Trump en la Knesset: el teatro del poder y la diplomacia de la paradoja
- El poder de la imagen y la diplomacia de la paradoja
- El espectáculo como esencia del poder
- La verdad como arma retórica
- La diplomacia como continuación de la guerra
- El apogeo de un reinado simbólico
Primero ejerció la abogacía (1987-1989), especializándose en cuestiones de inmigración, antes de iniciar su carrera diplomática en enero de 1990.
Primero fue jefe de servicio en la Dirección General de Política Exterior para Europa y, posteriormente, director de Oriente Próximo en la Dirección General Adjunta para Oriente Medio, donde siguió de cerca la guerra del Golfo. Tras ser coordinador de las sanciones contra Irak en la OCDE en octubre de 1990, fue destinado a la embajada de España en Libia (abril de 1991) y, posteriormente, en Jordania (1993). En 2012, fue nombrado embajador de España en la India. Entre 1996 y 2008, también desarrolló una carrera política: director general del Gabinete del ministro del Interior (1996-2000) y, posteriormente, diputado por el Partido Popular español (2000-2012).
El poder de la imagen y la diplomacia de la paradoja
En política hay leyes no escritas, fuerzas telúricas que rigen las lealtades. La más inmutable es sin duda esa gravedad que atrae a las potencias hacia el polo del éxito. A casi todos les gusta asociarse con el vencedor, con la notable excepción de los enemigos irreductibles, los insensatos y los oportunistas que, atentos al sentido del viento, siempre acaban cambiando de bando.
En un momento en que las cancillerías europeas —desde Londres hasta París, desde Bruselas hasta Madrid— tratan de atribuirse una parte de un triunfo cuyos protagonistas son, sin embargo, evidentes, conviene recordar que Estados Unidos, impulsado por un Donald Trump que maneja una diplomacia sin tapujos, es el verdadero artífice de esta reconfiguración. Un éxito que algunos siguen negando por dogmatismo y que muchos actores intentan hoy apropiarse.
Una vez más, Donald Trump ha demostrado que su lenguaje directo, su innato sentido del espectáculo y su formidable intuición política pueden convertirse en instrumentos de una diplomacia de una eficacia formidable. Su histórica intervención ante la Knesset no solo será recordada por su tono o su puesta en escena, sino por la magistral alquimia con la que combinó el elogio, la advertencia y la visión estratégica en un mismo discurso. Rara vez un líder extranjero habrá pronunciado palabras tan audaces, cargadas de tal simbolismo y de una claridad tan calculada, en el corazón mismo del reactor político israelí.
El espectáculo como esencia del poder
Desde el primer momento, Trump se comportó como el arquetipo de la figura que había moldeado pacientemente. Es la materialización de lo que pensadores franceses como Guy Debord o Jean Baudrillard podrían haber teorizado: un hombre para quien el espectáculo no es una simple herramienta de la política, sino la política misma, un simulacro en el que la imagen y la realidad se fusionan hasta volverse indistinguibles.
Parece que relajado, consciente de la gravedad del momento, era consciente del profundo impacto que cada frase tendría en el panorama mundial. La impactante imagen de los parlamentarios israelíes aplaudiéndole con fervor, algunos con las icónicas gorras rojas "MAGA", no era un simple decoro: era la manifestación visible de su capacidad para exportar una mitología política mucho más allá de sus fronteras.
La verdad como arma retórica
Trump comenzó su intervención con un tono decididamente conciliador, agradeciendo a Israel su valentía y determinación. Sin embargo, bajo esa capa de adulación se ocultaban mensajes de considerable alcance.
En una de las frases más significativas, exhortó a los israelíes a transmutar su ingenio:
"Si pusieran el mismo ingenio con el que se defienden a crear, innovar y construir, el resultado sería algo sin precedentes".
Una advertencia como esta, pronunciada desde Jerusalén, requiere un valor político extraordinario. Es mucho más que un consejo: es un desafío a la propia identidad de una nación construida sobre el imperativo de la seguridad. Como recordaba Talleyrand, "al hombre se le ha dado la palabra para disfrazar sus pensamientos". Trump, por su parte, invierte el axioma: utiliza la franqueza más brutal como la más sofisticada de las máscaras, haciendo que sus intenciones últimas sean perfectamente opacas.
Su audacia no se detiene ahí. Mencionó elogiosamente a Qatar y a "otros Estados árabes", reconociendo su papel de mediadores. El silencio que se instaló entonces en el hemiciclo era palpable. Al actuar así, Trump reforzaba su estatus de árbitro global, único capaz de hacer dialogar a los irreconciliables.
Aquí es donde, paradójicamente, se une a la tradición de la Realpolitik de Henry Kissinger, para quien "el papel del estadista es salvar la brecha entre la experiencia y la visión". Trump, a su manera, salva esa brecha con la sola fuerza de su voluntad y su personalidad.
La diplomacia como continuación de la guerra
En otro momento clave, el presidente tendió una mano inesperada a Teherán, afirmando que "la mano de Estados Unidos está abierta si Irán elige la paz", justo después de acusar al régimen de los ayatolás de "sembrar la muerte y la destrucción".
Esta dualidad calculada parece sacada directamente de El príncipe de Maquiavelo, donde se aconseja al soberano que sepa "usar la bestia y el hombre". Esta técnica retórica, que domina a la perfección, le permite situarse por encima de las ortodoxias diplomáticas.
Su enfoque parece invertir el adagio de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Para Trump, la diplomacia misma se convierte en la continuación de la guerra: una guerra psicológica, narrativa y económica.
Que gran parte del discurso fuera improvisado no es un detalle, sino la clave de su eficacia. Esta espontaneidad calculada le permitió navegar con una naturalidad desconcertante, pasando del humor al desafío, de la ironía a los aplausos entusiastas.
Su gesto hacia el líder de la oposición, Yair Lapid —"BB, compórtate bien con él, ya no estás en guerra y me cae muy bien"— fue un golpe maestro: un llamamiento a la unidad nacional disfrazado de familiaridad, que lo posicionó como un padrino benévolo de la escena política israelí.
El apogeo de un reinado simbólico
El momento más emotivo se alcanzó cuando calificó a Jerusalén como "la capital eterna e indivisible del Estado de Israel". Pero el clímax político se produjo cuando pidió públicamente al presidente israelí que considerara el indulto total para Benjamin Netanyahu.
En ese preciso momento, solo la mitad del hemiciclo se puso en pie, dejando al descubierto la fractura sísmica que atraviesa el país.
En definitiva, como observaba el general De Gaulle en sus Memorias de guerra:
"La verdadera diplomacia siempre supone una cierta comunidad de puntos de vista entre las partes. Pero la fuerza sigue siendo el último argumento".
Trump encarna esta visión en la que el poder no es un tabú, sino la principal palanca para remodelar la realidad.
El espectáculo, por brillante que sea, aún tendrá que demostrar su perdurabilidad. Pero una cosa es segura: ese día, en Jerusalén, Donald Trump no solo pronunció un discurso. Ofreció una actuación que redefinió los límites de lo posible en la política internacional.
Quizás su legado no se mida en tratados, sino en la propia reconfiguración de lo que creíamos que era el arte de lo posible.