Opinión

El ciudadano entre la ética y la política

Pedro Canales

En los tiempos que corren, Ciudadanía, Ética y Política, son como los tres vértices de un triángulo, que siempre están presentes, pero que no se tocan. Si eres un buen ciudadano, no te codees con la política; si quieres que tu ética sea irreprochable, no entres en la vida pública; si vives de un cargo electo, olvídate de tus códigos éticos y del comportamiento ciudadano. Es lo que se dice, y desgraciadamente parece confirmarse por la realidad cotidiana. Pues no es así; se trata de una afirmación engañosa.

La equidad, el comportamiento virtuoso, la generosidad ciudadana, no es patrimonio de ningún color político. Ser de derecha, es sinónimo de corrupción; ser de izquierda, de honradez. Falso. Los monárquicos son decadentes, los republicanos son el futuro.Igualmente falso.El comportamiento humano no es producto de la afiliación partidista, ni del color de la papeleta que se introduce en las urnas. Conozco ciudadanos ejemplares en todos los partidos y en los no-partidos; y ladrones y sinvergüenzas en todos los colores del espectro político, sin excepción. 

Junto con su familia y la mía, acabo de asistir al funeral por mi hermano fallecido en Jávea. Mucho dolor y mucho sentimiento, como es propio de estos casos. Pero no es del hecho en sí de lo que quiero hablar, sino de la ética como forma de vida y modelo de comportamiento. 

Juan Canales Canales, pues de él se trata, entró en la militancia política en el País Vasco, en la agrupación del PSOE de Bilbao hace más de 50 años. Eran tiempos duros, muy duros. Primero, por estar en el punto de mira del régimen franquista; después por las amenazas del terrorismo etarra. Su compañera de ideas, de partido y de vida, María Pilar Cisneros, sufrió las mismas persecuciones. Como muchos otros, tuvieron que mudarse de ciudad, yendo de una a otra urbe, con nuevos trabajos, nuevo entusiasmo, nuevas amistades. Pero ni él, ni ella, dejaron nunca de militar en las filas socialistas, participando en las campañas electorales una vez alcanzada la Transición, en la difusión y defensa de las ideas que creían justas y necesarias para la sociedad, en los momentos de euforia ganadora, o de reflexión crítica; siempre podían contar con ellos.

No hace mucho, mi hermano me invitó a compartir reflexiones con él tras su visita al Proyecto internacional ITER (Reactor Internacional Termonuclear Experimental) que tiene lugar en Francia, en la localidad de Cadarache, y en el que España, junto a otros 40 países, entre ellos todas las potencias nucleares y miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, participa. No podía por menos de recordarme a Heráclito, inigualable filósofo griego, desconocido, inquietante y temido, con el que de una u otra manera mi hermano, como muchos otros más, se identificó en su vida. Al fin y al cabo, el Gran Experimento que persigue el ITER, es identificar como principio elemental de la creación al Fuego, lo que por otra parte confirmaría la teoría de Heráclito. Se verificaría así la existencia del último eslabón añadido a los tres niveles ya existentes de la materia, - sólido, líquido y gaseoso (Tierra, Agua y Aire) -, que es el plasma, es decir el Fuego. Hace dos mil quinientos años, Heráclito evocó este cuarto estado de la materia, y con ello abrió la puerta del conocimiento hasta llegar a la física cuántica, a la relatividad, al Ser y No ser (“En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos”). 

La vida de mi hermano, como la de muchos otros militantes socialistas, democratacristianos, liberales, comunistas, ucedistas, nacionalistas, republicanos o populares, políticos, sindicalistas o de lo que hoy llamamos sociedad civil, fueron ejemplo de la inspiración que el filósofo heleno infundió en el estoicismo de Zenón casi dos siglos después: la búsqueda de la felicidad y de la sabiduría más allá de las ataduras materiales, lo que hoy se traduce en sobornos, corrupción, aprovechamiento, nepotismo y tantos otros males que corroen la sociedad. Sus ejemplos y su afán permitieron que hoy estemos aquí. Ha sido su entrega lo que nos ha guiado. 

Pongo el ejemplo de mi hermano, porque le conozco y me enorgullezco de él: fue concejal de Urbanismo en Jávea, una ciudad de la costa mediterránea española en plena burbuja, y no le quedó de ello ni una parcela de terreno para construirse una casita. Se opuso, lo rechazó, se negó y lo combatió. Porque esa era la atadurade la que hablaba Heráclito, que impide la felicidad y el conocimiento, ambos raíles que discurren paralelos y permiten el equilibrio. Otros muchos de sus compañeros de ruta durante la Transición democrática en España, en todos los partidos y asociaciones políticas, y en su caso en la Agrupación socialista de Bilbao primero, y muchas etapas más hasta llegar a la de Jávea, prefirieron las ataduras. Sí, los hubo.  El optó por seguir la senda de la perfección y de la virtud. Fue estoico hasta la médula al vivir conforme al principio de que todos somos parte de una familia universal, sin distinción de razas, lenguas y religiones; eso le permitió formar una familia homogénea, vibrante, alcanzando la serenidad y el equilibrio en su proyección hacia el mundo.

Mi hermano Juan, como los otros virtuosos, ¿fueron la regla o la excepción? Poco importa. Una fruta podrida contamina todo el contenedor. Pero su ejemplo ha sido determinante para demostrar que la sociedad ideal se puede construir, y que éste es el único camino. Nunca renunció a su militancia, ni en los buenos, ni en los malos tiempos. Son un ejemplo para seguir, han dejado huella; han abierto un sendero por el que hay que transitar. En su funeral en el Tanatorio había una corona de flores enviada por la Agrupación Socialista de Jávea.