Radiografía de 2025: El Incendio Global y la Geopolítica del Abismo
- Un mundo mal gobernado: La crisis del "Adulto en la Sala"
- China: El verdadero gigante inquietante y la hegemonía naval
- La brecha industrial naval: Una advertencia existencial para Occidente
- El Mar de China Meridional: Laboratorio de la próxima guerra
- Taiwán 2026: Del desembarco a la cuarentena
- Ucrania y Rusia: Guerra larga, potencias cansadas
- La lógica de la atrición y el reloj biológico de la guerra
- La respuesta europea: El plan "ReArm Europe"
- La guerra difusa: Ciberespacio, manipulación y la vulnerabilidad submarina
- La batalla del fondo marino
- Gaza, Cisjordania y la fractura moral de Occidente
- El plan del "Día Después" y la sombra de Irán
- Estados Unidos y la prudencia áspera de Trump
- África y América Latina: Las periferias que arden
- América Latina: La Doctrina Monroe recargada
- Perspectivas Económicas 2026: Fragmentación y Resiliencia
- 2026: El año del coste acumulado
El año 2026 puede ser, perfectamente, la chispa que transforme esa mezcla en uno o varios cataclismos geoestratégicos capaces de provocar un incendio global. Lo inquietante no es solo el número de conflictos, sino la sensación de que los dirigentes actuales son, en demasiados casos, fanáticos sanguinarios o aficionados miopes e incompetentes, muy por debajo de la talla de los líderes de la posguerra.
Esta no es una afirmación retórica, sino una conclusión forense derivada del análisis de los hechos. La arquitectura de seguridad internacional, laboriosamente construida sobre las ruinas de 1945 y reforzada tras la Guerra Fría, no se está agrietando; se está derrumbando. La vieja división entre "frentes calientes" y "zonas de paz" se ha desdibujado hasta volverse irreconocible.
Hoy, un incidente en un triángulo fronterizo africano, un sabotaje en un estrecho asiático o un atentado en una capital europea pueden activar, en cuestión de horas, ondas de choque sísmicas que golpean simultáneamente a los mercados financieros, los precios energéticos y la estabilidad social de democracias ya de por sí polarizadas. Cada conflicto que antaño habríamos despachado como "local" o "periférico" es hoy un shock sistémico en potencia.
Un mundo mal gobernado: La crisis del "Adulto en la Sala"
El planeta ha tenido la desgracia de encadenar dirigentes políticos fanáticos, sanguinarios, miopes geopolíticamente e incompetentes, que gestionan crisis estructurales con reflejos de campaña electoral permanente. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial no se veía una brecha tan grande entre la complejidad de los desafíos y la pobreza intelectual y moral de buena parte de quienes toman decisiones.
La narrativa tranquilizadora de que el mundo sigue en manos de "adultos en la sala" es ya insostenible. Hemos presenciado cómo la tecnocracia diplomática, obsesionada con el proceso más que con el resultado, ha sido sistemáticamente superada por la brutalidad de la realpolitik.
Los errores acumulados de Occidente —en Oriente Medio, en la ampliación yardí de la OTAN y su cuestionamiento por parte de los EE. UU., así como en la gestión de las relaciones con China y Rusia— han tenido como consecuencia un acercamiento, aún parcial pero muy significativo, entre Pekín y Moscú, que podrían convertirse en aliados casi estructurales en los próximos 5 a 10 años si nada cambia.
Esta convergencia no nace del afecto mutuo, sino del resentimiento compartido y del cálculo estratégico frío. Moscú aporta la disposición al riesgo, los recursos energéticos masivos y una experiencia militar reciente y sangrienta; Pekín añade el músculo industrial, la financiación y la cobertura diplomática en los foros internacionales.
Ambos cooperan ya en ámbitos críticos como las rutas árticas, las infraestructuras estratégicas y las tecnologías sensibles de doble uso. No es una alianza romántica, sino un matrimonio de conveniencia entre una potencia revisionista herida que busca destruir el orden actual y otra que aspira a reescribir las reglas del juego global en beneficio propio.
China: El verdadero gigante inquietante y la hegemonía naval
El mundo aún tiende a mirar a Rusia con los lentes de la Guerra Fría, cuando el verdadero gigante del siglo XXI es China. Pekín no es un "gigante demográfico sin músculo económico", sino una potencia militar y tecnológica en expansión, con capacidades crecientes de proyección de fuerza y una visión estratégica de largo plazo que trasciende a sus dirigentes concretos.
