Opinión

Argelia en la encrucijada: escenarios e incógnitas

Abdelkader Bensalah, nombrado presidente interino por el Parlamento de Argelia, tras la dimisión de Abdelaziz Buteflika. REUTERS/RAMZI BOUDINA

La crisis política en Argelia ha llegado a un punto de inflexión irreversible. Tras seis meses de movilizaciones multitudinarias en todo el país, que han terminado con dos décadas de presidencialismo autoritario de Abdelaziz Buteflika como jefe de Estado y con un número importante de altos responsables de la Administración, generales, ministros, funcionarios y hombres de negocios en la cárcel, el país está en una encrucijada. Uno de los últimos déspotas en caer ha sido Tayeb Louh, ministro de Justicia y súbdito leal de Buteflika en el control del poder judicial, que ha ingresado en la cárcel de El Harrach, en la periferia de la capital. 

Las dos fuerzas principales del escenario argelino, el Ejército y el movimiento popular ‘hiraq’, defienden “planes de salida de la crisis”, opuestos e inconciliables uno y otro. En medio está el presidente interino Abdelkader Ben Salah y el Gobierno, igualmente interino, presidido por Nuredin Bedui; ambos se encuentran con las manos atadas y se limitan a la gestión de “asuntos ordinarios” por carecer de poder constitucional para tomar medidas.

Los escenarios que se dibujan en el futuro a corto plazo en Argelia, dependen pues de la evolución interna en cada uno de los dos protagonistas: militares y civiles.

El Ejercito, que ya controla todos los servicios de seguridad y espionaje antes fuera de sus prerrogativas y rivales de la cúpula castrense durante tres decenios, está al mando del general Ahmed Gaid Salah, jefe del Estado Mayor. Éste se mantiene intransigente en su propuesta de “elecciones presidenciales en el más breve plazo y sin condiciones”. En el campo civil, el del ‘hiraq’, exigen el fin del sistema Buteflika, sus estructuras, sus métodos y sobre todo sus representantes. Desde el ‘hiraq’ acusan: “Buteflika terminó, pero el ‘buteflikismo’ continúa”. “El hombre se ha ido, el régimen permanece, aunque tambaleante”, según el ex director general de la empresa monopolística del petróleo Sonatrach, Hocine Malti. 

Los escenarios que se barajan por parte del Estado Mayor militar se resumen principalmente en tres variantes:
  • La organización de elecciones presidenciales a corto plazo, con uno o varios candidatos de consenso que tengan el apoyo del movimiento popular y del estamento militar. Es lo que llaman “el escenario constitucional”.  
  • Un régimen transitorio estilo egipcio con un presidente provisional, que sería el general Gaid Salah, y cuya misión consistiría en organizar a medio plazo unas elecciones presidenciales libres, y posteriormente comicios legislativos para la formación de un Parlamento democrático y un Gobierno representativo de la voluntad popular. 
  • La constitución de un órgano ejecutivo del máximo nivel semejante al Alto Comité de Estado que se constituyó en 1992 y duró dos años hasta las elecciones presidenciales. Esta hipótesis sólo tendría justificación ante un brusco deterioro de la crisis, sea por motivos internos o por los devastadores efectos de una posible suspensión de pagos del Estado, que muchos analistas prevén podría tener lugar en 2020 o 2021. 

De cualquier manera, en los escenarios previstos desde el estamento castrense, el Ejército seguiría jugando un papel político de primer orden, aunque por un periodo transitorio. 

El movimiento popular posee un Comité de representación que actúa como intermediario entre el propio movimiento y la jerarquía militar. Su función tampoco está prevista en la Constitución, y no posee capacidad ejecutiva o capacidad de negociación; es, simplemente, un nexo. 

Dentro del ‘hiraq’ se nota el cansancio de las movilizaciones populares que ya llevan seis meses repitiéndose cada semana y que se encuentran en un callejón sin salida. Si los militares insisten en mantener su hoja de ruta sin ceder a las reivindicaciones del ‘hiraq’, no se excluye que un sector de la revuelta popular decida actuar con medidas más enérgicas frente a la sordera del Estado: huelgas, manifestaciones en los lugares hasta ahora “prohibidos” como las instituciones del Estado, sabotajes, o actos vandálicos de destrucción del mobiliario público. La opción de una revuelta violenta, aún no contemplada, podría justificarse como imprescindible ante la intransigencia del Ejército a “cambiar el sistema”. 

Preocupación internacional

A nivel internacional la crisis en Argelia preocupa seriamente en varias capitales:

  • Francia y Rusia, consideran al país norteafricano como “aliado estratégico”, la primera por motivos históricos, políticos, económicos y sociales; y la segunda por consideraciones de geoestrategia. Ni París, ni Moscú quieren que la crisis se salga de sus cauces. Si bien las dos capitales declaran “respetare la voluntad de los argelinos” y se niegan a permitir “injerencias exteriores”, tanto franceses como rusos, mueven sus influencias para que la salida de la crisis no perjudique sus intereses estratégicos. 
  • Estados Unidos también observa la evolución de la crisis con recelo. Argelia es un aliado importante en sus dos vertientes: en militar y de seguridad, por su papel en la contención del terrorismo yihadista en el Sahel y el control de la crisis estructural en Libia; y en el de la explotación de recursos petrolíferos, por ser las empresas norteamericanas las más numerosas en operar en el país norteafricano.
  • España, y en menor medida Italia, ven con seria preocupación la crisis en Argelia; por ser este país el principal suministrador de gas, a través de los gasoductos que unen los pozos gasíferos del Sáhara con España e Italia. Además, ambos países tienen grandes empresas que operan en Argelia con contratos millonarios de infraestructuras y servicios. Una suspensión de pagos, consecutiva a la prolongación de la crisis política, conllevaría graves consecuencias para el entramado económico y empresarial español e italiano.