Escenarios para un acuerdo de paz
Esta semana es obligado dedicar nuestro espacio una vez más a lo que está sucediendo en la Franja de Gaza. Ya hace unos días tratamos de explicar lo que está enfrentando Israel (sin disculpar o justificar determinadas acciones o procedimientos), y la gravedad de la situación que nos ha llevado al momento actual
Sin embargo, hace pocos días se puso sobre la mesa una propuesta de plan de paz que merece la pena ser analizado para poder entender a qué escenarios puede llevarnos, pues no debemos olvidar que lo que está en juego no es sólo la estabilidad regional.
La propuesta de acuerdo de paz entre Israel y Hamás ha sido promovida por la Casa Blanca, y puede interpretarse como una iniciativa de "diplomacia de alta presión" que busca poner fin a la guerra de manera rápida, respondiendo, tanto al clamor internacional que exige poner fin a la crisis humanitaria en la Franja de Gaza, como a la intensa presión política interna sobre el asunto que hay en Israel y Estados Unidos, porque no hay que olvidar que la presión interna por este tema en ambos países es más que elevada. En el centro de la propuesta, como no, se sitúa la liberación de los rehenes israelíes retenidos en la Franja, siendo este, además de un elemento central, un requisito inicial e imprescindible.
El presidente estadounidense ha tomado, siguiendo su línea habitual, un protagonismo absoluto, incluyendo un claro ', ultimátum a Hamás para que acepte la propuesta. Los ejes del plan, más que en la construcción de una paz integral, son la seguridad y el desarme de Hamás, pero es que esas dos condiciones son imprescindibles para poder continuar dando pasos en la buena dirección. Hay quien lo ha descrito no como un plan de paz, sino como un "marco para futuras negociaciones", que evita abordar o toca muy de soslayo cuestiones fundamentales como la ocupación territorial o el derecho a la autodeterminación palestina. Sin embargo, dada la situación actual, probablemente sea la mejor forma de abordar el asunto. El objetivo central es doble: la liberación inmediata de todos los rehenes (vivos y fallecidos), y el desarme y desmantelamiento de Hamás como fuerza gobernante en Gaza y como instrumento militar.
En toda la gestión del proceso, el papel de Qatar se ha consolidado como un canal de comunicación imprescindible con Hamás, incluso obteniendo una garantía de seguridad ampliada por parte de Estados Unidos después del ataque israelí en suelo qatarí contra líderes de la organización terrorista. La postura de Israel por su parte ha sido la de proyectar un compromiso con la "aplicación inmediata" de la primera fase del plan, buscando gestionar la narrativa de urgencia. Esto no es baladí, pues si algo necesita Israel es recuperar posiciones en la lucha por el relato. El primer ministro israelí ha insistido en la promesa del regreso de los rehenes y la desmilitarización de Gaza, lo que subraya que el cese de hostilidades está supeditado al cumplimiento de objetivos militares esenciales.
El plan se articula alrededor de 20 puntos clave, con una estructura de gobernanza postconflicto que introduce riesgos de volatilidad intrínsecos. Se establece, por ejemplo, que la gestión de Gaza recaería en un órgano tecnócrata compuesto por gazatíes, con la exclusión explícita de Hamás y otras facciones armadas, y que estaría supervisado por una autoridad transicional liderada por el propio presidente estadounidense.
Esta dependencia del liderazgo político estadounidense y la centralización de la supervisión en una única figura política introducen un factor de gran vulnerabilidad a los ciclos políticos de EE. UU. El modelo, en la práctica, es una estrategia de salida del conflicto a corto plazo que sienta las bases para seguir avanzando en la negociación hacia una solución más duradera y asentada, pero de ninguna manera puede ser entendido como un acuerdo de paz definitivo.
En cuanto a los puntos más concretos, el plan estipula un intercambio de rehenes y prisioneros en fases, comenzando con un alto el fuego de 60 días. Israel se compromete a una retirada progresiva de la Franja, aunque manteniendo un "perímetro de seguridad" hasta que la amenaza terrorista sea erradicada. La seguridad interna estaría a cargo de una fuerza multinacional de paz, idealmente integrada por países árabes o musulmanes para reducir la fricción.
