Viajes

TRAS LAS HUELLAS DE ELíAS CANETTI

Llegas a Marrakech siguiendo las voces de Canetti, consciente de que han pasado casi sesenta años desde que él se dejara arrastrar por ellas, pero sabedor también de que la esencia de las cosas es lo único capaz de vencer al tiempo. No escucharás los gritos de los camellos mientras esperan la muerte, pero vas a revivir los sonidos de ayer, de hoy y de siempre en esa ciudad fascinante que descansa a las faldas del Atlas .

Por Esther Pedraza

Los marrakchís dicen que a Alá le gustan las historias y por eso creó al hombre, para que éste fundara Marrakech y él pudiera escuchar sus cuentos desde el cielo. Llegar un viernes al mediodía, cuando el Muhaudín del Kotubiya recita el adhan zurh regando con su voz las polvorientas calles de la medina, es un gozo que se acentúa contemplando la paleta de colores que identifican la ciudad: el verde de las palmeras y naranjos, el blanco de las cigüeñas y las nieves, el rojo-rosa- ocre de las paredes y el azul intenso del cielo. Uno sabe que ha llegado cuando mira, cuando oye, cuando huele, cuando come y cuando el calor de una mano te pierde en el zoco para que te encuentres. Es la exaltación de los cinco sentidos, y ya estás preso de su magia.
Hay que ir decidido a adueñarse de todo lo que allí se muestra, y hay que mirar de noche y de día, porque la ciudad también se cambia de traje.

la plaza de mil nombres
Sigues los pasos de Canetti hasta la plaza de Xemaá El Fna, la plaza de los muertos, la que se escribe de mil maneras porque tiene mil nombres. Un universo propio donde sentarse a tomar un te con menta, cerrar los ojos y escuchar todos los idiomas y el suyo propio, ese que no es de nadie y es de todos.
Hasta ti llega el sonido de las flautas y el silbar de las serpientes, los cascos de caballo que repiquetean en un suelo abrasado, las bocinas, los timbres, las campanas de los aguadores y el miedo en forma de cacareo de las gallinas. Un roce en el brazo te hace abrir los ojos. Una niña casi mujer te mira con una profundidad de siglos, te acerca unas pulseras. Sonríes y niegas. Ella insiste, es un regalo. ¿Por qué?, preguntas, “porque tienes la mirada limpia y sabes reír”, dice bajando la mirada. Y te deja la pulsera mientras corre entre el laberinto de tenderetes.
Volverás a encontrarla y entonces, ya seducido, hurgarás en el bolsillo y le darás lo que busca, porque sus ojos son los ojos de la mujer que Canetti vio tras la celosía, los ojos de todas las mujeres juntas y los de ninguna: tu viaje acaba de empezar.
No sabes como abandonar la plaza porque has constatado que el amor a primera vista existe y que ya eres parte de ella. Entonces te levantas con la sensación de ser observado por el Kotubiya, la torre que todo lo ve y a la que permitieron mantenerse a pesar de ser más alta que una palmera por su belleza, que tanto recuerda a la Giralda.

un gran desorden aparente
Sales de allí siguiendo otras voces, las de los comerciantes del souk, esos que te venden el alma junto a cualquiera de sus productos. Te han contado que souk, zoco, en árabe significa “un gran desorden”, pero no es verdad. Las tiendas que se amontonan en los callejones no están al azar, cada una tiene su sitio, para que nunca la olvides. Hay que respirar y llenarse con el olor a jazmines, ámbar, comino, azafrán, aceites, cueros o tintes, para sentir que el lugar ha pasado por ti y se ha quedado prendido en tu piel.
Todo debió empezar hace mil años, cuando las caravanas que cruzaban el desierto decidieron elegir aquél lugar para descansar antes de llegar al Mediterráneo. Ahora los artesanos exponen su vida en la calle y la venden en un ritual casi filosófico. Las lanas se tiñen en nuestra presencia, los cestos aparecen de pronto entre las manos de los mimbreros, todo se expone ahí, y todo se oculta en las viviendas que pueblan la medina.

