Javier Fernández Arribas

Pie de foto: El mariscal Jalifa Haftar recibido por el rey Salman de Arabia Saudí

La Operación Torrente de Dignidad, lanzada sobre Trípoli hace poco más de una semana por el mariscal Jalifa Haftar, de 75 años, ha conseguido, de momento, poner a todo el mundo nervioso y obligar a tomar decisiones serias y solventes contra el terrorismo y las mafias de la inmigración, a los principales actores de un conflicto que amenaza constantemente la estabilidad de la región del Mediterráneo y que enfrenta ya públicamente a Francia e Italia, con otros países de la zona también implicados. El balance provisional es de medio centenar de muertos, miles de desplazados y riesgo de crisis humanitaria. 

No se pueden demorar mucho tiempo esas decisiones porque la determinación de Haftar es firme a la hora de lanzar su ofensiva para la toma militar de la capital libia con sus unidades del Ejército Nacional de Libia (ENL) lo que le otorgaría el control de gran parte del país y del poder político frente al gobierno en Tripoli del primer ministro Fayed al Sarraj, impuesto por la ONU en 2015, y apoyado por diversas milicias islamistas. Haftar encabeza, con base en Tobruk, un segundo gobierno del país, fruto de no aceptar el resultado de las elecciones celebradas en ese año.

Si bien, hay que valorar que el objetivo realista de esta ofensiva es lograr que el mariscal Haftar sea considerado como una pieza clave a la hora de celebrar una Conferencia Nacional, prevista en principio para estos días en la localidad libia de Ghadames, que busque soluciones definitivas y solventes para el futuro de Libia. La acción militar emprendida comporta muchos riesgos añadidos a los que diariamente soportan los ciudadanos libios y los de otros países afectados, directa o indirectamente, y desafía la escasa autoridad que le queda a la ONU, al menos, en este enclave mediterráneo sujeto a los abusos y desmanes de todo tipo de delincuentes y terroristas, de traficantes, de políticos tribales cirenaicos y tripolitanos con ambiciones desmedidas y nacionalistas, y a las contradicciones de una comunidad internacional, sobre todo la europea., que confundida incomprensiblemente por la aparición de las más llamadas Primaveras Árabes, cometió el error de intervenir para derrocar al dictador, Muammar el Gaddafi, y abandonar después a su suerte a un país en ruinas y sin estructuras ni organismos de Estado y de poder. 

El control del petróleo

Los combates no han cesado, en las últimas horas, a pesar del llamamiento de Naciones Unidas para alcanzar un alto el fuego que permita la atención de los heridos civiles y la evacuación a lugares más seguros. La utilización de medios aéreos, aviones caza procedentes de países que apoyan a Haftar, le proporciona una ventaja notable a la hora de atacar objetivos estratégicos de las fuerzas del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), de las milicias procedentes de la ciudad-estado de Misrata, principal puerto comercial de Lbiia, en auxilio del Gobierno de Trípoli, impuesto en 2016 por la ONU, y a la hora de disuadir los vuelos de posibles aviones que pudieran acudir con material militar en su ayuda. El control del antiguo aeropuerto internacional de Trípoli es clave para la conquista de la ciudad, además de la base militar de Maitaga.

Los cazas procedentes de Emiratos Árabes Unidos han atacado en las últimas horas, según fuentes del propio Haftar, distintas posiciones en el entorno de la ciudad costera de Zawara, próxima a la frontera con Túnez. Esta localidad es la entrada al puerto y a la refinería de Mellitah, explotada por la petrolera italiana ENI, donde, además, desemboca el oleoducto que se utiliza para el petróleo de los yacimientos de Al Sharara y Al Fil, explotados por las compañías española Repsol y la francesa Total, entre otras, y que es el pilar energético de Trípoli. 