Las capacidades militares chinas son extraordinarias, tanto en lo convencional como en lo nuclear, lo naval, lo espacial y lo hipersónico. China bota cada año tantos buques de guerra como el total de la marina de Francia y ha multiplicado sus inversiones en misiles antibuque, defensa aérea de área y guerra electrónica, diseñados expresamente para dificultar el acceso de fuerzas estadounidenses a su perímetro.
La brecha industrial naval: Una advertencia existencial para Occidente
El dato más escalofriante, y quizás el menos comprendido por la opinión pública occidental anestesiada, es la disparidad abismal en la capacidad de construcción naval. Según datos de la propia inteligencia naval estadounidense, China posee una capacidad de construcción naval 232 veces superior a la de Estados Unidos. En 2024, mientras los astilleros chinos entregaban más de 1.000 buques comerciales, la industria estadounidense producía apenas ocho.
Esta asimetría no es una mera curiosidad estadística; es la base de la doctrina de "Fusión Militar-Civil" de Pekín. Sus astilleros son instalaciones de uso dual que permiten una producción en masa en tiempos de paz y, lo que es más crítico, una capacidad de reparación de daños en combate que Occidente sencillamente no puede igualar. En un conflicto naval prolongado en el Pacífico, la capacidad de reponer y reparar buques será más determinante que la sofisticación tecnológica inicial de la flota.
La historia militar nos enseña que la cantidad, a partir de cierto punto, tiene una calidad propia. Estados Unidos, con una base industrial atrofiada y una escasez crónica de mano de obra cualificada, se enfrenta a obstáculos casi insuperables para cerrar esta brecha en la próxima década.
El Mar de China Meridional: Laboratorio de la próxima guerra
Las fricciones, tensiones, escaramuzas y enfrentamientos de China con sus vecinos se multiplican: Filipinas, Taiwán, Tailandia, Singapur, Vietnam, Australia, Nueva Zelanda y, cada vez más, Japón viven en contacto diario con la presión de barcos, aviones y guardacostas chinos. La construcción de islas artificiales en el mar de China Meridional se ha intensificado en los últimos años, acompañada de pistas de aterrizaje, radares, puertos y sistemas de misiles que transforman arrecifes en auténticos portaaviones estáticos insumergibles.
La estrategia china está perfectamente planificada y ejecutada desde hace años: se trata de controlar las rutas marítimas más sensibles del planeta y las materias primas de las que depende su crecimiento, consolidando un cuasi monopolio sobre las tierras raras —cerca del 80% de la producción mundial y el 90% del refinado—, esenciales para la electrónica, la defensa y la transición energética. Su obsesión por el control de los "cuellos de botella" del comercio global es evidente: el estrecho de Malaca es su verdadera vulnerabilidad y, al mismo tiempo, el epicentro de su despliegue; pero no olvida el estrecho de Taiwán, el de Bab el-Mandeb, el canal de Panamá ni las nuevas rutas árticas que desarrolla en estrecha colaboración con Rusia.
Taiwán 2026: Del desembarco a la cuarentena
En este teatro de operaciones, 2026 se perfila no necesariamente como el año de la invasión anfibia total —una operación de riesgo extremo que podría salir mal de mil maneras— sino como el año de la "cuarentena" o el bloqueo. Los juegos de guerra realizados por centros de pensamiento como el CSIS (Center for Strategic and International Studies) han modelado extensamente una invasión anfibia china en 2026, arrojando resultados sombríos: aunque Taiwán podría sobrevivir como entidad autónoma en la mayoría de los escenarios, el coste sería la devastación absoluta de la isla y pérdidas masivas para Estados Unidos y Japón, incluyendo docenas de buques capitales y cientos de aviones de combate de quinta generación.
Sin embargo, el escenario más insidioso y probable para 2026 es el bloqueo naval y aéreo. China ha ensayado repetidamente esta maniobra desde 2022, perfeccionando su ejecución en cada iteración de sus ejercicios "Joint Sword". Un bloqueo no es una guerra abierta inmediata; es una estrangulación económica y energética lenta pero letal. Taiwán, una isla pobre en recursos naturales, depende vitalmente de las importaciones de energía para sobrevivir.
Un bloqueo chino efectivo pondría a Taipéi de rodillas y forzaría a Washington a tomar la decisión imposible de ser el primero en disparar para romper el cerco, trasladando la carga de la escalada nuclear a la Casa Blanca. La estrategia china busca ganar sin combatir, controlando los flujos vitales y aprovechando su dominio local y su red de misiles A2/AD (Anti-Acceso/Denegación de Área) para disuadir cualquier intervención externa.