las voces de los mercaderes
Notas que entre los objetos y los vendedores hay un lazo de unión más allá de la venta, por eso adquirirlo conlleva ponerlo en valor. Nunca sabes lo que vale, aunque te digan lo que cuesta. El primer precio es un acertijo, un reto a la inteligencia que busca ganar. Pero nunca ganas, porque ellos sí lo saben y te conocen aunque acabes de llegar. De un vistazo adivinan cuán grande o pequeño es tu corazón.
Te ponen a prueba, te seducen con las manos, con la mirada, con los labios… y tú, que quieres descifrar el misterio, emprendes una batalla perdida de antemano y te rindes ante la dignidad del contrincante tres asaltos antes del final. El trato está cerrado.
Las palabras del vendedor se van con el gorro, en el caftán o con la joya que te llevas. Ellos las han poseído para que aunque las compres, nunca sean del todo tuyas y ahí radica su valor.
Recorres la Medina con los ojos muy abiertos, con cierto temor. Las callejuelas se estrechan, se retuercen, te guían hacia no sabes donde, pero no puedes dejar de caminar. Ahora necesitas subir a una azotea para oír desde ella las voces de Canetti, que son las de Marrakech. Sabes que el silencio de esas casas sin ventanas al callejón porque es dentro donde todo se abre al patio y al cielo, también habla, como toda la ciudad.

los secretos de lalla
En el trayecto encuentras mujeres que caminan con prisa, envueltas en el chador, con bebés en brazos. Niños bulliciosos que quieren llevarte al principio del mundo, ese donde el tendero le da comisión, y hombres con chilabas que hablan a gritos mientras sus manos aletean compulsivamente. Es la vida en la Medina que tú saboreas despacio porque no sabes como lograr que algunos de los hospitalarios habitantes del laberinto te invite a pasar.
Te detienes ante una puerta abierta. Una mujer te mira desde dentro y te hace gestos para que entres. Es un Riad, una casa tradicional marrakchí que alquila habitaciones. La mujer te ofrece un té y tú le dices que quieres subir a la azotea. Asiente y te guía hasta ella. Se llama Lalla y esto te sobrecoge, porque según la tradición Lalla Zohra, que tiene un pequeño santuario junto al Kutubiya, fue la hija de un esclavo liberado que alcanzó gran notoriedad y que cada noche se transformaba en paloma para conocer los secretos de los vecinos más poderosos de Marrakech.
Y tú estás en la azotea viendo de un solo golpe los terrados de la ciudad, como Lalla, como Canetti, como tantos antes que tú. A lo lejos resplandecen los picos del Atlas, las palmeras, los olivos, los naranjos, el Kutubiya… Dicen que el muadhin del kutubiya debía ser ciego, porque desde el alminar se podía penetrar en cada casa y no podía ver a las mujeres del Sultán. Ahora no, ahora hay mujeres que no se esconden, incluso parece que quieren provocar al mundo con su presencia en lo alto.
Te tomas el té y sueñas con saltar de azotea en azotea y aterrizar en la Xemaá El Fna. La plaza otra vez, la plaza siempre. Das las gracias a Lalla y le dices que algún día volverás.