Inicialmente ambas partes han decidido aceptar las bases del documento y firmar el acuerdo; sin embargo, la experiencia nos obliga a ser cautos y contemplar todas las opciones, pues el camino aún se antoja largo y tortuoso.
La viabilidad del acuerdo se enfrenta a la incompatibilidad fundamental de las demandas de las partes, creando una "dinámica de suma cero” que resulta casi imposible de superar:
1. El veto de Hamás a la exclusión política: aunque Hamás ha aceptado formalmente el plan, no lo ha hecho sin expresar sus “enmiendas” y condiciones. El grupo islamista ha insistido en su derecho a participar en el futuro político del territorio y ha reclamado un cese total y permanente de la agresión israelí. Su respuesta inicial fue notablemente ambigua respecto a los puntos clave del desarme y la aceptación de una fuerza internacional, lo cual sugiere que es aceptación táctica para forzar el fin del asedio, más que una rendición política, convirtiendo este punto en una de las grandes incógnitas a futuro.
2. El veto de Israel al cese permanente: el primer ministro Netanyahu ha rechazado rotundamente cualquier idea de tregua parcial y se opone al cese total de las hostilidades sin haber garantizado el desarme completo de Hamás. Para las facciones de línea dura israelíes, el desmantelamiento total de la capacidad militar de Hamás es la justificación principal de la guerra; aceptar un alto el fuego permanente sin verificar el desarme deslegitimaría esa justificación.
3. La crisis humanitaria como palanca: la situación humanitaria catastrófica, con hambruna y muertes por desnutrición ejerce una presión moral extrema en ambas partes, aunque Israel aparezca a ojos de todos como el principal responsable. Las denuncias de que la ayuda está siendo politizada y bloqueada por Israel, por un lado, o las acusaciones de que es Hamás quien está haciéndose con el control de ésta una vez que entra en territorio gazatí, demuestran que, si el control de la ayuda falla, las negociaciones se colapsarán inevitablemente, ya que la población gazatí no percibirá ningún beneficio del acuerdo.
La matriz anexa nos ilustra de una manera más comprensible la incompatibilidad de las demandas existenciales:
Con este estado de cosas, podemos plantear tres escenarios posibles, teniendo en cuenta eso sí la tradicional volatilidad de la situación de la región, y que hay muchos factores externos que pueden terminar influyendo, cuyo estudio y correlación requeriría un trabajo muchísimo más extenso.
El primer escenario es el que podríamos denominar como “gran logro”.
Significaría que la iniciativa ha tenido una aceptación total y sin reparos por ambas partes (aunque tal vez no exactamente desde sus inicios), que se han superado las líneas rojas expresadas tanto por Israel como por Hamás y que y la dinámica de suma cero recogida en la tabla anterior ha quedado descartada. El alto el fuego es un hecho permanente y verificable. La presión sobre Hamás, ejercida principalmente por Qatar y Egipto fuerza a la organización a aceptar el exilio de su liderazgo y un desarme gradual y total de sus unidades a cambio de la liberación de prisioneros palestinos reflejada en el documento. La situación alcanzada permite iniciar la reconstrucción de Gaza y transfiriendo el control administrativo sin problemas a la autoridad tecnócrata supervisada por Estados Unidos. Es decir, todo lo recogido en el documento inicial es asumido y cumplido sin reparos por ambas partes.
Para que este marco se convirtiera en realidad, sería necesario una convergencia de factores y unos niveles de presión tanto hacia Israel como hacia Hamás sin precedentes. La presión de los familiares de los rehenes y de todo el movimiento que los apoya podría actuar como catalizador, sumado a la oposición política interna en Israel y a las diferencias dentro del propio Gobierno de Netanyahu, forzando una “concesión táctica” en lo que se refiere a la categoría de prisioneros liberados o el calendario de retirada, priorizando el retorno de los cautivos sobre el objetivo del desmantelamiento total e “in situ” de la infraestructura de Hamás. Habrá quien argumente en contra de esta postura afirmando que la guerra entonces no ha servido para nada.