Ucrania y Rusia: Guerra larga, potencias cansadas
En Ucrania, 2026 se anuncia como el año de la guerra "a cámara lenta": pocas variaciones de líneas en el mapa, pero una intensidad constante de ataques contra infraestructuras críticas, ciudades y centros neurálgicos de la economía. Moscú apuesta por agotar la resiliencia de Kiev y la paciencia de sus aliados, mientras Ucrania confía en mantener suficiente apoyo occidental para seguir resistiendo.
La imagen de Rusia como segunda potencia mundial solo se sostiene por su arsenal nuclear; en términos de PIB, su economía se sitúa entre la de España e Italia, una debilidad estructural que limita su capacidad de proyectar poder prolongado. Esa combinación de fuerza militar bruta y fragilidad económica alimenta un comportamiento arriesgado: suficiente músculo para desestabilizar, insuficiente capacidad para construir un orden alternativo.
La lógica de la atrición y el reloj biológico de la guerra
Rusia ha transformado el conflicto en una guerra de desgaste industrial, donde la victoria no se mide en kilómetros cuadrados capturados, sino en la tasa de destrucción de los recursos del enemigo. Sin embargo, este cálculo tiene una fecha de caducidad. Los analistas militares advierten que, a las tasas actuales de atrición, el equipamiento recuperable de los inmensos almacenes soviéticos —tanques, artillería, vehículos blindados— podría agotarse hacia finales de 2026 o principios de 2027. Esto coloca a Putin ante una ventana de oportunidad que se cierra rápidamente, lo que podría incentivar una escalada híbrida desesperada antes de que su maquinaria bélica convencional empiece a griparse por falta de metal.
Por otro lado, Ucrania enfrenta su propio invierno demográfico y económico. La destrucción sistemática de su red energética busca hacer la vida inviable en los centros urbanos, provocando nuevas oleadas de refugiados que tensen las costuras políticas de la Unión Europea. Kiev necesita no solo armas, sino una garantía de supervivencia económica que solo Occidente puede proveer, y que cada vez es más cuestionada por sectores populistas en Europa y Estados Unidos.
La respuesta europea: El plan "ReArm Europe"
Ante la evidencia de que el paraguas de seguridad estadounidense podría tener agujeros en una segunda administración Trump, Europa empieza a despertar de su letargo estratégico, aunque con una lentitud exasperante. El plan "ReArm Europe", debatido intensamente en los pasillos de Bruselas, busca movilizar hasta 800.000 millones de euros para defensa mediante una combinación de flexibilidad fiscal y nuevos instrumentos de deuda conjunta.
No se trata solo de gastar más, sino de gastar mejor y juntos, superando la fragmentación de un mercado de defensa donde cada nación protege celosamente a sus campeones nacionales ineficientes.
La Comisión Europea propone medidas que habrían sido consideradas herejía financiera hace solo unos años, como activar cláusulas de escape en el Pacto de Estabilidad para permitir el gasto militar sin penalización de déficit. Sin embargo, la batalla política interna es feroz: los países "frugales" del norte se resisten a la emisión de deuda conjunta para defensa, mientras que los estados del este exigen una inversión inmediata y masiva en la frontera con Rusia.
La guerra difusa: Ciberespacio, manipulación y la vulnerabilidad submarina
Más allá de los frentes visibles, 2026 será el año de la guerra difusa. Las capacidades extraordinarias de ciberataque, manipulación informativa y guerra híbrida se han convertido en herramientas habituales de Estados y actores no estatales, que combinan sabotaje digital, campañas de desinformación y presión económica para debilitar al adversario sin cruzar formalmente el umbral de la guerra declarada.
Las infraestructuras críticas —cables submarinos, redes eléctricas, sistemas financieros, satélites— son objetivos cada vez más expuestos porque son más fáciles de atacar que de defender. Cualquier golpe exitoso puede paralizar regiones enteras, interrumpir cadenas de suministro y desestabilizar gobiernos sin que se dispare un solo tiro en la frontera.
La batalla del fondo marino
Más del 95% del tráfico de internet y datos del mundo viaja a través de una red vulnerable de cables de fibra óptica que reposan en el fondo de los océanos. Estas arterias de la globalización, que transportan billones de dólares en transacciones financieras diariamente, están alarmantemente desprotegidas. Rusia ha intensificado la actividad de su flota "en la sombra" y de buques especializados como el Yantar, diseñados para operar a grandes profundidades y manipular o cortar estas infraestructuras vitales.