Naturalmente, la explotación de estos recursos requiere unidad de acción nacional, y, sobre todo, precisa del cese de las violentas confortaciones que frecuentemente interrumpen el suministro petrolífero. Además de las componendas políticas con actores nacionales, cuya colaboración es necesaria para que, por ejemplo, los campos petrolíferos de Sharara, capaces de extraer 300.000 barriles diarios (el 25% de la capacidad extractora libia), reanuden su producción, lo cual depende de las decisiones que tome la National Oil Corporation, cuya sede está en Trípoli.

Guerra de todos contra todos

Precisamente, el control del petróleo libio, de gran calidad y de fácil y barata extracción, es la clave principal de una guerra de todos contra todos que dura ocho años y que, ahora, enfrenta públicamente a países socios en la UE y aliados en la OTAN como son Francia e Italia. Hasta el momento, se consideraba la situación en Libia como un conflicto de baja intensidad que no suscitaba demasiada atención internacional pero que, en realidad, transitaba por una amplia y compleja red de intereses entretejidos por cada uno de los adversarios para su propio beneficio. Una decisión muy significativa fue la evacuación de las fuerzas de AFRICOM, el comando africano de Estados Unidos, de Trípoli. Washington, con Trump, mantiene una posición ambigua.

A día de hoy, el mariscal Haftar, antiguo asesor de Gaddafi y denostado por sus enemigos y los islamistas de la región del norte de África, representa un firme candidato a liderar el país gracias a sus acciones militares en la zona oriental de Bengasi y Sirte donde ha conseguido el control del 70% del territorio libio y expulsar a diversas milicias islamistas y controlar cuatro puertos petroleros y los campos de crudo principales como Al Sharara y Al Fil, cuya explotación total requiere del control de la ciudad costera de Zawara. Entre los apoyos más relevantes con que cuenta Haftar, se encuentra Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Rusia, Francia y países africanos que sufren a los grupos terroristas que tienen su financiación y suministro de armas desde Libia. El gobierno de Fayed Al Serraj cuenta con el respaldo de Turquía, Catar, Italia y el apoyo institucional de la ONU, aunque su secretario general, Antonio Guterres, presente en Trípoli al inicio de la ofensiva fue inmediatamente a entrevistarse con el mariscal Haftar para evitar el desaire tan evidente que produjo la acción militar que nadie había previsto.

Estado fallido

El vacío de poder que sufre Libia, uno de los países más ricos en petróleo, desde la caótica intervención occidental en 2011, ha sido una invitación constante para diversas milicias, grupos terroristas, mafias criminales y diversas tribus locales para campar a sus anchas, sin ley ni justicia ni seguridad, con unos enormes beneficios fruto del contrabando de petróleo, de armas, de drogas y de seres humanos que sufren un trato tan inhumano que muchos migrantes prefieren enfrentarse al mar con una muerte casi segura por las condiciones de las barcazas utilizadas para intentar cruzar a Europa, que volver a pasar por las torturas de los nuevos esclavistas en los campos libios. 

Convulsión en la zona

La ofensiva del mariscal Haftar en Libia ha sido preparada con tiempo, con conquistas militares en el este del país, con financiación y apoyo militar exterior, con control de campos petrolíferos clave y con una coyuntura regional que ha afectado a varios países. La crisis de Argelia ha sido un detonante trascendental para el desarrollo de los acontecimientos en Libia. También ha influido la situación en Sudán. La caída del presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika, por la presión popular y la pérdida del apoyo del Ejército ha contribuido a que Haftar y sus aliados iniciaran la ofensiva. Un caso muy parecido al que ha ocurrido en Sudán con el desalojo de Omar al-Bachir tras 30 años en el poder. Los ejércitos de los dos países bastante tienen con lo que ocurre en su territorio, con miles y miles de personas desafiando al poder dictatorial establecido como para ocuparse de Libia. La permeabilidad de varias regiones de Sudán permite la llegada de armas y dinero a los terroristas que actúan en Egipto, argumento fundamental para el apoyo de El Cairo a la opción Haftar en Libia que pretende acabar con las milicias islamistas.