Otro factor decisivo para llegar a esta situación provendría de las garantías regionales y económicas. Los Estados árabes del Golfo (EAU y Arabia Saudí) deberían ofrecer un “paquete de rescate” económico y de seguridad tan robusto (incluyendo la aceleración de la normalización con Israel) que hiciera que la desmilitarización de facto lograda mediante la diplomacia fuera más atractiva para Israel que el costo de una ocupación militar prolongada. Finalmente, la gestión de la transición de Hamás, negociando una salida segura para su cúpula liderazgo hacia un tercer país sería crucial para neutralizar su capacidad de entorpecer los acuerdos en Gaza.
Este escenario nos deja dos grandes beneficiados. Por un lado, el Estado de Israel, que logra el tan ansiado retorno de los rehenes y avanza significativamente en lo que podríamos considerar un principio de normalización de la región. La población de Gaza es indudablemente el otro beneficiado, pues el cese de las hostilidades abre la puerta a la entrada sin cortapisas de la imprescindible ayuda humanitaria y permite poner las bases para la reconstrucción. Estados Unidos, y particularmente el promotor del plan, su presidente, estarían en posición de vender la nueva situación como una victoria diplomática sin precedentes, lo cual lo sitúa directamente en el grupo de los beneficiados. El gran perdedor en este caso no sería el régimen de Teherán, que perdería casi por completo su capacidad de influencia en la Franja y, por lo tanto, una de sus principales herramientas de política exterior.
La mayor vulnerabilidad que presenta este escenario es lo que se podría denominar como la "Paradoja de la Paz Coercitiva." La imposición de un Gobierno de tecnócratas prescindiendo de un mandato popular o la celebración de elecciones, a pesar de la falta de cultura democrática de la zona, solo garantizará la estabilidad mientras la fuerza de seguridad internacional se mantenga. Si la Autoridad Nacional Palestina (ANP) no emprende reformas de calado, el vacío político creado por la salida de Hamás, convenientemente agitado y manipulado por actores externos interesados en hacer naufragar la iniciativa, podría ser colmado por el resentimiento popular, y fácilmente podríamos asistir al nacimiento de nuevas acciones violentas que asegurarían un nuevo ciclo de inestabilidad post-transicional en un horizonte a medio plazo.
El segundo escenario es lo que hemos denominado “Limbo Geopolítico”.
Lo primero para tener en cuenta es que, a pesar de ser considerados pesimistas, este es el que planteamos como más probable. En este caso estamos hablando de una implementación parcial del plan. La primera fase, la del intercambio de rehenes y retirada paulatina a posiciones más retrasadas de las fuerzas de las IDF, se llevaría a cabo con éxito, pero el primer problema de verdad para las negociaciones surgiría en el paso a la segunda fase, pues las dos variables que contempla, el desarme total y el cese permanente de las acciones militares, son las más inestables, y, por lo tanto, la probabilidad de un fracaso con este punto de partida es muy alta. En este supuesto, el conflicto no tomaría la virulencia actual, pero entraría en un estado de baja intensidad, con rebrotes puntuales de mayor violencia por ambas partes. Israel, lógicamente, mantendría el control militar en un perímetro de seguridad mucho mayor que el esperado y, a pesar del desgaste de su imagen internacional, continuará gestionando la entrada de ayuda de forma restrictiva. El proceso político quedaría paralizado, lo cual situaría a Gaza en un limbo geopolítico de inseguridad crónica y crisis humanitaria estructural, creando así mismo las condiciones ideales para la aparición de nuevas facciones violentas como hemos mencionado en el punto anterior.
El estancamiento descrito se alimenta principalmente de una dinámica de bloqueo mutuo. Hamás es muy probable que utilice sus enmiendas propuestas al plan para exigir garantías de un cese total de las acciones militares de las IDF y de la presencia israelí en la Franja mientras que Israel se niegue a retirar completamente sus fuerzas y a ceder el control del perímetro de seguridad. Lo que suceda además en la ANP es un factor clave. La ANP sigue careciendo de la legitimidad necesaria para asumir el control civil en Gaza, lo que impide a los mediadores internacionales asegurar los fondos de reconstrucción y la transición política. Por lo tanto, aunque no lo parezca, su reestructuración y la recuperación de la credibilidad como gestor y garante de la paz es el centro de gravedad de este plan.