la Mellah, principio del fin
Tienes que recorrer la Mellah, aunque en ella ya no haya judíos. Pero los hubo, Canetti los conoció, ricos y pobres, orgullosos y temerosos a la vez. La Mellah, rodeado por la muralla, tiene hoy sus dos puertas abiertas todo el día y sigue siendo un buen lugar para comprar joyas o especias. Pero no queda rastro de Abraham ni de Samuel. Los judíos se fueron a Israel o salieron de las murallas camino de Gueliz, extramuros de la magia.
Pasas por la pequeña plaza siguiendo unas voces nuevas, pero tan viejas como la misma vida, y todas están un poco más adelante, enterradas en el Miaara, el antiguo y abandonado cementerio.
El tiempo, ese que todo se lo lleva menos la Fna, marca la marcha. El Palacio de Bahía te regala el magnífico artesonado del techo, el Palacio Badi, el incomparable en otro tiempo, es hoy sólo el guardián del mimbar, el pulpito de la gran mezquita. También su cedro habla a través de la escritura en oro y plata. Un paseo por las tumbas Saadies y por el museo de Marrakech sobre el imponente palacio y un último destino antes de volver a la plaza que te llama, que no se te va de la cabeza: La Medersa de Ben Youssef, pozo de saber. Te detienes en el patio central y casi puedes oír las voces de los estudiantes recitando el Corán. Algo dentro de ti te dice que esas voces vienen de Xemaá El Fna y decides regresar.

palabras o plegarias
La luna se asoma rotunda y la plaza se ha puesto de largo. Corros de gente se arremolinan junto al halaka, el contador de historias. Tiene una larga barba y le faltan algunos dientes. Su traje es azul, como su piel, y es tan viejo como el mundo. Sabe de memoria las mil y una noches, o eso dice, y tú permaneces inmóvil dejándote atrapar por las palabras que no entiendes, pero que te zarandean las emociones.
¿Qué es lo que dice? Imaginas que puede estar contando la historia de Mahoma, cuando una serpiente le picó y el chupó su veneno y lo escupió por la tierra para que creciera el tabaco. Pero tampoco importa mucho lo que dice, sino como lo dice.
Los tonos se elevan, los susurros se esconden, la garganta emite sonidos que te provocan escalofríos, y todo el cuerpo habla dejándote fascinado. La voz es el actor que no ves interpretando la historia de la tierra. Abducido por la cadencia de las notas te recoges entero mientras se desparrama el verbo. Los turistas se cansan pronto y se van. Algo se rompe en cada deserción, y el halaka añade a su tono un reproche que ninguno logra advertir.
Apenas quedan ya una decena de contadores de historia. Estas prácticas occidentales, que en ellos son desprecio, les han alejado de la plaza que siempre fue suya, y por quienes la Unesco concedió a este lugar el estatus de Patrimonio Oral de la Humanidad.
Nuestro mundo ha perdido el respeto por lo que nace en el ser humano para adorar todo aquello que sale de él. ¿Qué hubiera escrito Canetti cuando el halaka, con infinita tristeza, mirando a su alrededor, le dijera: Xemaa el Fna belia? La plaza es la tentación del vicio, por eso muchos no dejan que sus hijos se pierdan en su presente.

todos los mundos están aqui
Una vez que has conseguido detener el tiempo al hilo de sus palabras vuelves al momento. Las voces de un saltimbanqui que quiere ser fakir te parecen sacrílegas ahora. Un grupo de músicos de la etnia gnaua rompe la noche agitando al viento sus borlas. Una curandera de rostro indescifrable recita el Corán asegurando que sus versos sanan. Allí hay vendedores de ungüentos o de hierbas que dicen dentistas sacamuelas, pigmentadoras de
henna que te venden dos meses a precio de un día. Mis ojos se paran en un viejo tocado con un elegante turbante verde que juega con palomas y en un niño a su lado que asegura poseer una alfombra voladora. Todos sin excepción pretenden vender sueños, los de cada uno de nosotros.
Te alejas de la plaza intentando descubrir entre las miles de voces la voz del invisible, su letanía pausada y repetitiva, esa que tanto desasosiego produjo en tu cicerone. Pero no lo consigues. Te vas intentando reproducirlo en tu mente: “-a-a- a-a-a-aa”, y es entonces cuando adviertes porque Marrakech quiere decir “vete deprisa”. Si permaneces un momento más allí la plaza te robará el alma para siempre y vayas donde vayas, nunca volverás a ser el mismo.




 

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