Los incidentes de cortes de cables en el Báltico y el Atlántico Norte han dejado de ser anomalías técnicas para convertirse en un patrón de señalización estratégica: Moscú está demostrando que tiene la capacidad de dejar a Europa a oscuras y desconectada sin necesidad de una invasión terrestre. La respuesta de la OTAN ha sido aumentar las patrullas marítimas, pero la inmensidad del océano y la dificultad de atribución legal inmediata hacen de este un flanco extremadamente difícil de proteger.
A esto se suma la guerra en el espectro electromagnético. El jamming (interferencia) de señales GPS se ha vuelto endémico en el flanco oriental de la Alianza, afectando desde la aviación civil hasta la logística marítima. Incidentes recientes, como la pérdida de señal en vuelos de altos dignatarios europeos cerca de Kaliningrado, son advertencias claras de que el espacio aéreo europeo ya es un campo de batalla activo en la zona gris.
Gaza, Cisjordania y la fractura moral de Occidente
En Oriente Medio, el conflicto entre Israel y los palestinos seguirá marcando el termómetro moral y político del sistema internacional en 2026. Gaza corre el riesgo de cronificar una combinación de destrucción masiva, crisis humanitaria y ausencia de horizonte político, mientras Cisjordania se desliza hacia un escenario de violencia sostenida por la expansión de asentamientos y la erosión de la Autoridad Palestina.
La fractura más profunda se produce en el plano de la legitimidad: el discurso occidental sobre derecho internacional y derechos humanos pierde credibilidad cada día que se aplican métricas distintas a unas víctimas y otras. Esa doble vara de medir alimenta narrativas antioccidentales desde el Sahel hasta Asia y refuerza la idea de que las reglas del juego son negociables para quien tenga fuerza suficiente. Esta pérdida de autoridad moral es un regalo geopolítico incalculable para Rusia y China, que explotan la narrativa de la "hipocresía occidental" para ganar adeptos en el llamado Sur Global.
El plan del "Día Después" y la sombra de Irán
El plan de la administración Trump para el "día después" en Gaza, que contempla una fuerza de estabilización compuesta por tropas de países musulmanes (con Pakistán en un papel destacado), es una apuesta de realpolitik audaz pero extraordinariamente arriesgada. Busca neutralizar la narrativa de la "ocupación cruzada" que utiliza Teherán, pero pone en peligro la estabilidad interna de regímenes aliados que enfrentan una oposición islamista feroz en sus propias calles.
En paralelo, la rivalidad entre Irán y el eje formado por Israel y varios socios árabes convierte cada incidente en Siria, Irak o el Líbano en posible chispa de escalada mayor. Teherán, lejos de detenerse, ha reconstituido su programa de misiles balísticos con ayuda externa, planteando una estrategia de "disuasión por volumen" diseñada para saturar las defensas antimisiles israelíes y estadounidenses. El umbral nuclear iraní sigue siendo la línea roja definitiva, una que, de cruzarse, alteraría irrevocablemente la seguridad regional.
Estados Unidos y la prudencia áspera de Trump
La segunda presidencia de Donald Trump no ha provocado el cataclismo que muchos auguraban, pero sí ha acelerado una transformación incómoda del papel de Estados Unidos. Su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 concentra recursos en unos pocos intereses vitales —evitar una gran guerra, contener costes, reordenar alianzas— y exige a europeos y asiáticos que asuman más responsabilidad en su propia defensa.
La política exterior de Washington combina contención prudente y brutalismo retórico: busca evitar nuevos conflictos de alta intensidad, ha patrocinado esfuerzos de mediación o desescalada en Ucrania y Gaza, y observa con atención la rivalidad indo-paquistaní, donde el riesgo de ataques terroristas y escalada convencional vuelve a figurar en los informes de riesgo. Pero lo hace con formas duras: presiones arancelarias, recortes de ayuda, advertencias públicas a socios considerados poco fiables y una visión marcadamente transaccional de los compromisos de seguridad.
Más que aventurismo, se trata de una diplomacia de factura y recibo que pone precio a casi todo —de las bases militares al paraguas nuclear— y debilita los mecanismos multilaterales de prevención de conflictos. El mundo se acostumbra a que la estabilidad global dependa del cálculo frío de intereses en la Casa Blanca y de la capacidad de aliados y rivales para interpretar si una amenaza es teatro para consumo interno o una línea roja real.