La situación de estancamiento descrita se facilitaría enormemente por la parálisis multilateral a nivel internacional. Las principales potencias mundiales globales se encuentran divididas (como es habitual), y el Consejo de Seguridad de la ONU, como de costumbre, permanece bloqueado e inútil por los vetos cruzados, por lo que es incapaz de forzar el cumplimiento del acuerdo o de implementar una fuerza de paz efectiva (en el supuesto de que hubiera naciones dispuestas a formar parte de ésta, algo que no está nada claro). A la postre, esta situación consolida la ley del más fuerte en la región.
Los claros perjudicados en este escenario son los habitantes de Gaza, condenados a una situación de dependencia de ayudas externas que seguirían llegando con restricciones, haciendo que la crisis pase de ser un problema urgente a un fenómeno estructuralmente aceptado: “Endemic Suffering”. La comunidad internacional terminaría, como tantas otras veces, experimentando una “fatiga de crisis”, lo cual debilita la voluntad política para una intervención decisiva. Esta situación favorece la posición israelí de mantener el control sobre el perímetro de seguridad sin afrontar severas sanciones internacionales, pero ello garantizaría la miseria y el resentimiento, factores que sin lugar a duda terminarían propiciando el resurgir de la violencia por parte de nuevos grupos palestinos. El segundo perjudicado de esta escena no sería otro que el presidente de EE. UU., pues su iniciativa se vería como un fracaso, si bien es cierto que siempre podrá culpar a los protagonistas de la crisis.
El tercer escenario posible es el que se puede considerar como el menos probable, pero no por ello merece ser obviado. En este caso estamos hablando de un retorno a la confrontación abierta total.
La causa podría ser una expansión total de la ofensiva militar israelí, tal como se ha amenazado en áreas no controladas, o una escalada intencional por parte de Hamás y sus aliados regionales. El conflicto se expandiría al frente del Líbano, y se volvería a la situación de posible nueva confrontación directa de misiles entre Israel e Irán. En esta situación la única solución viable sería la imposición mediante una derrota militar total.
El catalizador principal que no llevaría a este contexto sería la activación de la "Doctrina de Suma Cero Total," donde las facciones extremistas de ambos lados concluyen que el proceso diplomático es inviable. Este colapso se vería influido en gran medida por la intervención de Irán, que utilizaría la falta de acuerdo para consolidar su narrativa de resistencia, aumentando el apoyo a Hezbolá, a Hamás y a los hutíes, empujando el conflicto a un nivel regional, lo cual, de hecho, fue su intención desatando los ataques del 7 de octubre. Ante una situación así, los mediadores clave (Qatar y Egipto) se retirarían del proceso, dejando a Estados Unidos sin canales efectivos para manejar la crisis.
El motivo por el cual esta opción puede considerarse la menos probable reside precisamente en la situación de Irán y el deterioro real de las estructuras de Hamás y Hezbolá. La inferioridad militar de Irán frente a Israel ha quedado patente, materializado en la incapacidad de su sistema de defensa aérea de contrarrestar las incursiones israelíes. Esto no quiere decir ni mucho menos que no tengan suficiencia de infligir daños, pero las consecuencias para ellos siempre serían mucho peores.
Del mismo modo, los recursos necesarios para reconstruir a sus milicias proxies, al punto de que vuelvan a ser la amenaza que eran antes del 7 de octubre, son ingentes y llevaría años. De nuevo hay que ser conscientes de que eso no significa que no puedan seguir causando daño, pero siempre a una escala mucho menor.
Y, por último, hay un factor clave. Todos los actores regionales necesitan que este escenario no se materialice. Les va en ello el desarrollo de la región y en algunos casos incluso el sostenimiento de los regímenes. Aunque fuera por poco tiempo, todos han podido ver el futuro que abría los Acuerdos de Abraham y, cuando hay posibilidades reales de prosperidad, de avance y de mejora en todos los campos, nadie quiere la guerra. No olvidemos el papel de Qatar ni lo que significó el ataque israelí en Doha. Puede que no fuera más que una forma “consensuada” de eliminar los últimos escollos para la puesta en marcha de este plan.
Lo que suceda a partir de ahora nadie puede saberlo con certeza, pero que no se apartará mucho de los dos primeros escenarios planteados es algo por lo que podemos apostar. O tal vez solo sea otro “wishful thinking”.