitán, comentó públicamente que cambiaría su Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo por condecoraciones individuales para todos los miembros de su Sección que mostraron una conducta ejemplar. Si esta acción de rescate la hubiera protagonizado el ejército norteamericano, seguro que ya hubiéramos visto una buena película de Hollywood ensalzando la capacidad, la eficacia y el valor de sus soldados.  En Irak se otorgaron seis Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo (en guerra). Tres fueron con motivo de la batalla de Najaf en ese 4 de abril de 2004. Una para el coronel Asarta por organizar la defensa de la base Al Andalus con escasos recursos, otra para el sargento Vergara por su brillante comportamiento con los VEC en la defensa de la base y la tercera para el alférez Guisado por “su acción de mando, serenidad e iniciativa frente a las fuerzas hostiles , la acertada dirección y empleo de las fuerzas a su mando, así como el inteligente y eficaz cumplimiento de la misión encomendada”. 
 
 
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