África y América Latina: Las periferias que arden
África continúa siendo el continente con más guerras activas y crisis humanitarias severas. Sudán, el Sahel, el este del Congo, partes de Somalia y Etiopía figuran entre los escenarios con mayor riesgo de escalada en 2026, en un cóctel de golpes de Estado, luchas de élites, presencia de grupos yihadistas y competencia entre potencias externas.
En el Sahel, la retirada de las tropas francesas y estadounidenses ha dejado un vacío de seguridad que ha sido llenado, de manera oportunista y depredadora, por Rusia (a través del Africa Corps, sucesor de Wagner) y por grupos yihadistas en expansión (JNIM y Estado Islámico). Países como Malí, Burkina Faso y Níger se deslizan peligrosamente hacia la condición de estados fallidos, gobernados por juntas militares que han hipotecado su soberanía a Moscú a cambio de una seguridad que no llega, mientras el terrorismo se expande hacia los estados costeros del Golfo de Guinea.
América Latina: La Doctrina Monroe recargada
En América Latina no se esperan guerras interestatales, pero sí una preocupante militarización de la política interna. Gobiernos de distinto signo recurren a las fuerzas armadas para gestionar seguridad ciudadana, fronteras y conflictos sociales, diluyendo la frontera entre defensa exterior y orden público. La reforma de la Guardia Nacional en México y la declaración de "conflicto armado interno" en Ecuador son síntomas de estados que se ven desbordados por el poder de fuego y financiero de los cárteles transnacionales.
La administración Trump ha respondido con lo que podríamos llamar una "Doctrina Monroe con esteroides". La designación de los cárteles y del régimen venezolano como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) y la imposición de bloqueos navales selectivos son muestra de que, para Washington, la seguridad del hemisferio es un asunto doméstico que se gestiona con mano de hierro.
Venezuela, consolidada como un narcoestado bajo el paraguas de alianzas con Rusia e Irán, se convierte en el epicentro de la fricción, con Estados Unidos dispuesto a estrangular financieramente al régimen de Maduro, incluso a riesgo de desestabilizar el mercado petrolero.
Perspectivas Económicas 2026: Fragmentación y Resiliencia
En el plano económico, 2026 será el año en que la fragmentación geopolítica se traslade definitivamente a los balances contables. La era del libre comercio global sin fricciones ha muerto; bienvenido a la era del comercio "entre amigos" (friend-shoring) y las barreras estratégicas.
A pesar de los vientos en contra de las guerras comerciales y los aranceles, la economía global muestra una resiliencia sorprendente, aunque desigual. Se espera que los precios de las materias primas, especialmente la energía y los alimentos, continúen su tendencia a la baja o moderación en 2026, lo que ofrecerá un respiro a la inflación global. El Banco Mundial proyecta que los precios de las commodities caerán a mínimos de seis años, impulsados por un superávit de petróleo que podría superar los máximos de 2020. Esta sobreabundancia petrolera es una mala noticia para Petro estados como Rusia e Irán, reduciendo sus márgenes de maniobra, pero un bálsamo para los importadores y los consumidores occidentales.
Sin embargo, esta estabilidad de precios convive con una incertidumbre radical en las cadenas de suministro. Las empresas deben navegar un campo minado de sanciones, controles de exportación y riesgos de transporte. La inversión en Inteligencia Artificial sigue siendo el gran motor de esperanza para la productividad, aunque crecen las voces que advierten sobre una posible burbuja si los beneficios tangibles no empiezan a materializarse pronto en los balances corporativos.
2026: El año del coste acumulado
El mundo llega a 2026 con demasiados incendios a medio apagar, un número limitado de bomberos y una opinión pública agotada. El peligro ya no es solo "la gran guerra" que todo el mundo teme, sino la suma de conflictos medianos, crisis humanitarias, shocks energéticos y oleadas migratorias que corroen democracias, alimentan extremismos y normalizan la idea de que la guerra permanente es el paisaje de fondo.
Evitar que el año se convierta en la espoleta de una catástrofe mayor exige algo que hoy escasea: liderazgo político dispuesto a asumir costes a corto plazo para prevenir desastres a largo, inversión en diplomacia paciente y reconstrucción de normas mínimas de contención. No se trata de resignarse a gestionar el incendio, sino de decidir si aceptamos vivir en un mundo donde la guerra es rutina o si, por primera vez en mucho tiempo, se empieza a tratar como una anomalía intolerable. La historia no perdona a quienes ignoran sus avisos, y 2025 nos ha dejado demasiados como para fingir sorpresa cuando llegue el fuego.